“Una luna para los malnacidos”: Historia de esperanza y redención

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Jaime Rosales Domínguez.-

“Una luna para los malnacidos” es una pieza escrita en 1943 por el dramaturgo estadounidense Eugene O’Neill, y que ahora llega hasta nosotros con la dirección de Mario Espinosa y las actuaciones de dos maestros de la escena mexicana como Patricio Castillo y David Hevia, acompañados por Alaciel Molas, José Juan Sánchez y por el músico Roberto Collado.

Se trata de un texto muy sutil que conduce al espectador hacia un conflicto aparentemente material, que es la venta de una finca en la cual viven “Phil Hogan” (Patricio Castillo) y su hija “Josie” (Alaciel Molas), quienes si se concreta esa operación de venta quedarían en la calle.

El dueño de la granja es “James Tyron” –interpretado magistralmente por David Hevia—quien es un mediano actor de Broadway, alcohólico y enamorado de Josie, una mujer de campo amorosa pero quien siempre aparece en una actitud desafiante y ruda.

Conforme avanza la obra iremos descubriendo que el verdadero drama no está en la venta de esa finca sino en los propios personajes atenazados por conflictos emocionales irresolubles.

Y eso los lleva a pretender ser lo que no son, a escudarse detrás de comportamientos violentos o rudos que se expresan en un lenguaje también hostil, y todo esto a tono con la época en que se sitúa la obra ‒los años 30‒ en los que la depresión y la prohibición no sólo están en la economía, sino sobre todo en las almas.

Estamos ante personajes que se enmascaran para no expresar sentimientos o para no revelar temores y vulnerabilidades. Personajes como “James Tyron”, acosado por culpas y cargas morales que, simbólicamente, sólo podrán ser redimidos, como en un rito sagrado, por una joven virgen.

Malnacidos 2

“Una luna para los malnacidos” es un texto muy fino en el que el drama, a pesar de su crudeza, se nos presenta envuelto en una estética muy poética que tiene que ver con la mirada comprensiva y amorosa con que el autor trata a estos personajes que parecen abandonados por su dios.

Es una obra muy balanceada y con un tono agridulce, pues durante la primera parte lo que vemos es una comedia con un muy disfrutable sentido del humor. Eso sí, un humor prendido con alfileres pues de algún modo se presiente que aquello no es el objetivo de esta puesta en escena, que no fuimos convocados solo para divertirnos sino para presenciar el drama de hombres cuyo consuelo tiene algo de redención frente a la muerte.

La dirección de Mario Espinosa está fundada más que en la anécdota de la obra en la actuación y en la palabra: sobre el escenario tenemos personajes sí, pero lo que se disfruta es la presencia de actores con toda la planta.

La música consiste sólo en el sonido melancólico de una armónica. El círculo de piedra que conforma la escenografía junto con una rama seca que pende sobre él, resulta una metáfora acorde con el cerco que construyen los personajes alrededor de sí mismos y a la vez parece simbolizar lo eterno y lo absoluto, esas características de la divinidad a la que el teatro de O’Neill parece estar interrogando siempre.

“Una luna para los malnacidos” es una bella historia de esperanza, de amor y de redención que a usted, sin duda, le llegará al corazón.

Se presenta de viernes a domingo en el Foro Lucerna, en la Ciudad de México.

Fotografías: Jaime Rosales Domínguez

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