La memoria como resistencia en “Las lágrimas de Edipo”

Jaime Rosales Domínguez.-

Hugo Arrevillaga y Wajdi Mouawad han forjado una mancuerna vital en el teatro mexicano contemporáneo. Gracias a este joven director hemos conocido y visto representar con mano maestra en nuestros escenarios la obra del dramaturgo canadiense de origen libanés. Particularmente la tetralogía “La sangre de las promesas (“Litoral”, “Bosques”, “Incendios” y “Cielos).

Este año Arrevillaga estrenó “Las lágrimas de Edipo”, un texto que el creador canadiense escribió a propósito del asesinato en Atenas, Grecia, de un joven de 15 años a manos de un policía, ocurrido el 8 de diciembre de 2008 durante un enfrentamiento con las fuerzas de seguridad.

La similitud -toda proporción guardada porque lo sucedido aquí no tiene paralelo- entre ese hecho y la noche de Iguala en que desaparecieron 43 estudiantes de la Normal rural de Ayotzinapa y uno más, Julio César Mondragón Fontes, apareció con el rostro desollado, impulsaron a Mouawad a enviar a Hugo Arrevillaga el texto de “Las lágrimas…” para que pudiera utilizarlo en algún momento, y cuya traducción estuvo a cargo de Humberto Pérez Mortera.

En el original, el autor adapta la tragedia de Sófocles, “Edipo en Colono” y hace caber en ella el asesinato del estudiante griego. Arrevillaga hizo la misma operación, solo que, en su versión, el asesinato de jóvenes es el que tuvo lugar en Iguala, Guerrero, en septiembre de 2014.

Viejo y próximo a morir; ciego tras haberse arrancado él mismo los ojos por creerse indigno de mirar quien tantas desdichas provocó, al matar a su padre y yacer con su madre; acompañado solo por su hija “Antígona” quien guía sus pasos vacilantes, llega “Edipo” (el de los pies hinchados) a un lugar ruinoso que resulta ser un antiguo teatro, y de inmediato sabe, al cesar el viento y abrirse el cielo, que es el lugar donde ha de morir, pues según el oráculo: “el ciego caerá donde se detuvo el viento”.

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Un joven corifeo llamado “Marisa” (Mitzi Mabel Cadena) les informa que el rugido que se escucha de afuera proviene de una ciudad en guerra en la que un joven estudiante fue desollado vivo y otros 43 desaparecieron en un crimen perpetrado por la violencia del poder.

Esta confluencia de la mitología griega con el mundo actual, este paralelismo entre Grecia y México, se plantea en la obra no a partir de los hechos mismos, sino de las relaciones de poder que perpetran y perpetúan las tragedias de ayer y hoy.

El planteamiento resulta bastante sugerente, pues la conexión entre uno y otro tiempo se plantea metafóricamente mediante dos imágenes: la de un hilo conductor que sería el mismo que sacó a “Teseo” del laberinto, el mismo con el que se ahorcó “Yocasta”, madre y esposa de “Edipo”, y el mismo que alcanzó aquella funesta noche al normalista Julio César Mondragón.

La otra imagen resulta aún más perturbadora, pues el poder en nuestros días, con su torrente discursivo, se asemeja a la esfinge que enfrentó “Edipo”, la cual asolaba “Tebas” y devoraba a quienes no lograban descifrar su enigmático y laberíntico discurso. Monstruo de lenguaje incomprensible, al poder-esfinge hay que seguir derrotándolo con la misma respuesta que el tebano trágico le arrojó a la cara: el ser humano como alternativa contra toda forma de terror y como respuesta ante la desgracia.

Y en esa confluencia de signos y desdoblamiento de tiempos propio der la narrativa de Mouawad, “Antígona” pide a “Edipo” ser “Julio César” y ella trastocarse en la pequeña hija de aquel para seguir narrando su tragedia, pues ante el poder que todo lo aplasta, sólo quedan -dicen- las palabras para contar y el testimonio memorioso como forma de resistencia.

Hay por lo menos dos referencias a esta premisa: cuando “Edipo” dice que morir y contar historias es lo que debemos hacer todos en algún momento, y cuando Marisa alude al teatro en ruinas en el que se encuentran, como el lugar donde “nos juntamos a llorar los dolores de la humanidad”.

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Desde hace rato se sabe que la propuesta de Arrevillaga es por un teatro demandante que haga partícipe al espectador no solo de la puesta en escena como experiencia estética  -en este caso a través de la plasticidad de movimientos que despliegan sus actores, así como en la forma en que se emiten las palabras con que se ha bordado el texto- sino como activos copartícipes en la reflexión sobre inquietudes compartidas.

Ulises Martínez nos entrega un “Edipo” ciego y con una expresividad corporal acorde con la contrahechura que determinan los pies atravesados del personaje, el cual resulta muy exigente, pero del que Martínez sale airoso, merced a un entendimiento cabal de la fuente de su dolor.

Mitzi Mabel Cadena, está ya en pleno dominio no de una técnica sino de un quehacer que le permite trazar sus personajes sin artificios, y Vicky Araico interpreta una “Antígona” fuerte que se convierte en avasalladora fuerza cuando encarna la esfinge que atormenta a “Edipo”.

El espacio escenográfico a cargo de Auda Caraza y Atenea Chávez, consiste en cinco vigas semi inclinadas que concurren en un círculo de arena, elemento simbólico con que se aludiría a la circularidad y simultaneidad del tiempo en que suceden las historias. Aunque se pretende que las vigas sostienen paredes en ruinas a punto de caer, más bien evocan la solidez y los tentáculos de un poder y la violencia que a todos alcanzan.

“Las lágrimas de Edipo” es una pieza que indigna y conmueve; pero que también alerta y se cuestiona sobre las sinrazones de un tiempo y una época cuyo curso ha sido trastocado, pues los viejos sobreviven a los jóvenes y los padres entierran a sus hijos: La existencia trunca de un joven es algo que el mundo no debía permitir, afirma Edipo en uno de sus pasajes.

Esta obra cumple una segunda temporada este año en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz del Centro Cultural Universitario, recinto en el que podrá apreciarse del 10 de noviembre al 11 de diciembre, en funciones de jueves a domingo.

Fotografías: Jaime Rosales Domínguez

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