“Medeas”, un descenso a los abismos de la condición humana

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Jaime Rosales Domínguez.-

“Medeas”, una coproducción México-ítalo-estadounidense de 2013, llegará en breve a salas comerciales de la república tras recorrer durante dos años más de 15 festivales internacionales de cine, en los que cosechó elogiosos comentarios y diversos premios, como Mejor Película, Actriz, Ópera Prima, Fotografía y Director, entre otros.

La así laureada cinta del director italiano Andrea Pallaoro (con guión de él mismo y del mexicano Orlando Tirado), es fotográficamente exquisita, pero contiene una mezcla de temas como la venganza, la desesperación  y las honduras de la condición humana que la hacen  un hueso duro de roer.

Agréguese a ello la inclinación del director por un cine voyerista que conduce a los espectadores a ser testigos casi in situ de las situaciones y la privacidad de los siete miembros de la familia protagonista (la pareja y sus cinco hijos).

Se trata de un naturalismo extremo que puede llegar a incomodar a quienes desde afuera miran aquella sucesión de escenas, la mayoría desprovista de diálogos.

Y aquí la creatividad de Pallaoro para darnos una cinta en la que el árido paisaje exterior (la historia se sitúa en la frontera México-Estados Unidos), se mimetiza o se corresponde con la anodina vida interior de los integrantes de aquella familia unida, aunque fracturada, y con los largos silencios que pueblan su existencia, pues cada uno vive ensimismado, incomprendido, desentendido de los demás, pero bajo el férreo control de un padre hosco y sombrío.

Y sin embargo, algo gravita sobre aquel aparente pasar de la vida, desde que nos enteramos que “Christina” (la colombiana Catalina Sandino alguna vez nominada al Oscar), la auditivamente disminuida esposa de “Ennis” (Brían F. O’Byrne)  mantiene un tórrido romance secreto con el mecánico del pueblo.

Además, como otro elemento de tensión está la sequía que asola a aquel escampado donde “Ennis” tiene su granja lechera y de las dificultades económicas que enfrenta a causa de aquel otro desastre, si bien ambiental.

Esos son los elementos de la historia que avanza aferrada a imágenes eso sí muy plásticas provenientes de una cámara emplazada de modo poco convencional para mostrarnos a los personajes en escenas cotidianas que parecen no hacer avanzar la acción de la trama: la madre sobre la cama pintándose las uñas de los pies mientras a su lado se mueve inquieto el bebé de la familia; el padre mirándose al espejo tratando de averiguar qué le causa molestia en uno de sus ojos; la hija adolescente tirada sobre la cama cantando con sus audífonos puestos, o la larga y silenciosa caminata de los cuatro hijos seguidos por la cámara mientras se dirigen no se sabe adónde sino hasta una siguiente escena.

Si para Hitchcock el cine es como la vida sin las partes aburridas, el naturalismo de Pallaoro parece empeñado en afirmar que el cine también pasa por una realidad no siempre hecha de sobresaltos y emociones, pero que se teje y se desteje a partir de los hechos simples de la vida, allí donde la condición humana es capaz de urdir los más infaustos abismos.

Sí, porque recuérdese que estamos ante una historia cuya anécdota principal evoca cómo se siguen produciendo en nuestros días dramas como el de aquella Medea que nos legó el genio de Eurípides.

Se trata entonces de una cinta dura, pero contada de un modo cautivador y deslumbrante, cuya tensión dramática está dada no por lo que sucede, sino por esa cita con el destino a la que estos personajes aislados e incomunicados serán irremediablemente arrastrados.

Otro valor de la cinta es que está rodada en 35 milímetros, un formato al que se recurrió —de acuerdo con uno de los productores de la cinta, el mexicano Jonathan Venguer— para rescatarlo y porque “los directores que nos inspiran han filmado en este formato”, el cual, agregó, obliga a un cuidado muy especial e introduce un elemento de incertidumbre sobre el resultado final que se despeja hasta que el laboratorio revela el rollo.

“Medeas” se estrenará el 22 de mayo en la Cineteca Nacional de la Ciudad de México, y en las salas de arte de Cinépolis, entre otros complejos.

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