Espejo Retrovisor: Todo debe irse y cambiar

diciembre 13, 2014

Leopoldo Villarello Cervantes.-

“Everything Must Go” (Todo se debe ir/Volver a empezar, 2010), es la primera prometedora obra de largometraje de Dan Rush, tanto como guionista como director.

Basada en el cuento de Raymond Carver (1938-1998) “Why Don’t You Dance?” (¿Por qué no bailas?), aparecido en el libro “What We Talk About When We Talk About Love” (Lo que hablamos cuando hablamos del amor).

Rush agrega personajes y hace leves alteraciones al relato de Carver sin que se evapore la esencia: la cuestión de la separación marital, la crisis por la que atraviesa “Nick Halsey” (Will Ferrell); el problema del alcoholismo, que por momentos y diálogos trae a la mente “Días de vino y rosas” (Days of Wine and Roses, 1962, de Blake Edwards), así nunca veamos a la esposa; sólo escuchamos hablar de ella, y de que una pareja de esa naturaleza no escapan juntos de la enfermedad.

Rodada en espacios naturales, un alto porcentaje en el exterior e interior de una casa y en la calle en un suburbio de un pueblo de Arizona, ofrece un papel diferente a Ferrell, más dramático de los que acostumbra; sobre él se sostiene la película, en su semblante, en su retraimiento obligado afuera de lo que consideraba su hogar, donde ha de recalar y rumiar en qué le ha tirado ahí.

En “Everything Must Go” todo se le desmorona a “Nick”, despedido de su trabajo, abandonando por su mujer, sin tener dónde ir, expulsado de su confortable paraíso, hasta mojado por la manguera del jardín. Rodeado de su mobiliario, sus enseres domésticos, su ropa, objetos guardados de su infancia y adolescencia, que hablan de días más luminosos.

Sin desearlo se verá compelido a una venta de garaje, de donde proviene algo del título, deshacerse de todas las cosas, sacar el pasado, reiniciar.

La utilización de cámara en mano acompaña instantes doloridos de “Nick”, su aferramiento a no moverse. La presencia de dos extraños en el vecindario: “Samantha” (Rebecca Hall), una mujer embarazada que llega a habitar la casa de enfrente; y “Kenny” (Christopher Jordan Wallace), un niño afroamericano en permanente desocupación; le girarán sus introversiones; su soledad nocturna le revelará pecadillos del matrimonio de junto.

El director y guionista Rush incorpora personajes con fines informativos: al policía (Michel Peña) lo de la esposa; al ex compañero de trabajo para el día después de que lo despidieran. Lo hace recapacitar en su padre, con los discos atesorados que no querrá vender y que suministran una excelente banda sonora (canciones de Bob Dylan; “I shall Be released” con The Band, Canned Heat, Lightnin’ Hopkins, “Puñalada al corazón”).

Comprime en pocas jornadas el declive de “Nick” (tirado en su sofá, pidiendo dinero para una cerveza) y su levantarse, extendiendo su relación con la vecina, aceptando vender cosas, peloteando béisbol con el niño y enseñándole un decálogo de buen vendedor.

La revisión de los objetos le confronta con su período estudiantil, con el libro escolar, donde se estampa lo que pensaban sus condiscípulos de él, lo que pintaba su porvenir; le harán recordar a “Delilah” (Laura Dern), una ex compañera a quién visitará y le recordará un pequeño gran detalle caballeresco.

Adaptación optimista en buen camino de Raymond Carver, donde el énfasis en la aceptación de “Nick” se da por esas conversaciones, atreverse a decir verdades a la vecina; la nueva luz se ensancha con el agradecimiento de ella; y con los obsequios de Nick a sus compradores, en particular al que desea su sofá; y los que hace en silencio y recatado a sus vecinos y al niño.

La depuración es interna y externa. El debido escalón para encaminarse. Todo debe irse para abrir campo y repararse.

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