Oler la sangre tiene la capacidad para generar imágenes

Oler la sangre

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Lo notable de Oler la sangre, la obra escrita y dirigida por Ro Banda que cumple ya su tercera temporada, ahora en el Teatro Helénico, es su capacidad para generar imágenes a partir de un trazo escénico que lidia con suficiencia en un escenario que se antoja excesivo para el pequeño formato de la pieza y de un texto con un lenguaje sencillo, casi primigenio, pero construido con tal destreza que logra que las palabras no solo signifiquen, sino que además evoquen.

En esa capacidad metafórica es donde acaso reside la consistencia y, digámoslo sin reticencias, la belleza formal de esta pieza protagonizada por Adriana Llabrés y Víctor Huggo Martín cuya consistencia y facultades interpretativas hacen de estos hermanos desconocidos dos personajes entrañables en apenas 50 minutos.

La anécdota en escena es simple, aunque como diremos, más próxima a una creencia que a una certeza:  dos personajes (Alo y Ale), que se descubren hermanos merced a una carta de la abuela recién fallecida, y emprenden un viaje no a su destino sino a su origen.

Oler la sangre es una expedición, una peregrinación, diríase que casi iniciática y aquí el término es nuevamente evocador: de aventura, de aprendizaje, de reconocimiento, de la vida misma. Con una estructura que recuerda la morfología del cuento fantástico (Propp), aquí hay un alejamiento inicial del hermano, un regreso tras la muerte de la abuela, una nueva partida ahora con la hermana recién descubierta, la prueba del reconocimiento de su origen y su transformación en dos seres más completos al saberse pertenecientes a ese otro al que se puede reconocer por el olor de la sangre aún a la distancia, “por si la muerte nos agarra lejos”.

Es también una obra amorosa por el delicado tratamiento que la dirección da a los personajes y porque el reencuentro entre ambos cierra el círculo que posibilita la relación amorosa, así sea fraterna: la otredad el otro es para la otra y viceversa.

A manera de hipótesis de trabajo aventuro una conjetura: por su lenguaje, por el humor inteligente y su sensibilidad, Oler la sangre bien podría ser un homenaje a esa novela ya icónica de J.D. Salinger: El guardián entre el centeno. No por nada el libro figuraría entre las cosas que el personaje ‘Ale’ lleva consigo en la mochila de viaje. Otros guiños a esa obra serían el carácter casi iniciático de la travesía de los dos hermanos, y la lucha por encontrar el lugar de cada uno en el mundo, pues como dice ‘Alo’ en una de sus intervenciones: “Nadie sabe con certeza quien es”.

Oler la sangre

Además, hay algo en esta pieza que remite a la idea de infancia, esa condición que el personaje de El guardian… se afanaba en preservar: No obstante que los personajes son ya jóvenes, en algunos pasajes uno puede verse tentado a percibirlos como dos niños. Acaso por ello Miguel Cané en Letras Libres, aludió a ellos como una especie de ‘Hansel’ y ‘Gretel’ y en esta reseña la estructura nos ha recordado la del cuento fantástico.

Los indudables méritos del texto y del desenvolvimiento actoral no hacen olvidar, sin embargo, que todo está construido sobre una premisa que suena más a conseja popular (la sangre llama), que a una exploración de los resortes profundos de los conflictos y secretos de familia.

Al autor y director lo que parece interesarle en este caso son las posibilidades escénicas y estéticas de la representación y no tanto los mecanismos de las relaciones familiares. La escenografía parece constatarlo: el espacio escenográfico es una estación de trenes. Ese diseño original de Miguel Moreno y adaptado e iluminado para esta temporada por Isaías Martínez, es de una notable belleza visual resaltada por un vitral y un reloj antiguo (construidos por Jaime Castillo), que se aviene bien con la idea de viaje, pero no con la de expedición y caminata que es lo que realmente llevan a cabo los personajes. Este detalle parece confirmar la preeminencia de la estética visual sobre la pertinencia simbólica.

Sea de ello lo que fuere, Oler la sangre es una obra abierta a una multiplicidad de sentidos y de ahí la riqueza que reserva a los espectadores que decidan verla en esta nueva temporada que inició el 3 de julio y se extenderá hasta el 18 de septiembre, con funciones los lunes en el Teatro Helénico.

Texto y fotografías: Jaime Rosales Domínguez

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