“Poseídos”: Una infortunada historia de fantasmas

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Jaime Rosales Domínguez.-

“Poseídos, una historia de fantasmas”, corrobora lo complicado que es intentar el terror en el teatro. La obra es una adaptación de Luis Terán, de la novela “Otra vuelta de tuerca”, de Henry James, que se presenta ahora en El Círculo Teatral en la Ciudad de México, después de haber cumplido una breve temporada el pasado mes de abril en el Lunario, el espacio alterno del Auditorio Nacional.

La directora Marta Luna y el grupo de actores ‒encabezado por Ángeles Marín, en el papel de la “señorita Giddens”‒ han encarado el desafío de llevar a la escena una obra cuya tensión y espanto radican en la ambigüedad de no saberse si en verdad los niños están poseídos o son cómplices de espíritus malignos (su comportamiento a veces así lo sugiere, pero la verdad nunca se sabe) o si todo ello solo existe en la febril imaginación de la institutriz que los cuida.

Así las cosas, y desprovisto el teatro de los trucos de edición del cine, se requiere de un gran esfuerzo actoral y de recursos escénicos muy imaginativos para lograr que la tensión, y la angustia de los personajes se transmitan al espectador y éste sienta en el cuerpo el miedo que consigue la novela original. “Poseídos” no logra ese cometido.

En el teatro como en el cine uno sabe que las historias que presencia constituyen un mundo ficticio, pero propician nuestras emociones porque establecemos con ellas una relación estética, que implica el consentimiento del espectador en suspender su incredulidad inicial.

Es el llamado “Contrato de verosimilitud” que se establece entre el espectador y la puesta en escena, cuando se trata del teatro. Este pacto es un compromiso tácito por parte del espectador de hacer como si lo que ve fuera verdadero.

La puesta en escena que comentamos no logra establecer ese contrato y así es difícil entrar en la convención de una atmósfera de miedo. Y lo es porque el espacio escénico es tan reducido y el público está tan cerca que todos los trucos están al descubierto.

Poseidos 2

Es como cuando usted muere de miedo ante una escena de terror de una película y luego en el “cómo se filmó” ve todo el cablerío, lámparas, grúas y cámaras que estaban alrededor de esa escena escalofriante que así ya no lo parece tanto.

Los “oscuros” que se requieren en una obra con las pretensiones de “Poseídos” no lo son tanto, y entonces las pretendidas apariciones fantasmales resultan previsibles.

En la penumbra se adivinan los movimientos del “fantasma” de “Peter Quint” (el jardinero lujurioso que sostuvo una relación sexual desenfrenada con la anterior institutriz, y muerto en condiciones no aclaradas), de modo que su irrupción en escena queda desprovista de la sorpresa que haría sobresaltarse al espectador. Otro tanto ocurre con el “fantasma” errante de la “señorita Jessel” (Rosalba Castellanos).

Las apariciones de estos dos personajes cuya fantasmal presencia gravita sobre el desarrollo de toda la obra, pues evocan la maldad que quizá carcome y envenena el espíritu inocente de los niños “Flora” (Matilde Luna) y “Miles” (Fede Porras), quizá pudo tener mayor efecto si se hubieran dejado, como en la novela, a la imaginación del espectador, evocados mediante alusiones. Su presencia física paradójicamente desvirtúa su condición espectral.

Como se anotó líneas arriba, “Otra vuelta de tuerca” es una novela plagada de sutilezas, una esencial: el comportamiento y los parlamentos de los niños bien pueden ser considerados inocentes o muy perversos.

Henry James, el autor, se mueve en una frontera lingüística apenas perceptible entre esos dos extremos, y esta característica que es esencial ‒pues da pie a las alucinaciones de la institutriz‒ no queda muy bien trazada en esta puesta en escena, pues los pequeños, aunque carismáticos, carecen de la dirección que los pudo poner en ese camino.

Ángeles Marín hace una “señorita Giddens” que resuelve gracias a su técnica actoral, pero contra la que conspiran todos los elementos anteriores de modo que acaba dándonos un personaje sin transmisión que nos hace ver el miedo que la consume, cuando de lo que se trataba era de hacérnoslo sentir.

Lo más logrado es el vestuario de época a cargo de Cristina Sauza. Los videos de Antonia Fritche que se proyectan a lo largo de casi toda la representación terminan siendo un apoyo marginal en su intento de ilustrar la evolución psíquica de los personajes.

“Poseídos. Una historia de fantasmas”, se presenta sábados y domingos en El Círculo Teatral, en la colonia Condesa de la Ciudad de México.

Fotografías: Jaime Rosales Domínguez

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