“Medea”, el drama del eterno retorno

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Jaime Rosales Domínguez.-

La lectura de alguna obra literaria o dramática suele dejarnos sugerida la apariencia física de los protagonistas. En ese casting particular uno los imagina a partir de lo que dicen y hacen, y del carácter de que los ha revestido el autor. Lo anterior porque la “Medea” de Germán Castillo, actualmente en escena, aporta lo que uno podría imaginar como la exacta representación de la mujer arrebatada por la ira, sedienta de sangre, consumida por los celos y el deseo de venganza.

Pálido el rostro, enmarañados los largos cabellos, crispadas las jóvenes, pero duras y desafiantes facciones; tensas las manos y las poderosas piernas bajo la túnica; encendidos los ojos por la fuerza que bulle en aquel espíritu atormentado e indomable, la actriz Dobrina Cristeva nos entrega una representación de “Medea” como la que uno imagina que habita en el texto de Eurípides y que los espectadores de épocas posteriores pudieron haberse forjado de la protagonista de esta tragedia.

Medea  –inscrita en el ciclo dramático “Los grandes personajes”, dentro del que la Dirección de Teatro de la UNAM montará próximamente a “Hamlet” y “Antígona”— es una puesta en escena que va al grano porque ha eliminado la intervención del coro y de algunos personajes para entregarnos en apenas algo más de una hora, la nuez de esta tragedia: el amor no como fin sino como contrato de conveniencias.

Esa manera sucinta de contar alcanzada por Germán Castillo hace de esta una obra cosida a punta de arte dramático, pero disfrutable para todos los públicos, incluidos aquellos que suponen cansadas e ilegibles las obras de los clásicos griegos.

Aquí el drama y el asunto de la obra se plantean desde el principio y avanzan ágiles como el destino que conducirá al abismo a los personajes, quienes se mueven en una escenografía e iluminación diseñadas por Gabriel Pascal: apenas dos círculos concéntricos en medio de los cuales un cúmulo de tierra que la iluminación tornará rojizo cuando se narren los efectos mortales del hechizo de Medea sobre la prometida de Jasón, y su padre, el rey Creón.

No parece casual esta elección escenográfica: el círculo es la continuidad, lo que se repite, no tiene principio ni fin, es eterno, como el drama que presenciamos y que es subrayado por ese juego de palabras con que el personaje narrador inicia y concluye la obra: “Esto en otro tiempo sucede así”.

Medea es la radicalidad y, a su modo, la racionalidad de un mundo que no obra, porque no lo necesita, en términos morales sino crudamente humanos, y en el que, por tanto, es dable que el furor se sobreponga al juicio porque, como afirma la protagonista utilizando a conveniencia el pensamiento al uso: “es propio de las mujeres estallar antes que reflexionar”.

Y aunque “Medea” tiene sentimientos y sufre la traición y las consecuencias a las que la obligan los hechos, nada de eso queda expuesto aquí porque no se trata de establecer juicios sobre el bien y el mal sino de mostrar las posibilidades y los abismos de la condición humana.

De todo ello ha resultado una puesta en escena redonda y en la que el drama se huele desde que se trasponen las puertas del recinto.

José Alberto Gallardo con una interpretación sobria y enérgica de “Jasón” y Lorena Glinz (Creón-Egeo-narrador) completan el cuadro actoral de la obra, en tanto que Edyta Rzewska participa con un diseño de vestuario que contribuye a la proyección de los personajes, y Rodrigo Castillo Filomarino, aporta la música original.

“Medea”, en versión libre de Germán Castillo y Mansell Boyd, se presenta en el Teatro Santa Catarina, de la UNAM de jueves a domingo, en una temporada que se extenderá hasta el 4 de octubre.

Fotografías: Maritza López

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