“Karamazov: todo está permitido”, tragedia familiar de tintes contemporáneos

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Jaime Rosales Domínguez.-

“Karamazov, todo está permitido”, constituye una mirada femenina sobre la metáfora de la condición humana que habita descarnadamente en la última novela del escritor ruso Fiodor Dostoyevski: “Los hermanos Karamazov”.

Decir mirada femenina resulta un formalismo para indicar que en este caso los protagonistas no son un padre y sus hijos, sino una madre y sus hijas, y que la puesta en escena es una adaptación  de Ylia O. Popesku y María Inés Pintado, quienes además conforman el elenco junto con Raymundo Pastor, dirigidos todos por Hugo Abraham Wirth.

Lo de formalismo viene a cuento porque en realidad la obra permanece fiel al espíritu de la novela: mostrar los abismos en que puede incurrir la condición humana, se traten sus protagonistas de hombre o de mujeres, que en esta materia de las pasiones desbordadas no se admiten géneros por más que la demagogia en boga se empeñe en distinguir entre unas y otros.

Aquí tenemos dos hermanas acuciadas por la hegemonía de una madre que les disputa hasta el amor del ambicioso pretendiente de una de ellas, todo lo cual se precipita por una pendiente trágica a raíz de un asesinato equívocamente resuelto, y que cambiará el rumbo de sus vidas pero sin liberarlas de la pesadez tediosa en que se desenvuelven.

Decir que el texto encierra una tragedia familiar puede resultar pleonásmico, en el sentido de que la familia, más allá de su manipulada postulación como el pilar de las sociedades modernas es también, o más exactamente, el primer reducto en el que las pasiones, las envidias, intrigas y los odios de unos contra otros encuentran amplios cauces para ensayarse.

Desde esta perspectiva es un acierto de la obra recuperar un texto como el de Dostoyevsky para revisitar desde una perspectiva actual, los abismos que encierran las relaciones familiares.

Karamazov 2

El texto resulta muy poético pese a la violencia y a la maldad subyacente en la trama, y las actuaciones delicadas y precisas, salvo la proyección de la voz que en los casos de Popescu y Pintado resultan en muchos pasajes inaudibles, de tan bajito que pronuncian sus parlamentos.

La escenografía de Carolina Jiménez es sobria y austera, en unos muy cálidos tonos ocre. El espacio donde se mueven los personajes es un plano semi-inclinado, muy a propósito para unos seres que parecen desprovistos de un suelo firme donde afincar sus vacilantes valores.

La obra constituye la segunda entrega de una trilogía que inició con “Dostoeyvsky: el demonio y el idiota”, llevada a escena entre 2013 y 2014 en el Teatro El Granero, del Centro Cultural del Bosque.

“Karamazov: todo está permitido” tendrá una temporada hasta el 19 de abril con funciones los martes a las 20:30 horas en el Teatro Helénico, en la Ciudad de México.

Fotografías: Nadia Galaviz

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