Ray Zubiri

Judy Garland o la inmortalidad como moneda de cambio

Jaime Rosales Domínguez.-

Acaso una frase, dicha con desesperación y entre sollozos casi al final de la obra, revele la verdadera tragedia de Judy Garland en la obra “El final del arcoíris”: “No quiero ser amada allá arriba (sobre el escenario), quiero ser amada aquí abajo”.

La estrella llega desfalleciente al final de su carrera y sus múltiples deudas la obligan a seguir presentándose en shows cada vez más caóticos a causa de una salud quebrantada por el dilatado consumo de estupefacientes.

El musical de Peter Quiter es, así, un desgarrador testimonio del ocaso de una vida –la de Judy Garland—explotada desde los 14 años, pues desde entonces, dice: “me daban pastillas para cruzar el camino amarillo”, en alusión a como desde que filmó la cinta “El mago de Oz” ya era sostenida por sustancias para cumplir sus compromisos.

Esa es la historia que nos llega ahora con la reposición de “El final del arcoíris”, que cumple una corta temporada en el Foro Shakespeare, todos los jueves del 3 al 24 de marzo próximo. Con las actuaciones de Alejandra Desiderio, José Antonio López Tercero, Mario Sepúlveda y Elías Ajit, este drama musical de Broadway muestra la estancia en Londres de la estrella de Hollywood Judy Garland, quien ofrecerá seis semanas de conciertos, acompañada de su joven prometido Mickey Deans (Sepúlveda), y de su pianista e íntimo amigo Anthony (López Tercero).

La estancia en Londres muestra el lado íntimo de una estrella cuyo drama es el de la mayoría de quienes forman parte del Star System hollywoodense: son aclamados y amados no por lo que son sino por cómo se miran sobre el escenario, por su capacidad de generar emociones sin que nadie se ocupe o le importen las suyas, cuando están abajo de los entablados.

Incomprensión que también se encuentra en el círculo íntimo, allí donde se entremezclan maridos, prometidos y productores más interesados en las ganancias que puede generar el artista sin que importen demasiado las necesidades o los deseos de éste. Se trata así, de una obra de indudable actualidad que pone sobre la mesa el tema de la explotación de los niños artistas y de parejas explotadoras.

Final arcoiris 2

Judy Garland vive en un infierno revestido de una paradoja: si abandona su carrera se hunde en las deudas; si continúa, se hunde su vida atrapada por las drogas. Y aquí la metáfora que pinta su existencia: apagado el camino luminoso que supone el arcoíris por el que transcurrió su carrera, vine el abismo, la oscuridad. Todo acaso, a cambio de la inmortalidad.

De lo anterior resulta una puesta en escena entrañable, con una Alejandra Desiderio que nos muestra el lado rebelde, temperamental, melancólico, desesperado y hasta irónico del personaje con respecto a sus propias adicciones (“Cada vez que bebo agua siento que me estoy perdiendo de algo”).

Un papel sobre el que la intérprete ha volcado un torrente de amor absoluto y que se nota desde que se levanta el telón y le escuchamos interpretar “En algún lugar sobre el arcoíris”, la primera de las varias interpretaciones que el público tendrá ocasión de escuchar a lo largo de la escenificación, acompañada la intérprete por música en vivo tocada detrás del escenario.

Un escenario, hay que decirlo, que en uno de sus extremos se antoja un poco apretado para el movimiento de los personajes, sobre todo en el pasillo que conduce a las habitaciones de ese cuarto de hotel donde transcurre la mayor parte de la historia. Por lo demás, como espectáculo la obra resulta muy notable, por la escenografía, el vestuario, la iluminación y la interpretación de los temas musicales, todo lo cual logra que el público viva momentos alegres, conmovedores y de una gran tristeza.

“El final del arcoíris” es dirigida por Rosa Alicia Delain y la producción ejecutiva de Alis Ortega para ReCrea Teatro.

Fotografías: Jaime Rosales Domínguez

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