“Tréplev” o el drama de la desolación interior

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Jaime Rosales Domínguez.-

Los clásicos lo son porque soportan los asedios de cada época en busca de aquello que tengan que decir acerca de las nuevas realidades. Por eso resulta plausible la revisita que hacen Alonso Íñiguez y un grupo de actores a “La gaviota”, de Antón Chéjov, no para entregarnos una fiel interpretación del original, sino una relectura, una versión libre de este clásico de los escenarios del mundo.

No se trata de “La versión” que nuestra época será capaz de ofrecer de esta pieza, pero sí estamos ante una muy inteligente incursión en un texto cuya dificultad proviene de la preeminencia no de los personajes sino de la desolación interior y la atmósfera que se genera.

En ese aspecto este ejercicio acierta en el tono intimista que adopta en tanto apunta y logra mostrar con eficacia dramática los irresolubles conflictos internos derivados de esa convivencia trágica entre el afán de realización y las pulsiones autodestructivas.

En ese bien aceitado marco pueden fluir con prestancia los temas particulares: el conflicto madre-hijo, el suicidio, la idea del éxito en el arte o, mejor, la tensión entre un teatro simbolista y el realista que en la época del autor buscaba imponerse, y la necesidad de reconocimiento.

Así, por ejemplo, la polaridad de “Arkadina” (Paula Watson) y “Tréplev” (Raúl Briones) es la tensión entre la madre-actriz que brilló en una época cuyo teatro el hijo-dramaturgo denosta por rutinario y prejuicioso, en tanto que ella descree del talento del hijo y le atribuye su animadversión contra el exitoso literato “Trigorín” (Alan Uribe) –quien además es amante de “Arkadina”— a un asunto de envidia personal.

El estilo arcaizante que critica “Tréplev” en el teatro es el mismo que representa “Trigorín” del cual se enamora “Nina” (a quien “Tréplev” ama), pues aspira a un éxito semejante como actriz: “A mí en cambio, me gustaría estar en su lugar, ser como usted”.

Treplev 2

Esta dependencia emocional de casi todos en relación con los otros (Tréplev-Arkadina; Arkadina-Trogorín; Nina-Trogorín; Masha-Tréplev) es, a lo que parece, el origen de aquellos conflictos internos correctamente diseccionados y representados en esta puesta en escena con la tensión adecuada producto de movimientos plásticos que traducen el diálogo interior de los personajes.

Quizá lo único dudoso es el uso del término taxidermia con el que la compañía ha titulado este ejercicio (“Taxidermia en cuatro actos”, le llaman). Taxidermia es el arte de disecar animales para conservarlos con apariencia de vivos, lo cual no parece encajar en una obra que de ninguna manera puede considerarse muerta o pasada de época. A menos que el concepto se refiera a fijar el texto para mejor analizarlo, o para estar a tono con el simbolismo de la gaviota disecada que originalmente mató “Tréplev” en el lago.

Esta adaptación modifica la forma en cuanto a supresión de personajes y diálogos, con lo que el efecto dramático se enfatiza y el desarrollo de la acción cobra mayor fuerza; el vestuario le da un tono de actualidad y la escenografía –un doble bastidor con telón rojo‒ subraya la noción de que siempre se está en un teatro, lugar donde lo que se ve no existe, es una re-presentación.

Llama la atención que, salvo en la escena final, “Nina” sea representada por un maniquí, que habla mediante una voz en off, cuando “Trigorín” acciona el control que trae en sus manos. Aquí el elemento simbólico está de nuevo presente y coincidentemente atribuido a un personaje relacionado con el arte, que finalmente fracasará en sus intentos, acaso porque se adscribió al tipo de corriente artística al que Chéjov, a través de “Tréplev”, combatía.

En “La gaviota”, como ya se apuntó, el asunto no parece girar en torno a un conflicto propiamente, sino alrededor de los perfiles humanos o modos de ser y temperamento de los personajes, el mérito de Íñiguez y el grupo de actores es destacar esta sutileza y los dramas ya mencionados a través de la mirada escrutadora, pero inmóvil, paralizada de “Tréplev”, como si allí habitara otra sutileza: la inutilidad de los afanes humanos.

La adaptación es un trabajo colectivo del cuadro de actores en el que además de los mencionados figura Pamela Almanza (“Masha”); Axel Arenas y Rolando Monreal, que alternan como personajes comodines. En el papel de Nina la producción ha invitado a una actriz diferente para cada semana, entre las que se encuentran Diana Sedano, Emma Dib, Claudia Ríos, Tania González Jordán, Gabriela Pérez Negrete y Mariana Giménez.

“Tréplev” se presenta en el Teatro La Capilla, todos los martes del 14 de marzo al 30 de mayo.

Fotografías: Jaime Rosales Domínguez