Western mexicano: Vaqueros, pistolas… y mucho picante

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Adelaido Martínez.-

Siendo un género tan popular en la historia del cine mundial, el western fue llevado a varias regiones del mundo con la variante de que cada director le ponía un toque particular a las cintas de este tipo.

Así, por ejemplo, el llamado “spaghetti western” tuvo la sazón de un director tan peculiar como Sergio Leone, con su famosa “Trilogía del dólar”: “Por un puñado de dólares” (1964), “La muerte tenía un precio” (1965) y, sobre todo, “El bueno, el malo y el feo” (1966).

México no podía ser la excepción, y a través de su cinematografía, se han visto películas de vaqueros de todo tipo. Es más, cómo no iba a estar presente nuestro país en este género, si tiene dos estados donde las grandes productoras hollywoodenses venían a filmar: Zacatecas y sobre todo, Durango, que contaban con lo necesario para recrear pueblos del viejo oeste gringo. Muchas de estas locaciones han servido hoy en día como una exquisita atracción turística.

Pero pasando al tema que nos ocupa, el que es conocido como el inventor del “chili western” (aunque también algunos críticos prefieren llamarlo “Cabrito western”, y otros osados “enchilada western”), es el hoy fallecido Alberto Mariscal.

Venido del cine independiente, su primera película en este género fue “Jinetes de la llanura” (1964), con Jorge Rivero, Jorge Russek, Regina Torné y Wolf Rubinskis, entre otros, acerca de un hombre encarcelado injustamente que llega para cobrar venganza.

Otras películas de este género atribuidas al cineasta son: “El silencioso” (1967), con Emilio “El Indio” Fernández, Roberto Cañedo y Adriana Roel; “Todo por nada” (1968), estelarizada por Mario y Fernando Almada; “El Tunco Maclovio” (1970), con Julio Alemán en el papel estelar; y “Los marcados” (1971), con Eric del Castillo y Javier Ruán en un plan homoerótico que ha sido objeto de debate, sin dejar de mencionar “Uno para la horca” (1972), una de las mejores cintas de Hugo Stiglitz.

Pero para muchos, su mejor película en el western es “Los indomables”, con Mario Almada, Pedro Armendáriz Jr. y Rodolfo de Anda, en el que un comisario reaprehende a un prófugo y lo tiene que llevar de vuelta a la cárcel, pero el reo escapa, y el sheriff encuentra apoyo en un vagabundo con habilidad para las armas. Una historia acerca del valor y el deber que no le pedía nada a las cintas hechas en Hollywood.

Si bien la figura de Mariscal es fundamental para comprender este tipo de cine, antes que él hubo una cinta considerada de las mejores en la historia del cine, por su manejo de estructura dramática, y también por su realización: “Los hermanos del hierro” (1961), una historia sobre la venganza, la violencia y el no saber qué hacer ante este oscuro panorama.

Con un elenco conformado por Antonio Aguilar, Julio Alemán, Ignacio López Tarso, Columba Domínguez, Patricia Conde y David Reynoso, bajo la dirección de un Ismael Rodríguez, que comenzaba a destacar no sólo como el cineasta que hizo estrella a Pedro Infante; la cinta muestra a dos hermanos cuyos caminos opuestos acaban por confrontarlos en diversas situaciones, dando pie a un final que hasta entonces nunca se había dado en una película de este tipo.

También es digna de mencionar “Tiempo de morir” (1965), la ópera prima de Arturo Ripstein, con un elenco que incluía a Marga López, Jorge Martínez de Hoyos, Enrique Rocha y Alfonso Leal.

La trama, basada en un cuento de Gabriel García Márquez adaptado por Carlos Fuentes, presenta a un hombre que paga una condena por haber matado a un hombre en defensa propia, y a saldar su deuda, decide regresar a continuar su vida, pero el hijo del difunto tratará de vengarse, y se presentan situaciones que, a la postre, se harían toda una constante en las películas de Ripstein.

Jorge Fons también le entró al género con un proyecto llamado “Cinco mil dólares de recompensa” (1973), con Jorge Luke, Claudio Brook, Pedro Armendáriz Jr., Silvia Pasquel y Sergio Kleiner, acerca del típico hombre que llega a un pueblo sin ley y decide poner las cosas en orden.

Se trata de un filme que rompe con el arquetípico molde propuesto por Fons en su filmografía, y que demostró que el creador de “Rojo amanecer” también podía hacer cintas taquilleras.

Directamente del mundo del cómic llega “Alma Grande” (1965), encarnado por Manuel López Ochoa, encarnando a un hombre que protegía a los indios yaquis del intento de dominio a manos de los “Hombres Blancos”. La cinta tuvo éxito y dos años después llegó su secuela, titulada “Alma Grande en el Desierto”, ambas dirigidas por Chano Urueta. Hubo una tercera: “El hijo de Alma Grande”, pero ya no fue tan exitosa.

Otro héroe de este tipo de cintas fue Látigo Negro, cuyas aventuras merecieron cuatro filmes, todos protagonizados por Julio Alemán y Martha Elena Cervantes. Es una historia más o menos parecida al “Zorro”, es decir, un hombre que se enmascara para luchar contra la injusticia.

Y lo mismo podríamos decir de “Pancho Pistolas”, un hombre que también lucha contra una banda de hermanos empeñada en poner desorden. La historia, protagonizada por Columba Domínguez y Dagoberto Rodríguez, mereció tres cintas.

Hay más películas que, mezclando otros géneros como la comedia y el suspenso, llevaron al western mexicano un poco más allá. Podemos mencionar “El extraño hijo del sheriff” (1982), “Los hermanos diablo” (1959), “El pantano de las ánimas” (1956), “Bang Bang y al Hoyo” (1971), y no olvidemos que hasta “Cantinflas” le entró al banquete con “Por mis pistolas” (1968).

Es más, si somos muy estrictos con el término, “Charrito” (1983), la película de Roberto Gómez Bolaños, también podría ser considerada un western, pues la trama, aunque cómica y con un humor un tanto burdo, este filme, acerca de la filmación de una película del medio oeste, también ofrece los paisajes propios de este tipo de cintas.

Río de Oro” (2011), con Stephanie Sigman y Fernando Lebrija, significó el regreso del western al cine nacional, con una trama que se presenta en medio de la guerra expansionista de los Estados Unidos y la lucha de un hombre por mejorar sus condiciones de vida.

Como veremos, la historia de este género en México no es tan corta como se creía. Aunque para este escrito se escogieron algunos de los títulos más representativos, y seguramente otros que no lo fueron tanto, el western mexicano puede pintarse de oro como un género favorito en la industria del cine nacional.

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