“Sonámbulos”: Humor negro para exorcizar el miedo

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Jaime Rosales Domínguez.-

El joven dramaturgo Reynolds Robledo va adquiriendo presencia dentro de la escena mexicana. Si bien no estamos ante un innovador de los escenarios (sus obras todavía no se arriesgan a la exploración de nuevos caminos dentro del drama), su trazo escénico resulta muy limpio y tiene la eficacia de lo sintético.

Su recién estrenada “Sonámbulos”, sin embargo, no alcanza la densidad de “Lobos por corderos”, ópera prima teatral con la que el año pasado irrumpió con éxito en el teatro de gran formato, tras sus inicios en micro teatro.

Aunque mantiene su solvencia escritural y su capacidad para delinear personajes, cuya complejidad es retratada mediante apenas unas pocas pinceladas, en este nuevo trabajo el resultado es desigual.

“Sonámbulos” es una comedia realista de humor negro, cuyo telón de fondo es la inseguridad que se vive en México. El autor-director nos acerca una familia que, tras un año de haber sido secuestrada y liberada, aún padece ‒cada integrante a su modo‒ las secuelas psicológicas de ese hecho traumático.

Luis, el hijo adolescente (Pablo de la Rosa) perdió el habla y solo se comunica mediante una libreta en que anota sus opiniones cuando “conversa” con su abuela “Cristina” (Paloma Woolrich). “Sara” (Ana González Bello) es la hija que espera infructuosamente el llamado para una escuela de actuación. “Elías” (Hernán Mendoza), hace del jefe de familia, un maestro universitario con pretensiones de escritor, pero dominado por el miedo a la “página en blanco” que obsede a los narradores que en realidad no tienen mucho que decir. Y “Nora” (Mónica Dionne), la madre cuyo anuncio de que escribió un libro sobre “lo que nos pasó” y piensa publicarlo, desencadena el conflicto.

La puesta en escena está dividida en un prólogo (“Los buenos tiempos”) y nueve capítulos: “Retrato familiar”, “La tormenta perfecta”, “La chica sin nombre”, “En la oscuridad”, “Y ahora una pausa”, “De un susurro a un grito”, “Este es el fin del mundo” (como lo conocemos). “Al otro lado del mundo” y “Página en blanco”.

Esos títulos se anuncian mediante proyecciones sobre un biombo corredizo en el que también se proyectan los mensajes que escribe Luis en su libreta cuando “habla” con su abuela. Se trata de un eficaz recurso imaginado por la escenógrafa e iluminadora Ingrid Sac, cuyo diseño está a tono con el realismo del texto: una casa en tono pastel cuyos interiores se convierten en recámaras o en el comedor, el escenario principal.

La obra tiene varias virtudes: parlamentos muy bien medidos salpicados con un humor cáustico; personajes bien orquestados y mejor actuados por los cinco protagonistas entre los que sobresale el personaje de la abuela “Cristina”, al que Paloma Woolrich le da una fortaleza sin aspavientos y la convierte en el equilibrio necesario en medio de la vorágine de sentimientos que agobia a la familia.

¿Cómo se regresa del infierno a intentar seguir una vida? La clave, parece sugerir Robledo, es la comunicación como vía para exorcizar el miedo, los sentimientos de culpa, el circo mediático tejido alrededor de las víctimas. Pero aquí cada personaje está cercado por un muro de silencios y sobrentendidos; por la autocompasión solapada y por reclamos soterrados.

En un ambiente así delineado el punto menos convincente de la obra radica en el detonante del conflicto: la decisión de “Nora” de publicar un libro en el que narra el cautiverio familiar. Sobre todo porque la resolución del problema no proviene del propio personaje, sino de una circunstancia externa ‒una petición de la editorial‒ lo cual facilitará su decisión, pero la hará ver sin la fuerza necesaria para cargar con el conflicto que ha desatado.

Estamos así ante una puesta en escena formalmente bien presentada, visualmente muy acertada pero cuyo contenido parece apelar a que ante problemas colectivos cada quien se rasque con sus propias uñas psicológicas, y a la resignación ontológica que deriva de una certeza más bien conformista: el peor día de alguien puede ser el mejor día de otro alguien.

“Sonámbulos” se presenta lunes y martes en La Teatrería, donde estará hasta el próximo mes de septiembre.