“Nerium Park”: Una metáfora de nuestros peores miedos

Jaime Rosales Domínguez.-

Dirigir y actuar “Nerium Park”, pieza teatral del autor catalán Josep Maria Miró es cosa seria. Como serio y convincente es el trabajo de Mariana Garza (“Marta”), Pablo Perroni (“Gerardo”) y Sebastián Sánchez Amunátegui en la dirección, quienes tienen frente a sí un texto y al menos tres subtextos: la crisis social, el derrumbe de las relaciones personales y la descomposición del entorno. Aderezado todo esto con una presencia fantasmal omnipresente en todo el desarrollo, dándole densidad y revistiendo de misterio e incertidumbre al conjunto, y que funciona como la gran metáfora de nuestros peores miedos. Acaso esto último sea el corazón de la obra.

Lidiar el director y sus dos actores con los tres subtextos mencionados hace de “Nerium Park” una puesta en escena compleja porque allí encontramos el drama del hombre echado de su trabajo y todo lo que ello desata en términos de amargura, pérdida de autoestima y derrumbe emocional en un mundo dominado por las convenciones masculinas.

Tenemos también la degradación del exclusivo fraccionamiento Nerium Park  —denominación que alude asimismo al nombre latino de la Adelfa, un arbusto tóxico cuyo contacto puede causar alucinaciones y depresión, como las que van carcomiendo a los personajes— al que se muda el matrimonio protagonista, y cuya venta se detiene ante la crisis que impide a las personas adquirir un patrimonio.

Y tenemos, en fin, la destrucción de las frágiles relaciones personales: el infierno en que el “otro” –“los otros”— pueden llegar a convertirse en un mundo que asfixia y oprime al individuo a partir de sus propias aspiraciones.

Los personajes de Garza y Perroni experimentan una marcada evolución psicológica: de una pareja feliz, pasan a ser un par de desconfiados desconocidos hasta llegar a límites que rayan en la violencia física.

Agréguese a lo anterior la “presencia” —imaginaria o no— de un tercer personaje, una especie de alter ego de Gerardo (Perroni), pero una presencia invisible y amenazante para Marta (Garza), y se tendrá lo necesario para que el espectador se sienta perturbado por los recovecos por los que transitará en este viaje escénico.

Nerium Park se cuenta a lo largo de doce escenas, una por cada mes (de noviembre a octubre de un año cualquiera), todo sobre un escenario inamovible (la idea de monotonía resulta imprescindible) compuesto de un sofá, una lámpara sobre un buró, un tapete y un cuadro. Es un espacio confinado al que el espectador se asoma a través de lo que parece una especie de ventana.

Las transiciones entre escenas funcionan bien: son a la vez un breve respiro para el público, aunque la música de Tareke Ortiz y el efecto sonoro que remite a la sensación de agua en movimiento cada vez en mayor volumen, sirven como preparación del siguiente paso hacia el abismo al que inexorablemente se va conduciendo al espectador escena tras escena.

La iluminación de Isaías Martínez también evoluciona hacia tonos más oscuros y penumbrosos acorde con la espiral de soledad y aislamiento que va devorando la vida de este matrimonio.

El quehacer de Mariana Garza y Pablo Perroni resulta casi quirúrgico por la exactitud gestual y corporal con que revisten de credibilidad la evolución psíquica y hasta el desquiciamiento de sus personajes (las etapas del embarazo de ella muy bien trabajadas por Rafael Villegas), con un remate o escena final escalofriante.

“Nerium Park” se presenta en el Foro Lucerna, en la Ciudad de México, de viernes a domingo, en una temporada que inició el 1 de julio y concluirá el 2 de octubre.

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