Pedro Almodóvar se desnuda en Dolor y gloria

julio 12, 2019

Escrito por: Alicia G. Montano

Su vigésima primera película será recordada como la más desnuda y reveladora de Pedro Almodóvar. A fin de cuentas, es la historia de un director de cine que, en plena madurez, ve cómo la enfermedad entra en su vida e interrumpe de cuajo su carrera. Desde la soledad más absoluta, ‘Salvador Mallo’, el cineasta que interpreta Antonio Banderas, reordena su vida: de la luminosa infancia a la decadencia física, sin olvidarse de aquellas personas que han marcado su existencia: la madre omnipresente; un amor roto, a su pesar, y alguna lealtad inquebrantable. Ha llegado el momento de saldar viejas cuentas, perdonar y salvarse a sí mismo. Porque, aunque no sea su biografía, las comparaciones son inevitables.

Miéntame y diga que ‘Salvador Mallo’ no es Pedro Almodóvar.

En ‘Dolor y gloria’ no hay que buscar quién es quién. No es una película en clave. Es una suma de experiencias y el personaje de Antonio Banderas, al igual que los de Asier Etxeandia y Leonardo Sbaraglia, reproducen situaciones que han tenido que ver conmigo, pero que no llevan detrás nombre y apellidos. Son un poco personajes ‘Frankenstein’, seres creados a partir de otros y el resultado de haber cogido de aquí y de allá; cosas que me han ocurrido, que he oído o que estaba presente cuando pasaron”.

¿Habría sido posible este guión de no haber pasado una larga temporada de declive físico? Usted pone en boca de su personaje un catálogo de dolencias: migrañas, faringitis, tendinitis, acúfenos, ansiedad y dolores de espalda

No. No habría sido posible sin conocer el dolor que me obligó a estar en casa y me aisló. Es una ‘pescadilla’ que se muerde la cola, porque cuando no te sientes bien, crees que no eres una buena compañía y dices no a todo lo que te proponen. Y en una gran ciudad, cuando no ves a la gente durante dos años y dejas de responder a sus llamadas, te quedas solo. La película nace de ese aislamiento y del sufrimiento físico, sobre todo las jaquecas que no me han abandonado y el dolor de espalda.

Porque una vez que te abren ya no vuelves a ser el mismo. Mi espalda está llena de hierros, tornillos y cemento quirúrgico, que no es como el de los albañiles pero casi… Y a la vez, yo no quería que la película fuera un quejido. Por eso recurrí a los dibujos de Juan Gatti, una forma lúdica de dar mucha información al espectador y ponerle en situación en poco tiempo”.

En Dolor y gloria, la droga, en este caso la heroína, actúa como una medicina paralela que sume al protagonista en un sopor, donde brotan los recuerdos y no existe el dolor.

Nunca he tomado caballo: nunca. Pero reconozco que en algún momento llegué a pensar en ir a buscarlo, porque estaba harto de tanto dolor y pensé que lo mismo me ayudaba. No he probado nunca la heroína porque, por alguna razón, mi organismo sabía que no iba con él, ni con mi carácter. Pero muchísimos de mis amigos murieron: unos en los 80, otros en el 90.

“Hay quien dijo que la heroína fue para los jóvenes de los 80 como la guerra de Vietnam, porque estabas muy expuesto. Era la droga más peligrosa, pero simbolizaba la libertad y nadie nos había hablado de sus peligros. Además, nuestros ídolos tomaban drogas: desde David Bowie, que estaba como un fideo de todo lo que se metía, a Lou Reed, o los de la Warhol Factory, la New Wave o el punk”.

Los años 80 están muy presentes a través de la vida de los protagonistas.

Es la película en la que más hablo del 80. Era necesario, porque es la época en la que el personaje de Antonio Banderas se nutre para lo que será después. Es un director que no está acostumbrado a pararse; que ha vivido de un modo juvenil y explosivo y al que nunca le ha interesado mirar atrás, porque siempre está en lo próximo y porque su vida transcurre a través de sus películas, que son proyectos que se prolongan en el tiempo. A mí me gusta empezar a escribir un nuevo guión antes de acabar la película anterior. En el fondo me hace gracia la idea de serme infiel a mí mismo y coquetear con otra historia antes de tiempo”.

Sabe que va a ser inevitable que la gente compare Dolor y gloria con otras películas que hablan del proceso creativo de un director: desde Memorias de un seductor (Woody Allen, 1980) a La noche americana (François Truffaut, 1973) o Fellini, ocho y medio (Federico Fellini, 1963).

Hay muchas películas que hablan de directores en crisis. Pero si hay una que conecta con ‘Dolor y gloria’ es ¡Arrebato¡ de Iván Zulueta. Y no es por las referencias a la heroína, sino porque en las dos películas está muy presente la vampirización que produce el cine, que te traga, te devora y te lleva a un lugar donde todo lo demás desaparece. Yo no fui consciente de las similitudes que había, hasta que empecé a rodar y se lo dije a Cecilia Roth, que ha trabajado en las dos películas. Y en ambas también está la memoria del tiempo detenido durante la infancia, al que se vuelve bajo los efectos de la droga”.

Usted traslada su infancia de La Mancha y Extremadura a Paterna.

Nosotros nunca vivimos en una cueva. Pero quería contraponer los recuerdos sombríos y de humillación que tiene una madre pobre de la posguerra, con la ilusión del niño que se conforma con ver el sol a través del tragaluz de la cueva. Son dos miradas diferentes: la de la madre que tiene que ‘entregar a su hijo a Dios’, mandándolo al seminario para que estudie, aunque no le haga ni puñetera gracia, a la del niño que ve aquello como un lugar legendario y fantástico”.

¿Sus recuerdos infantiles son tan luminosos?

Yo tengo recuerdos luminosos como el de las lavanderas, del que también me ha hablado mi hermano Agustín. Él se acordaba de los grumos del jabón en el agua. Era un jabón ecológico, aunque no lo supiéramos, y ese jabón atraía a los peces. Eran los peces jaboneros. Y recuerdo el río Ruecas y un lugar que se llamaba el Fontanar, donde había tablas de lavar y en cada fila cabían 10 mujeres. Y aquello era una fiesta, y chismeaban y cantaban mientras se deslomaban trabajando”.

Si hay un protagonista absoluto es Antonio Banderas que tanto se parece a usted en esta película. No es solamente el físico o la ropa, es el caminar, la forma de levantarse de la silla y hasta el tono de voz.

Yo le dije que si en alguna escena tenía problemas, que me imitara directamente. Pero me dijo que no, que prefería construir el personaje desde la ficción y partiendo de otras cosas. Y me parece extraordinario que Antonio se convierta en mí, sin ser del todo consciente”.

Está espectacular

Es el mejor trabajo que ha hecho en su vida y estoy muy contento de que haya sido el protagonista, porque representa a un personaje que tiene 60 años. Cuando empezamos a trabajar juntos, Antonio era un animal apasionado, que barría con su sola presencia. Pero ahora es otro, porque está en la madurez y porque ha pasado en tres ocasiones por el quirófano. Han sido tres operaciones de corazón bastante severas y aunque él sigue igual de vital y divertido y no le ha cambiado el carácter, yo notaba en su cara la experiencia de quien sabe que podía haberse muerto. Y le dije que era una putada lo que le había sucedido, pero que a mí, como director, me venía muy bien.

El Antonio Banderas de ahora está en otra tesitura: sus gestos son muy sutiles, pequeños… Y con la película terminada me parece muy legítimo que haya sido él quien asumiera mi papel. Porque Antonio es el legítimo protagonista, es el Mastroianni de Fellini en ‘Ocho y medio’, por muchas razones: por haber vivido de la mano conmigo los años 80, por haber trabajado juntos, por todo lo que hemos hecho”.

¿Fue Antonio Banderas su primera opción?

No. Yo no lo tenía claro al principio e incluso hice casting con varios actores españoles. Pero no me convencían del todo. Y me alegro muchísimo de la decisión que tomé al olvidarme del casting y enviarle a Antonio el guión”.

Todo el mundo coincide en que ha sido un rodaje feliz.

Idílico. Acabamos una semana antes. El rodaje ha sido el mejor de los 21. Y que sea el mejor rodaje no significa que sea la mejor película. Para mí, el peor rodaje fue el de ‘La mala educación’ y he tardado en volver a verla 14 años. Pero ahora, con la distancia del tiempo transcurrido, me alegro mucho de haberla hecho”.

En La mala educación, usted abordaba los abusos sexuales a menores en centros religiosos. Pero entonces no levantó ampollas.

Todo ha cambiado a peor. Ahora la presión habría sido insoportable. Yo creo que todos los varones españoles que han estudiado con curas saben muy bien de qué va eso. Yo estuve con dos congregaciones: primero, con los salesianos, y después, con los franciscanos, y me da igual si por decir esto ponen una vela al diablo. No eran casos aislados: la mitad del colegio había sufrido abusos y además nos lo contábamos, porque estábamos en ese ‘Gran Hermano’ que es un internado y los chavales hablábamos entre nosotros.

Me sorprende que no haya más denuncias y me indigna la reacción de la jerarquía eclesiástica. No se puede ser más hipócrita. Y lo mismo sucede cuando el papa insiste en el celibato. He pensado más de una vez en ir a hablar con él –lo mismo hasta me recibe– para decirle que, si anula el celibato, se terminan los abusos. Pero no lo quieren ver y ¡encima van y dicen que lo importante es estar alerta con los novicios que tengan ‘pluma’, como si ese fuera el problema! La Iglesia está cometiendo errores que son impropios de personas inteligentes y que parecen el fruto de mentes malvadas”.

En Dolor y gloria, su álter ego es creyente los días que se levanta con dolores y ateo cuando desaparecen

Yo soy ateo, pero mi madre era muy católica y mis hermanas también, sobre todo Antonia. ¡Ojalá hubiera tenido fe, pero no se me ha dado ese don!”.

Y también hay dos madres: la joven que puede con todo y la anciana que ajusta cuentas con la vida.

Yo hice, deliberadamente, un retrato idealizado de mi madre en ‘La flor de mi secreto’. En esta película está la madre joven que saca adelante a la familia (Penélope Cruz) y la que encarna Julieta Serrano. Esa madre mayor con motivos de sobra para quejarse. Porque la generación de mi madre ha sido de mujeres muy fuertes que, al salvar a sus hijos, salvaron a todo el país tras la Guerra Civil. Pero hay que reconocer que la vida ha sido injusta con ellas y por eso cuando son mayores se convierten en mujeres ariscas con cierta crueldad natural”.

Dolor y gloria es la película de los reencuentros. También con Julieta Serrano.

Hay una escena, la del ajuste de cuentas de la madre con el hijo, que aunque yo no la he vivido, siento que es muy real. La escribí la noche previa al rodaje, porque me gustaba tanto el trabajo de Julieta que fui ampliando su personaje. Cuando Antonio le dice a su madre: ‘No era el hijo que tú esperabas, simplemente por ser como soy’, estoy resumiendo toda mi infancia y adolescencia. Yo fui un niño distinto y no solo para mis padres: era un niño distinto para el pueblo, para el colegio, incluso para mi familia. Y con esa secuencia he dicho casi todo acerca de mi propia infancia, de la que generalmente no hablo”.

Pero la relación con su madre fue, o eso parece, cómplice y respetuosa.

Sí. Y eso que huí de casa a los 17 años, después de una gran bronca, la única que he tenido con mis padres. En ese momento, la familia y la presión de los padres eran el primer peligro a batir. Porque la familia es el instrumento más preciso para la represión del joven o del individuo que empieza a vivir. Pero cuando te vas haciendo mayor hay un día en el que dejas de pelearte con la familia y se convierte en esencial y en lo más importante de tu vida”.

Usted pasa por ser un director de actrices. Pero no es el caso de Dolor y gloria.

Hay varios protagonistas, como ‘Asier Etxeandia’ (Alberto, el actor) o Leonardo Sbaraglia (‘Federico’, el amor perdido). Y ambos, al igual que Antonio, están deslumbrantes. He tenido que ponerles canas para que aparentaran la edad de quienes han vivido el 80 y se han formado en esa década tan explosiva y maravillosa que marcó el renacimiento de un país libre. Unos años en los que, naturalmente, nos lanzábamos a todo tipo de cosas y consumos, porque queríamos vivir con mayúsculas. Y yo me alegro mucho de que mi universidad, ya que no pude ir a una de verdad, haya sido el Rock-Ola”.

Creo que se siente especialmente satisfecho del trabajo que han hecho Asier Flores (‘Salvador’ niño) y César Vicente (el joven albañil).

Es un milagro dar con dos actores que no han visto una cámara en su vida. El crío tiene 9 años y es un actor nato. A veces nos desesperaba mientras preparábamos los planos porque no estaba quieto. Pero cuando decía ¡Motor acción! se comportaba como actor adulto. Y en cuanto a César Vicente, no sé si volverá a tener la mirada que tiene en esta película, rezumando verdad, porque la propia vida se encargará de cambiársela”.

Hay un personaje conmovedor: la amiga leal y bondadosa con la que se puede contar y que ayuda sin pedir explicaciones.

“‘Mercedes’ (Nora Navas) ronda los 50 años y la mitad de ellos los ha vivido como asistente personal, junto a Salvador. Es lo más parecido a su familia. Y en el momento en el que transcurre la película, Mercedes es el único vínculo con la realidad exterior del cineasta. Además es eficaz, cálida, fiel, especial, inteligente y muy poco invasiva. No hay secretos entre ambos, o si los hay son los mínimos y fruto del mutuo respeto”.

¿Se trata de alguien real?

La persona que hay detrás de este personaje es Lola García, mi asistente para todo y la única que posee la llave de todos mis secretos.

En ‘Dolor y gloria’, se rememora una historia de amor interrumpida antes de tiempo. Yo he amado una vez apasionadamente; en realidad más de una vez. Pero en una ocasión, tuve que cortar la relación y fue como si me amputaran un brazo. Había que terminar, pero me costaba porque seguía enamorado”.

¿Es por eso por lo que dice que el amor no basta para salvar a la persona que amas?

Es muy doloroso separarte voluntariamente de alguien a quien todavía quieres, aunque sea la única salida que tienes para sobrevivir. Eso sí está en mi biografía. Pero el personaje que encarna al amor perdido del director es ficción construida a partir de mis recuerdos y del amor truncado. Veo que al final y debido a esta película me voy a pasar una larga temporada hablando de mí” (ríe).

¿Qué importancia tiene el perdón en una historia de amor concluida?

A mí me encanta la secuencia del reencuentro entre Leo (Sbaraglia) y Antonio (Banderas). Pero en la vida real, yo no lo habría resuelto así. Me gusta que Antonio sea tan generoso. Pero en mi caso, habría pedido más explicaciones. No soy tan buena gente como el Antonio que abre la puerta a su viejo amor y es tan cabal”.

¿Cree que ahora habría podido rodar escenas con violaciones o sometimiento como las que aparecen en Kika, ¡Átame!, ¿Qué he hecho yo para merecer esto! y tantas otras?

Yo me atrevería, pero la reacción sería muy mala y puede que hasta tuviera problemas para estrenarlas. Estoy absolutamente a favor de esta nueva ola feminista, pero tenemos que evitar que cunda cierta histeria, porque provoca la peor de las censuras, que es la autocensura. Y la autocensura es maligna, porque tapona la creación.

El movimiento feminista está consiguiendo grandes avances, y creo que los hombres debemos reformularnos para saber cuál es nuestro papel. Hay que definir una nueva masculinidad, porque lo que está pasando no es una guerra entre hombres y mujeres, sino todo lo contrario”.

Aunque Dolor y gloria no se haya mirado en el espejo de Fellini, ocho y medio, reconozcamos que coinciden en el final feliz.

Prefiero no hacer comparaciones porque ‘Ocho y medio’ es una obra maestra absoluta. Pero en mi película sentí la necesidad de salvar a Antonio, porque, si lo salvaba a él, también me salvaba a mí. Y no hay mejor camino hacia la salvación que un final feliz y esperanzado”.

Fuente: www.fotogramas.es

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