“Ilusiones” o de cómo la vida no es lo que parece

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Jaime Rosales Domínguez

Apreciación errónea de la realidad, una ilusión es una forma burlesca o alterada de lo que se observa verdaderamente, de ahí que provenga del verbo latino illudere (burlarse de). Este carácter ilusorio de la vida es el tema de la obra “Ilusiones”, del joven dramaturgo ruso Iván Viripaiev (1974), que ahora repone en una nueva temporada la Compañía Nacional de Teatro, en la Ciudad de México.

Como no podría ser de otra manera tratándose de una anécdota que examina el carácter inestable de la existencia, los protagonistas son dos matrimonios de octogenarios, amigos íntimos, que revelan, en el ocaso de su vida, los sentimientos amorosos que siempre albergaron por la pareja del otro.

Como en un juego de espejos –elemento que no en balde según la mitología refleja el alma o el espíritu de las personas y es la representación del engaño y la apariencia— los cuatro personajes, puestos uno  frente al otro, narrarán los episodios de su vida en común, pero siempre contando y representando la historia del otro del que hablan.

Así, “Sandra” (Adriana Roel) nos cuenta en presencia de su marido moribundo, “Danny” (Ricardo Blume) lo que éste le dice al morir: un monólogo en el que con las palabras más bellas y tiernas le agradece el gran amor que han vivido durante sus 53 años en pareja y de cómo nunca le fue infiel porque eso hubiera sido traicionar la reciprocidad que, según aprendió de ella, es la esencia del amor.

Un año después, también en su lecho de muerte, “Sandra” llamará a “Albert” (Farnesio de Bernal), esposo de “Margaret”  y el mejor amigo que tuvo “Danny”, para decirle que todos esos años él fue su verdadero amor, y que ese secreto le enseñó que para amar no se necesita reciprocidad.

Turbado por la revelación, “Albert” va con su esposa “Margaret” (Ana Ofelia Murguía) y le cuenta su entrevista con “Sandra” y añade que al escucharla, él comprendió a su vez, que siempre amó a la esposa de “Danny”.

Se establece así un equívoco cuadrángulo amoroso en el que nadie vivió la vida que pretendía haber vivido, pues cada uno habita coordenadas definidas por lo que sabe y no sabe de su situación y por lo que los demás saben o ignoran sobre él.

Este enredamiento y entrecruce de visiones hará que los personajes se encuentren situados (¿sitiados?) por sus sentimientos en un juego interminable de superposiciones expresados por las historias que cada uno cuenta acerca de los otros, pues recuérdese que en esta puesta en escena ningún actor habla por sí ni de sí mismo: siempre es suplantado por algún otro, lo que subraya su carácter de símbolos y, como tales, de fragmentos en espera del todo del que acaso formarían parte.

Por ello “Sandra” dirá que no existe un todo y lo que hay son sólo partículas sobrepuestas. Este carácter fragmentario y volátil de la realidad se condensará en una de las últimas frases de la obra repetida hasta el cansancio por “Margaret”: “¿No debería haber un mínimo de constancia en este mundo inmenso y constantemente cambiante?”

La puesta en escena carece de elementos escenográficos formales. Ésta está dada por el manejo de espacios: todo se reduce a sillas giratorias que los personajes llevan consigo cada vez que entran al escenario y en la cual se sientan para hablar de los otros o escuchar lo que se dice de ellos, y que retiran cuando salen de cuadro.

Las pausas que se producen entre algunas de las escenas son subrayadas por las breves notas nostálgicas de un chelo tocado detrás de una delgada cortina azul e iluminado de cuando en cuando por una luz blanca que también sigue a los protagonistas dejando el resto del escenario en penumbra.

“Ilusiones”, dirigida por Mauricio García Lozano con música original de Jacobo Lieberman, interpretada al violonchelo por Natalia Pérez y con escenografía de Fernando Feres e iluminación de Katy Pérez, cumple temporada en el Teatro Julio Prieto, antes Xola, del 11 de abril al 10 de mayo, con funciones de jueves a domingo.

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