Espejo Retrovisor: Un día, dos personas

noviembre 28, 2014

Por: Redacción

Leopoldo Villarello Cervantes.-

“Siempre el mismo día” (One Day, 2010) adapta la novela de David Nichols con un guión del mismo autor, para consumir un drama romántico durante más de un cuarto de siglo.

Lo interesante es la estructura narrativa: el filme principia en 2006, viene un flashback a 1988, y a partir de ahí la historia continuará cronológicamente hasta retornar y repetir con leves diferencias a la secuencia de apertura, con “Emma” (Anne Hathaway),  y al momento en que se pasó al flashback.

Entonces viene un giro al esfuerzo romántico, una diferencia que amplía tiempos, porque resulta que no es el final, sino la acción prosigue más años (con una vuelta más donde veremos un suplemento esencial del 1988).

La idea, anunciada por el título, es que vemos un día, el 15 de julio de cada año, situación con similitudes a la obra teatral y película “Same Time, Next Year” (El próximo año, a la misma hora, 1978, Robert Mulligan), pero en el actual caso, además de la ubicación, Inglaterra, con unas fases en París y alusiones visuales a “Un camino para dos” (Two for the road, 1966, de Stanley Donen), en el transitar de un automóvil, en  lo que se ve a lo lejos por una ventana.

Atestiguaremos por separado las existencias de los protagonistas, “Emma” y “Dexter” (Jim Sturgess), y el punto de partida es la noche de su graduación, por lo cual se ha de creer el arranque es en la madrugada, y ellos no son novios o pareja ni la jornada amparará la usual primera ocasión en que tuvieron sexo.

La propuesta del guionista-novelista tomada por la directora danesa Lone Scherfig (“Wilbur se quiere suicidar”, “Una educación”), es observar los caminos que toman, aunque hayan estudiado lo mismo, ella hacia la enseñanza y más tarde la escritura, él la televisión espectáculo-basura.

Por “Siempre el mismo día” se siente la empatía que el autor y la directora les tienen; la amistad en grado cercano a la pureza en algo que no cuadraría con estos tiempos, pero justo de ahí se agarra para mantener la anuencia, aún en expectativas de final feliz, reunión de último instante, disección del tiempo derrochado.

El código es más que el simple reencuentro de cada año; en unos de los días sólo  estamos con uno de ellos, en alguno se hablan por teléfono, en varios están separados, cada quien en su vida. Las distancias románticas divergen de la inocencia primaria, ella más encalada a su trabajo y su ideario, él cayendo en la espiral del éxito, la droga, las facilidades traídas por la fama.

La historia va de lo ligero a lo trágico, pinta las secuelas de la vida fácil de él en su relación paterno filial (de ella no sabremos de su familia); se alimenta un efecto de los años inmaduros y el ascenso y caída consecuente.

El relato cuadra en los desencantos pos universitarios, en la dificultad para conseguir empleo, en la obligación de hacerla de mesera en un restaurante (curiosamente de comida mexicana, lo que da para música de mariachis, tequila, vestuarios como de mesera de Sanborn’s).

Con regusto amargo  y sincero, se toca las alzas y bajas de la relación “Emma”-“Dexter”; y se da tiempo para reprobar los programas televisivos vulgares, fútiles, los bajos fondos detrás de telones y el descenso posterior del elenco; los conflictos de pareja en varias estancias (más visible el paso del tiempo en él, y en ella marcado por los anteojos y el corte de cabello).

Otro punto bien diseñado es la aparición de las fechas dentro del encuadre (sobre una ventana, en una pantalla de lámpara), los tipos de letra, el mecanismo con el cual se regresa en el tiempo o se marca el año.

“Siempre el mismo día” contiene esencias de drama británico, actuaciones estabilizadas, y al abarcar un lapso de tres décadas, una banda sonora heterogénea, de Tracy Chapman a Elvis Costello, “Cielito lindo” y unas pulsadas de jazz.

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