Marcello Mastroianni un hombre demasiado enamorado de la vida

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El pasado miércoles 28 de septiembre, Marcello Mastroianni cumpliría 93 años. En diciembre serán veintiún años de su fallecimiento en 1996. Y hace treinta años, en el Festival de Cannes, obtuvo la Palma a Mejor actor por su señera actuación en Ojos Negros (Oci Ciornie, 1987, de Nikita Mikhalkov), que le valió ser nominado al Oscar (por tercera ocasión, antes con Un día especial, en 1977 y Divorcio a la italiana, en 1961) en esa categoría, usualmente ocupada por intérpretes de habla inglesa y recibir laureles por doquier. El galardón en Cannes era el segundo que obtenía, pues en 1970 se había alzado con él por Celos estilo italiano.

Ojos negros es un pastiche de varios cuentos de Anton Chejov, entre ellos el celebrado La Dama del perrito, esmeradamente enlazados y reunidos por Mikhalkov y Alexandre Adabascian. Son dos historias de amor o acerca de las consecuencias de éste. Una la búsqueda de una mujer, en el sentido noble y obsesivo de la palabra; y la segunda del no perder la esperanza, ni darse por vencido ante las múltiples negativas de la mujer admirada.

Dos testimonios fundidos en la elegante y al punto prodigiosa penúltima imagen en cámara lenta de la mujer, quien ha cosechado la recompensa tras sus pesares. Esos fotogramas y las finales son el cierre virtuoso de la fotografía de Franco De Giacomo, en planicies, exteriores e interiores, aldeas rusas, el balneario y el barco, con reminiscencias y emotividad la vuelta entre el siglo XIX y XX.

Los narra a partir del encuentro de dos hombres en el comedor de un barco, un ruso y un italiano, que conjeturamos son pasajeros del mismo, hasta el pasmoso doblez postrimero donde refrendamos el declive de ‘Romano’ (Mastroianni en uno de tantos papeles memorables), un hombre “demasiado enamorado de la vida para tomársela en serio”.

Mikhalkov vierte el drama y derrumbe de ‘Romano’, quien dejó ir los amores de su vida; desperdició lo que el destino le puso en bandeja; arruinó su matrimonio y su posición. El individuo que efectuó proezas inconcebibles por hallar a la mujer que le despertó la pasión en una noche, ‘Ana’ (Elena Safonova, enternecedora en cada aparición), por la cual cruzó media Rusia.

Ese viaje lo pinta Nikita Mikhalkov con tintes de locura, surrealismo, excentricidad; la mayor parte cual cine mudo, levantado con gestos, piruetas, agradecimientos; bajo la coartada de poner una fábrica, vender un cristal irrompible que Romano carga todo el tiempo, e intenta convencer a alcaldes y generales, al pueblo y a los nobles, de lo exclusivo del material.

El director se adentra a mofarse de la burocracia rusa, a revelar esa gente esperanzada en lo que les promete ese italiano. Por ello los recibimientos que le dan cual si fuera el elegido a seguir sus pasos de una oficina a otra, aceptando negativas sin chistar, donde nadie quiere hacerse cargo de firmar, inventando excusas, hasta rodar al pueblo deseado. Con la inmensa escena donde se sale de la fiesta para ir por ‘Ana’. Solo para de inmediato escapar, ultimada su fechoría y promesa, con ese recuerdo que resentirá, la canción de cuna rusa que resonará en su cabeza.

Ojos negros se torna una tragedia con puntos humorísticos y amargura, de nostalgia poética, entre la aristocracia, la prodigalidad y la decadencia del cine de Visconti; con una recreación superior de la época, en el balneario, los vestuarios, la mansión en Italia, las casas en Rusia.

Y en los retornos con la esposa (Silvana Mangano en su última aparición en pantalla), abúlico ante la ruina y la obligada venta de posesiones y hogar. Con el instante definitorio, cuando ella le pone la carta enfrente y le pide una respuesta sincera, en que Mikhalkov, con maestría, lo pone en plano cercano y él suelta la palabra, desbarata la poca dignidad que guardaba.

Las cualidades de la narración y la adaptación ascienden al finalizar la historia larga y venir la corta, el epílogo sensitivo, la del escucha de ‘Romano’, el ruso (Vsevolod Larionov), y sus ocho declaraciones en siete años a la misma mujer.

Ojos negros congrega las sutilezas de Chejov con los elementos visuales de Mikhalkov; sencillo y de una profundidad inmanente; con un flashback en el momento exacto, la llegada al pueblo, la entrada del perrito, el rostro de ‘Ana’, las medidas intervenciones de la esposa y la amante (Marthe Keller), las palpitaciones en la faz del ruso.

Y, ante todo, Ojos negros es Mastroianni en su plenitud madura, inocente y encantador, con su vidrio, bebiendo vodka; corriendo tras el sombrero de la dama a la alberca de lodo con su traje blanco de lino, que preludia el que usa en el barco; entonando la “Nanna Nina, idos los días fructíferos”, con maquillaje y cabello pintado.

Por: Leopoldo Villarello Cervantes