Hasta el infinito y más allá. Así es Pixar por dentro

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Tenía 10 años cuando se estrenó Toy Story. Por aquel entonces nadie sabía que aquella película haría historia. No sólo fue la primera en realizarse por completo por ordenador, sino que dejó al cine de animación sin que lo reconociera ni el propio Walt Disney -eso sí, el estudio tuvo la suficiente vista para distribuirla en cines-.

Algo había en aquella historia que trascendía la técnica, porque lo único que recuerdo es que el día después de verla en el cine cogí los ahorros de la propina de mi abuela y me compré un Woody de juguete como el de la película. Necesitaba tener a aquel vaquero que había demostrado que la fantasía de cualquier niño, que sus juguetes cobraran vida, podía hacerse realidad.

De aquello han pasado ya 22 años, y el sueño de aquellos locos se ha convertido en una de las compañías más exitosas de Hollywood. Todo el mundo conoce su nombre, Pixar, y reconoce el flexo que usan como seña de identidad. Su clave es fácil: hacer que los padres sientan que la animación no es una carga que tienen que pagar por tener a sus hijos entretenidos.

Sus obras gustan tanto, o más, a los adultos que a los críos, y todos coinciden en que en todos sus títulos hay un elemento que no falta: la pasión. Una pasión que se nota cuando uno entra por el arco que preside la compañía en pleno Silicon Valley (San Francisco). Cada trabajador que te encuentras parece preso de una secta en la que les obligan a ir contentos a trabajar.

NO ES UNA EMPRESA, ES UN CAMPUS UNIVERSITARIO

Lo mismo ocurre con el empleado de la tienda de regalos, el que sirve el té en el Café Luxo o la guía del tour que enseña unas instalaciones que parecen creadas por un niño con síndrome de Peter Pan. Más que una empresa parece un campus universitario en el que la gente sigue aprendiendo durante toda su vida.

Ahí está el campo de fútbol, la pista de Voley Playa o la piscina para sus trabajadores, que en mitad de su jornada pueden tomar un descanso para volver con ideas frescas en busca de otra genialidad. Algo impensable en España que hace que uno se tenga que frotar los ojos y preguntar varias veces a los animadores que si allí trabajan o sólo se divierten. Intentan que las dos cosas vayan de la mano, y que si tienes que pasar la mitad del día en un sitio, este sea lo más agradable posible.

Lo primero que llama la atención es el flexo y la pelota gigantes que presiden el exterior de los estudios. Una llamada a los inicios de la empresa (al corto que llegó antes incluso que Toy Story), y el comienzo de una carrera en la que han acumulado Oscar tras Oscar.

Precisamente son los premios los que reciben a la gente a la entrada del Edificio Steve Jobs (sí, él era uno de los locos que creyeron en Pixar), centro neurálgico de la actividad social de la compañía.

Jobs defendía que había que relacionarse con la gente, y el edificio que lleva su nombre cumple a la perfección esa máxima y parece la plaza mayor de su ciudad. Entre Woodys de Lego, figuras a tamaño natural de Los increíbles y coches de Cars se despliega una nave llena de luz natural donde la gente toma café, come, charla o juega al billar en el piso superior.

La mezcla de gente es extraña. En un mismo lugar se cruzan jóvenes con pinta de empollones, chicas con el pelo azul y señores de más de 50 años que se desplazan en patinete como si tuvieran diez. A nadie le parece raro y el buen rollo se contagia. Cada detalle está cuidado al máximo, y eso que no es un sitio abierto a las visitas turísticas masivas -aunque los familiares de los trabajadores se pasean por allí y varios niños corretean entre sus héroes animados-.

Los baños tienen un Woody para los chicos y una Bo Peep (la pastorcita de Toy Story) para las chicas, y los cuadros de sus películas están en cada pared. Las dos alas del edificio principal albergan una exposición de sus dos últimos estrenos. En esta ocasión la derecha es para Cars 3, mientras que la izquierda ya se ha vestido del día de los muertos para celebrar la llegada de su nuevo estreno Coco, ambientada en México.

LA IMPORTANCIA DE LA MEMORIA

El Steve Jobs es el único edificio que no tiene nombre de barrio de Nueva York, ya que su vecino de al lado, y donde nacen todas las películas, ha sido bautizado como Brooklyn, y en el que se encuentran los departamentos que no trabajan en el apartado artístico (marketing, merchandising, comunicación…) se llama West Village. Más de mil trabajadores para que nada falle.

La importancia del pasado es tan vital, que hasta han dedicado una sala en Brooklyn a los Oaks, el equipo de baseball de San Francisco cuyo campo estaba originalmente en el parking de Pixar.

Sin embargo, entre canchas de baloncesto, figuras gigantes y decenas de premios, un juguete roto se convierte en el verdadero símbolo de Pixar, y en el ejemplo perfecto de lo que significa para los que hemos crecido con sus películas.

Al lado del premio de la Academia de Hollywood por Buscando a Nemo, el primero que lograron, se encuentra sentado un Woody de juguete al que le falta una pierna y está completamente magullado junto a una etiqueta que identifica a su dueño, Caleb, un niño de seis años al que sus padres compraron un nuevo vaquero en el Magic Kindom Park de Florida.

Caleb no quería dejar tirado a su amigo de juguete, así que lo entregó en la tienda para que tuviera “un nuevo hogar al lado de Buzz Lightyear”. Los responsables de la tienda lo mandaron junto a una carta a la atención de John Lasseter, que no dudó en ponerlo en la vitrina que recoge los mayores logros de su estudio. Porque todos hemos sido Caleb cuando hemos llorado con Up, hemos reído con Nemo y hasta cuando hemos criticado Cars. Todas esas veces que la magia de Pixar nos ha hecho viajar hasta el infinito y más allá.

Por: Javier Zurro | Fuente: El Español