Espejo Retrovisor: Tributo a héroes bélicos en “La hora de los valientes”

diciembre 17, 2015

Leopoldo Villarello Cervantes.-

La Guerra Civil española (1936-1939) es el telón de fondo de “La hora de los valientes” (1998), a partes drama, tragicomedia, acotación de la recuperación y el rescate de cuadros y pinturas, y de la supervivencia de una familia en mero Madrid, bajo los bombardeos.

El director Antonio Mercero y el guionista Horacio Valcárcel se basan en historias reales, en algo que pudo suceder cuando tuvieron que cerrar el Museo del Prado y hubo cuadros y obras de arte que fueron tomadas en resguardo, cuidadas, salvadas de la destrucción o la desaparición.

Rinden tributo a héroes desconocidos como Manuel (Gabino Diego), a quien se debe el que pinturas célebres como un autorretrato de Goya aún cuelgue en las paredes del Museo del Prado, así el crédito, las condecoraciones, o la historia firmada por el bando vencedor, se le atribuyan a uno de los suyos.

“La hora de los valientes” es tal vez la más solida de las películas realizadas por el vasco Mercero, más conocido por sus trabajos en series televisivas, con esta mirada con sus grados de ternura, afabilidad, bondad, de una familia en la disyuntiva de preservar el legado artístico o venderlo, tener para comer, salir de las penurias, o hasta escapar de la ciudad y del país.

Es lograda la reproducción de la época, de los bombardeos, de la dura situación en que vivía la gente, las filas para obtener víveres, los traidores y delatores, los prestamistas ávidos de adquirir joyas y objetos valiosos. Entre ellos brilla la bonhomía de Manuel, fiel a sus principios, a lo inculcado por su abuelo (Luis Cuenca), anarquista de corazón y devoción.

Es palpable de que lado están director y guionista, el aprecio por sus personajes, las cuerdas de humor para mitigar la tragedia. Lo ilustra el matrimonio por las reglas anarquistas, y en seguida el banquete, la mofa al guisado de conejo, el baile bajo la metralla de la aviación. O el escondite de la pintura cuando los militares van a revisar la casa, y tienen ante sus ojos, colgado, el cuadro, y a la pregunta de quién es el abuelo se saca de la manga con veracidad que es el tío Paco de Zaragoza.

El otro lado de la moneda se mide cuando la joven Carmen (Leonor Watling) va a pedir comida y disfraza que está embarazada, meses más tarde repetirá la visita y se desquitará de la humillación que le hicieron. Y al comerse ella y el pequeño hermano de Manuel a escondidas el pan que avientan desde el cielo la flota aérea franquista, el hambre por encima de ideologías, y convencer al abuelo de echar bocado.

El título de “La hora de los valientes” tiene relación con una frase anarquista, con el fervor con que el abuelo aúpa al nieto, y más tarde al encuadernar con esmero un libro de Enrico Malatesta, obsequio para el futuro bisnieto.

Y con más precisión y sentido del coraje y la gallardía, en la escapatoria y persecución sobre Manuel, en que él repite gestos y detalles del cuadro de Goya que más admira, el fusilamiento de unos patriotas, justamente enfrente de la pared donde estuvo y estará.

Por “La hora de los valientes” obtuvieron merecida y justificadamente, con doble razón, los premios Goya a mejor actor Gabino Diego (catorce años después de su debut en cine en otro filme acerca de la Guerra Civil, la excelente “Las bicicletas son para el verano”), mejor actriz Leonor Watling (en uno de sus más sobresalientes papeles en su plenitud veinteañera), y como actriz secundaria Adriana Ozores. La mención especial debería haber sido para Luis Cuenca en un papel único, para enmarcar.

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