“Hasta el tope”: Un desfile escénico de personajes estereotipados

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Jaime Rosales Domínguez.-

“Hasta el tope” es un monólogo en el que el narrador no sólo cuenta los sucesos y las reflexiones que éstos le provocan, mediante un relato de tono intimista o introspectivo.

Aquí nos encontramos ante algo más cercano al stand up comedy en el que no se trata de algo que ya sucedió y que es recreado por el monologuista. En la puesta en escena a la que nos referimos las situaciones se van sucediendo y los personajes desfilan ante el espectador en el momento en que realizan sus acciones. Lo singular es que esos personajes, aproximadamente 40, son interpretados por un solo actor.

En el caso de “Hasta el tope”, quien lo escenifica es Anastasia Acosta, que encarna a una actriz desempleada que trabaja como encargada de atender las reservaciones de los clientes en un exclusivo restaurant, el Fusión Mazaryk, enclavado en uno de los barrios más exclusivos de la Ciudad de México.

Desde lo que parece ser el sótano de ese restaurant Samantha Covah (“Sam”), una joven de origen yucateco, se vuelve literalmente loca atendiendo los cientos de llamadas que hacen repiquetear cada minuto los teléfonos del lugar, además de atender las exigencias del chef que comanda aquel sitio y de otros empleados en quienes debe apoyarse para resolver las exigencias de los demandantes clientes.

La obra, escrita por Becky Mode y Mark Setlock, se estrenó en el Festival de Teatro Adirondack, en Lake George, Nueva York y en 1999 llegó al Teatro Vineyard en la ciudad de Nueva York, y de ahí pasó a San Francisco, Los Ángeles y Boston. También se ha escenificado en Londres y París. En la versión original Sam es Samuel.

Hasta el tope 2

Psicologías y manías repetitivas

“Hasta el tope” (Fully Committed, en el original), alude no sólo a que las reservaciones en ese restaurant siempre están agotadas, sino también al incesante trabajo al que se ve sometida “Sam” en aquel sitio mientras espera ganarse un llamado para algún casting.

Y hasta allí. ¿A qué me refiero? A que la obra se agota en ese ir y venir de “Sam” del escritorio al interphone y a la línea con el chef, respondiendo llamadas de personas que desde el otro lado del teléfono le exigen un apartado, la amenazan, la sobornan y la insultan.

Y en aquel fuego cruzado de telefonemas debe lidiar con la fresísima secretaria de Laura Bozzo, con una solitaria que no sabe adónde llamó de tanto que la dejan siempre colgada en la línea, con una señora de la tercera edad, cuyo parlamento resulta totalmente anodino, con una persona ronca a la que le recomienda una receta para la voz y con veleidosas señoras de la socialité del rumbo siempre exigiendo la mejor mesa en el mejor horario.

Aunque se trate de comedia, una obra debe tener siempre un tema, un enredo, un equívoco que resolver. Aquí se carece de eso. De principio a fin se trata de una secretaria respondiendo llamadas y sus tribulaciones para dar espacio a todos mientras trata de resolver sus problemas que se reducen a conseguir días libres en navidad para cenar con su papá y colarse en un casting.

Al parecer se trataría de mostrar, a través de este desfile de personajes encarnados por una sola actriz, los diferentes caracteres, psicologías y manías de los desconocidos a los que cualquiera de nosotros puede encontrarse al otro lado de la línea.

Pero ni eso resulta atractivo por el trazo demasiado esquemático, estereotipado y, en ocasiones repetitivo de esos personajes. Por ejemplo, el chef, es un españolete ególatra, siempre malhumorado y que invariablemente contesta el teléfono con la frase: “¡qué coños quieres!”; o el francés Jean Claude, una especie de capitán de meseros, que, como el anterior, siempre contesta de muy mala gana y se niega a enfrentar a los clientes que lo buscan.

Contradicciones en escena

Si bien son notables el esfuerzo y el empeño de Anastasia Acosta por sacar adelante el proyecto, éste parece resbalar por la pendiente de la insustancialidad, sin un tema que lo ancle y atenido a pasajes que se pretenden cómicos, pero que no llegan a serlo de tan predecibles.

Otro tanto ocurre con una escenografía que se antoja confusa y contradictoria. A menos que se pretenda establecer un contraste entre el supuesto glamour del restaurant y las deplorables condiciones que reserva a sus empleados, no se entiende por qué Sam atiende las llamadas desde una desordenada bodega, con una mesita y una silla bastante corrientes y rodeada por un par de canastas desvencijadas, un viejo árbol de navidad sin decorar, un archivero todo maltratado y anaqueles en los que se apilan cajas de tequila, wisky y de brandy.

Para colmo, las voces de alguno de los personajes, como el amigo actor de “Sam”, empiezan en un color y terminan en otro porque ahí está el teléfono sonando y hay que pasar a otra interpretación.

Queda únicamente el vértigo de aquel incesante ir y venir de “Sam”…demasiado poco para casi hora y media de escenificación.

“Hasta el tope” se presenta todos los miércoles a las 20:30 horas en el Teatro Libanés, en la Ciudad de México.

Fotografías: Jaime Rosales Domínguez

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