“Retiro del fuego”, novela sobre la redención y el abandono

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Jaime Rosales Domínguez.-

La nueva novela de Ernesto Murguía (México, D.F., 1972) puede ser leída como una obra sobre el abandono: el físico, el de los seres queridos…el de uno mismo. La metáfora no podría ser más sugerente: el protagonista, un profesor septuagenario a punto del retiro, se ve de pronto atrapado en un viejo retrete portátil, de esos que se contratan para las manifestaciones o espectáculos multitudinarios.

Dejada ahí, en medio de un baldío, otro signo del olvido, aquella caseta se convierte en un expiadero de culpas, reales o imaginarias, del viejo profesor.

La situación resulta inusual y acaso por ello tiene su veta humorística, como cuando el protagonista se imagina los ingeniosos encabezados y notas con que periódicos amarillistas ya desaparecidos como “Alarma!” y “Alerta”, darían cuenta de su muerte en aquel lugar.

Y sin embargo, lo absurdo de la trama es lo que quizá la hace más recordable: el maestro Rubén Quirarte encerrado en un vertedero de miasmas, heces y orines, al que sin embargo, conforme pasan las horas, se va acomodando, como nos avenimos, por necesidades de supervivencia, a cualquier situación límite, incluso por encima de lo que en una circunstancia “normal” consideraríamos indigno, humillante y hasta irracional (recuérdese “Los sobrevivientes de los Andes”, película de mediados del 70 del siglo pasado, y que la atribulada mente del profesor recuerda para justificar una decisión extrema que está a punto de adoptar).

Náufrago en medio de la civilización —condición a la que de hecho se había visto reducido tras la reciente muerte de su esposa— el protagonista queda recluido y abandonado apenas en el comienzo de la historia y antes del primer tercio del libro, sabemos cómo y por qué llegó allí, merced a una estructura narrativa circular construida a partir del presente y de recuerdos que conducen a digresiones que conducen al presente.

El resto es saber cómo se las arreglarán tanto el personaje como el autor: el primero para escapar de su cárcel de mentiras, y el segundo para sostener ese castillo de naipes en que consiste toda ficción.

Queda al lector enterarse si el profesor Quirarte se redime. Del autor diremos que mantiene la historia vía una exploración sobre los minúsculos engranajes que sostienen la vida, de los vuelcos de ésta cuando se invierte el orden establecido; inversión y ruptura que en este caso están dadas por el asesinato de la esposa del maestro y por el propio encierro.

Ajeno a las profundidades filosóficas por las que podrían discurrir los pensamientos de un hombre aislado, aquí el vacío se llena de recuerdos, de la conciencia del abandono en que solemos tener a quienes amamos —en este caso la hija que tiene el profesor— y de la imposibilidad de la reparación de nuestros errores: “como siempre, la posibilidad de cambiar el pasado llegaba tarde”.

Y todo ello mediante un estilo que no se detiene en descripciones ni de personas ni de paisajes, sino que apuesta por la contemporaneidad del lector y se atiene solo a diálogos, monólogos y recursos, como la circularidad aludida, para hacer avanzar la acción, como si de un guión cinematográfico se tratase.

Otro rasgo notable de la novela es como las marcas comerciales son, a su modo, un personaje incidental de la trama. Así, el profesor sustituye su viejo reloj Cassio por otro más reciente, pero no abandona su loción English Leather o sus zapatos Flexi.

Las marcas están ahí acaso para contextualizar épocas, costumbres y para describirnos patrones de conducta y de consumo de una clase media alienada, cuya cultura y educación sentimental es moldeada por los programas de televisión que miran (“el noticiero de López Dóriga”) o por las películas que consumen (“El resplandor”, “Matrix”, “Pide al tiempo que vuelva”).

Así, “Retiro del fuego” es una novela en la que el lector seguirá pensando aun después de terminarla y eso por lo extravagante de su anécdota, por el velo de misterio mantenido hasta el final sobre el verdadero papel del profesor en la muerte de la esposa y por su difícil relación con una hija distante.

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Ernesto Murguía: Aun en la tragedia, siempre tendremos algo más que perder

Ernesto Murguía va en camino de consolidar una obra narrativa de altos vuelos, en la que ya figuran las novelas “Retiro del fuego” (Planeta, 2015), “Sobredosis de neón para el señor Felicidad” (Conaculta, 2012 y “Un dios para sí mismo” (Joaquín Mortiz, 2005), así como los libros de cuentos “Los ojos del jaguar disparan medianoche”, “Las pesadillas de Lumiere” y “Las puertas de la oscuridad”.

Ha ganado una decena de premios nacionales de literatura, como el Juan Vicente Melo (2002), el Gilberto Owen (2004), el Inés Arredondo (2004), el Agustín Yáñez (2007) y el Rosario Castellanos (2012).

Aquí la entrevista que concedió a Filmeweb en ocasión de la reciente publicación de su novela Retiro del fuego.

Encuentro en el texto repetidas alusiones a la dignidad y a la razón ¿su novela es una exploración acerca de estos temas?

Uno de los temas centrales tiene que ver con la redención. El retrete portátil en que encierran al protagonista es una metáfora de vivir atrapado, de vivir en el pasado, literalmente con la mierda hasta el cuello y el fuego como el elemento atormentador que ha sido siempre. Y entonces la idea principal es: qué tanto tiene que hacer uno para perdonarse a sí mismo.

“El profesor se siente culpable, lleno de remordimientos y es incapaz de perdonarse por algo que hizo o que cree haber hecho. Y en todo ese tránsito para confrontarse con la verdad y aceptar que las cosas son como son, la humillación y la indignidad que experimenta en aquel lugar no son suficientes porque son   como estaciones o caídas previas hasta llegar al punto en que se confronta con la verdad y con lo que realmente podía haber hecho”.

Hay también una especie de incapacidad de los personajes para comunicar sus sentimientos amorosos y, junto con ello, la imposibilidad de volver atrás para resarcir esos vacíos.

Uno de los temas que me preocupa actualmente son las decisiones que uno toma y lo irreversible de éstas. Ahora, por ejemplo, ya no puedo pensar en ser futbolista, pero incluso los sueños más maduros quizá muchos tampoco se cumplan o no lo hagan como lo esperábamos. Y entonces hay que confrontar el hecho de que quizá tu último tren ya se te fue en algunas cosas y que tu última oportunidad ya la perdiste. Siempre se te van trenes, no puedes agarrarlos todos, nadie podemos.

Eso era una de mis preocupaciones en el momento en que escribí la novela, y es parte de lo que aprendí con el personaje: no importa qué tan abrumado estés, qué tanto sientas que tu vida se haya ido literalmente al infierno, siempre tenemos cosas que perder. Y estas tragedias nos nublan la visión de lo que sí tenemos todavía. Y eso es parte de lo que el profesor debe comprender: que todavía tiene una hija y ella es como una puerta que se abre gracias a todo ese proceso que ha vivido”.

Al someter a sus personajes a situaciones límite ¿cuál es su límite como escritor, hasta dónde estirar la liga?

Un escritor tiene que tener el valor de llegar hasta la última instancia en su historia. No puedes autocensurarte, ni ayudar a que las cosas sean más fáciles. Tu labor y tu obligación es llevar al personaje, ni siquiera llevar, sino acompañar al personaje hasta la última instancia posible, hasta el último momento. Porque si no, estarías haciendo trampa.

“Como autor debo acompañar a mis personajes hasta lo último o más allá. Porque hay momentos en que estás escribiendo y de pronto sientes que estás transcribiendo; tu texto toma forma de una manera en que tú ya no estás tan consciente de que lo estás ejecutando y ese es uno de los grandes placeres, cuando de pronto el texto da la impresión de que se hiciera solo, que los personajes actúan solos y es una sorpresa para el autor y muy probablemente para el lector”.

Su narrativa no se detiene en muchas descripciones, avanza mediante diálogos y otros recursos.

Estos grandes pasajes descriptivos que tenían las novelas eran necesarios en una época donde la gente no tenía información y había que describirles, por ejemplo, cómo era la campiña francesa. Si ahora le digo a un chavo: estación espacial en Saturno, ya estamos ahí y quizá no veamos el mismo monstruo, pero sabemos cómo es uno. El chiste de la descripción es dar lo mínimo necesario para permitirle al lector seguir con la historia.

“En esta novela no hay ninguna descripción del profesor. “Sabemos que tiene 70 años y será el anciano que cada quien se quiera imaginar.  Aunque cada historia se cuenta diferente, en la medida en que un autor describe o sobre-describe, le quita posibilidades a la imaginación del lector. Prefiero que el lector llene los huecos”.

Parece que impone al lector la tarea permanente de evaluar si sus personajes toman las decisiones éticas correctas.

No sé si me excedí con eso. Es una forma de involucrarlos. Visto desde lejos uno cree que somos ciertas personas y que enfrentados a ciertas disyuntivas de la vida haríamos lo correcto. Y creo que nos gustaría pensar que somos buenas personas, pero eso no nos garantiza que lo seamos. Y sólo cuando estamos en situaciones límite es cuando vamos descubriendo las personas que realmente somos.

“Supongo que involucrar al lector en eso es como recordar que hay decisiones que podrías tomar y las consecuencias de esas decisiones, las consecuencias de la acción y las consecuencias de la inacción. Ese era uno de los temas y ojalá que la gente se sienta involucrada”.

¿Qué aconseja a sus alumnos que quieren ser escritores?

Honestidad, convicción en lo que están escribiendo y mucho trabajo. Les recomiendo que escriban lo que les gusta leer, que no se autocensuren. Te sorprendería saber la cantidad de gente que escribe sobre lo que cree que quieren leer los demás, por quedar bien. Chavas que quieren escribir novela erótica pero no pueden porque la va a leer su mamá y qué va a pensar de ellas.

“Les pido Ser honestos con nuestra visión del mundo, con los temas que nos importan y con las cosas que queremos contar, lo temas que te mueven y no soslayarlos ni autolimitarse”.

Háblenos de sus proyectos

Tengo dos proyectos de cine, uno será una comedia completamente comercial, pero aún están en etapa de planeación. Además preparo una serie de televisión y otro libro que es una historia de desastre en la ciudad de México.

“A los gringos les encanta destruir Nueva York y la Casa Blanca y bueno, nosotros también tenemos cosas que destruir. Lo de cine y televisión son procesos más largos, pero la novela podría estar lista el próximo año”.