Soundtrack: Popol Vuh

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Los melómanos o cualquier individuo que sienta pasión y respeto por cierto interés, y eso lo lleve a respetarse a sí mismo, entenderá en su justa medida la carga dramática de la secuencia inicial en Fitzcarraldo (1982) de Werner Herzog. En esta vemos a ‘Fitzcarraldo’ (Klaus Kinski) y su compañera ‘Molly’ (Claudia Cardinale) llegar extenuados y desesperados, tras una larga travesía acuática, a un teatro donde se presenta una ópera que necesita ver.

La pareja no trae boleto por alguna razón -seguramente una muy poderosa-, pero ‘Fitzcarraldo’ sabe que debe entrar, que su lugar está enfrente del escenario. El cuidador de la puerta le dice que si no tiene boleto no puede entrar y, además, que la función ya empezó. ‘Fitzcarraldo’ desesperado busca la manera de que le den acceso, mientras Molly igualmente desesperada, aunque más por el sentir de él, le explica al cuidador algo totalmente radical para nuestro orden social: que el boleto no importa cuando una persona merece espectar un suceso artístico.

Por supuesto que en un momento como éste, en el que se tiene mayor posibilidad de asistir a un espectáculo, sobre todo, si se cuenta con dinero plástico, aquel razonamiento se escucha descontextualizado, falto de carácter y, tal vez, hasta ilógico, a pesar de que en realidad es una idea de la vida totalmente justa.

Ese bello momento en Fitzcarraldo es tan sólo uno de tantos en la rica filmografía de este realizador alemán; aunque igualmente muestra la importancia y peso que este realizador le presta a la música.

Precisamente uno de los elementos básicos en varios de los filmes de Herzog ha sido el trabajo musical de Popol Vuh, proyecto del músico alemán Florian Frike, el cual se dio a conocer como parte de la escena Krautrock -el movimiento de rock progresivo alemán durante los 60 y 70-, aunque poco a poco fue transformándose en un discurso musical totalmente único.

Como se abran dado cuenta quienes hayan tenido la atención de leer este texto, poco a poco este espacio ha ido pasando de hablar de un solo trabajo a echar, de menos, un vistazo a la carrera de algún músico o proyecto. Esto ante la necesidad, en algunas ocasiones, de poner los antecedentes de trabajos de los que nada o muy poco se ha escrito en nuestro país. Ante esta necesidad, espero resulten de interés estas breves palabras que más que un trabajo en específico, evoca el conjunto de composiciones creadas por un música y para un solo cineasta.

Fricke se dio a conocer con la grabación de Affenstunde (1970), disco que se construyó a partir del órgano Moog y de la misma esencia cósmica y épica que define el sonido del rock progresivo. Un disco que definitivamente puede mantenerse al lado de esfuerzos de bandas como Tangerine Dream, Pink Floyd y King Crimson, entre otras, sin temor a equivocarse.

Pero ese no fue más que un paso natural en la búsqueda de este músico que, si bien surgió en la escena del rock y con la cual compartía intereses, igualmente estaba muy inmerso en otro tipo de ‘música contemporánea’ y en una búsqueda musical distinta a la de la industria del rock. Fricke investigó y experimentó con sonidos del mundo mucho antes de que existiera la etiqueta de world music, y de que esto implicara supuestos actos humanistas y de propaganda demagoga disfrazada de experimentación musical y descubrimiento social. La música india, del Tíbet y la precolombina se mezclaron con los sonidos electrónicos en investigación musical. La búsqueda de Fricke era la de encontrar un balance en la vida, o como el lo explicaba citando La Biblia: mantener el alma a tono con el tiempo.

El camino musical de Fricke lo llevó a encontrarse con el sendero cinematográfico y existencial de Herzog, quien igualmente no estaba casado con una estrecha forma de ver la vida. Y es de esa forma que surge el trabajo para Aguirre. Der Zorn Gottes (Aguirre, la ira de Dios, 1972)

Aquel descenso de los conquistadores españoles sobre las colinas peruanas, inmersos en neblina y en el extraño ambiente creado por el score compuesto por Popol Vuh, en base a melotrón y sintetizadores al inicio de Aguirre, es una de esas imágenes que no pueden olvidárseles a las personas que hayan tenido la oportunidad de ver dicho filme.

Las secuencias más recordadas de los filmes más célebres de Herzog vienen revestidas por la música Popol Vuh, y esa es parte de su trascendencia: cientos de monos que invaden las canoas de Aguirre y sus soldados en medio de la locura (Aguirre, la ira de Dios), el barco que cruza el Amazonas previo a cruzar una montaña (Fitzcarraldo), un vampiro calvo que cruza Londres con su ataúd bajo un brazo (Nosferatu), una cena de actores bajo hipnosis (Herz aus Glas), o el eterno descenso de un esquiador en un tiempo que parece detenerse (Die Große Ekstase des Bildschnitzers Steiner), han sido refinadas por la trascendencia musical de Fricke.

Si bien es cierto que los temas y los momentos de cada película son distintos porque pertenecen a distintas búsquedas de su realizador, la música de Fricke logra adaptarse a cada ambiente, aunque extraña y sorpresivamente sin separarse de una marca de estilo única.

A fin de cuentas, el único fin de Fricke fue tocar el alma del escucha a través de su trabajo. Fricke murió en 2001, pero todo su legado permanece en cada película y en sus soundtracks, al alcance en cada tienda de discos o en internet.

Por: Mauricio Matamoros