“Orinoco”, un drama revestido de comedia

Jaime Rosales Domínguez.-

Ver anunciada una obra de Emilio Carballido es una garantía, a la vez de humor y reflexión. Hay, en el teatro del dramaturgo veracruzano, un sentido de lo popular que conecta con los públicos, cuyas propias circunstancias, vivencias y formas expresivas y discursivas quedan muy bien representadas en los escenarios donde se despliegan. Como ahora sobre el foro del Nuevo Teatro Silvia Pinal, donde se ha montado la obra “Orinoco”, dirigida por Guillermo Saldaña, y actuada por Dalílah Polanco y la debutante Anaid Jiménez.

“Orinoco” es una analogía de la vida simbolizada ésta por un barco que navega a la deriva sobre las aguas del río que da título a esta comedia. Por circunstancias que descubrirá quien asista al teatro, sobre la cubierta del “Stella Maris” sólo viajan dos prostitutas, contratadas por uno de esos rufianes que regentean lo que hoy se conoce como trata de blancas, para presentarse en un campo petrolero al que las conduciría la embarcación.

El viaje, de reminiscencias vernesianas, por lo fantástico que resulta ir a la deriva y la soledad en que quedan ambas mujeres, da a Carballido la oportunidad de explorar las complejidades del universo femenino mediante dos personajes -de nuevo dos mujeres como en “Rosa de dos aromas”- que contrastan sus visiones de la vida: una desesperanzada, la de Mina, interpretada por la Polanco; y la otra, la de Fifí (Anaid Jiménez), porfiadamente confiada en el futuro, a despecho de los reveses de la vida, y que ejemplifica en el maravilloso relato que escuchaba de pequeña, y en el que a cada adversidad los personajes respondían con un optimista: “No se ha acabado nada, falta lo más hermoso todavía”.

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La puesta en escena de Guillermo Saldaña resulta meritoria, si bien su perspectiva pone los acentos en lo que de comedia tiene la obra, como lo muestra la elección de Polanco, una comediante consumada y carismática en cuyos hombros descansa el peso de la puesta en escena, pero que no alcanza todos los matices, sobre todo los sombríos que requiere el personaje, ni tampoco da la apariencia de una persona de más edad como la que pide la acotación del texto original.

Anaid Jiménez tiene un largo camino por recorrer y lo ha empezado mostrando buenas hechuras y una simpatía natural que le podrían ganar un lugar asiduo en los elencos de nuestras carteleras, aunque habrá que verla en papeles de mayor entidad.

La puesta en escena está apoyada por un equipo de primera línea con Matías Gorlero y Félix Arroyo en el diseño de escenografía e iluminación, a quienes debemos el notable diseño de la proa y la cubierta del Stella Maris que además de estética resulta funcional para el desplazamiento de las actrices.

Con todos esos elementos, “Orinoco” es una puesta en escena que cumple con divertir y con mostrar lo propio del teatro de Carballido: hacer reír, sí, pero dejar ese amargor que al disiparse la risa nos descubre el drama que aquella encubrió.

Hay que decir, además, que ya va siendo hora de dejar atrás esa práctica completamente antiteatral que todavía se acostumbra en ciertos montajes y teatros de colocar micrófonos a los actores. Se trata de una práctica heredada de la televisión, con la que ya no se aprecia uno de los valores de la actuación en el teatro que es la proyección y la modulación de la voz de que son capaces los actores. Un micrófono es un reconocimiento tácito de que el actor es incapaz de que aun sus susurros se escuchen hasta la última fila. Es como hacerlos salir al escenario auxiliados por muletas.

Fotografías: Jaime Rosales Domínguez

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