Placeres culpables: Samuel Fuller, maestro sin título de los nuevos directores

septiembre 1, 2019

Escrito por: Fabián de la Cruz Polanco | @fabiancpolanco

En la historia del cine norteamericano hay un director que ha llegado a ser una especie de maestro sin título de todos los nuevos directores: Samuel Fuller, cuya filmografía abunda en historias y personajes que ha inspirado a creadores como Francis Ford Coppola, Steven Spielberg y Bob Rafaelson, porque su estilo de hacer películas constituye realmente una lección que nosotros como espectadores nos gusta aprender cada vez que revisamos alguna de sus obras.

Una empresa de video que se dedica a la restauración de películas de grandes maestros del cine, dio dado a conocer una colección con algunas de las mejores que hiciera Fuller en su larga carrera comprendida en varias décadas hasta llegar a 1980. Los críticos norteamericanos lo veían algunas veces como un artesano curioso, pero gracias a sus colegas europeos, incluyendo el gran santón de la nouvelle vague, Jean Luc Godard, cambió el criterio hacia la obra de Fuller.

No dudamos que también los directores mexicanos como Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón o Luis Estrada, han aprendido algo de la magnífica enseñanza que representan las películas de Samuel Fuller, que deslumbran por su original forma narrativa y la creación de personajes que están muy cerca de una realidad social que va más allá de Estados Unidos. A estas alturas, es fácil detectar la universalidad de su temática en títulos como El rata (Pick up on South Street, 1952), Delirio de pasiones (Shock Corridor, 1962), o The Big Red One (1980).

Uno de los pretextos de las nuevas generaciones para encontrarse con la obra de Fuller, es gracias a la aparición en digital de El barón de Arizona (1949), que fue su segunda película y donde ya se revelaba como un realizador dotado y seguro para abordar cualquier tema. En esta cinta cuenta la historia basada en hechos reales de la vida de James Addison Reavis, un estafador que quiso apropiarse de todo el Estado de Arizona a finales del siglo dieciocho, al tratar de despojar de sus propiedades a los rancheros allí establecidos, con la fabricación del historial de una baronesa de supuesta sangre española.

Para los seguidores de la carrera de un actor como Vincent Price, ha resultado una verdadera delicia verlo en uno de sus mejores trabajos y según cuenta en su biografía El barón de Arizona era su película favorita. Lo que también llama poderosamente la atención es la capacidad de Samuel Fuller para encontrar a los actores idóneos de sus cintas. Le tocó dirigir a algunos de los mejores, Richard Widmark en la mencionada El rata; a Rod Steiger en El vuelo de la flecha, una de las películas que la española Sarita Montiel hizo en Hollywood.

Precisamente las actrices también eran consentidas del director y hay una especial a la que llevó en las películas que para muchos críticos e historiadores son sus obras maestras, Constance Towers, con quien hizo Delirio de pasiones y El beso desnudo. Angie Dickinson en Las puertas del infierno (China Gate, 1957). Sin olvidar a Bárbara Stanwyck en Forty Guns (1957), un western clásico a la manera de Fuller que tenía gran influencia del Johnny Guitar de Nicholas Ray.

Un dato curioso es que Fullerhizo una co producción de Estados Unidos y México, en la que le tocó dirigir a Silvia Pinal, Arma de dos filos (1967), que también se llamó Shark en inglés, y Cazador de tiburones en otros territorios de exhibición. La película se hizo con una empresa de Hollywood y por México, la productora de Guillermo Calderón. El rodaje se hizo en Manzanillo y Veracruz, además algunas secuencias en Estudios Churubusco.

El protagonista masculino era nada menos que Burt Reynolds, pero al final todo resultó un desastre al grado de que Fuller pidió que se le quitara el crédito de director, pero no le hicieron caso obviamente porque se quería explotar su nombre y el de su estrella principal.

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