Espejo Retrovisor: Recuerdos de abuelos y escritores en pantalla grande

agosto 19, 2016

Por: Redacción

Leopoldo Villarello Cervantes.-

“Recuerdos” (Les souvenirs, 2013) es un sensitivo contacto del recíproco afecto de una abuela por su nieto y de éste por ella. Y en su derredor, los efectos del deceso de la pareja de toda la vida, las torpes decisiones de los hijos ante la declinación de la salud de su madre, los arreglos ejecutados a sus espaldas.

Las tramas secundarias, que por sí solas propinarían sus propios surcos, rodean las confusiones por la jubilación no planeada, el desapego de familiares por sus ancianos, para encerrarlos y lavarse las manos, los descuidos en los asilos y casas donde se les cuida, el desinterés de la policía ante su desaparición (que igual da para gags.)

En varias directrices se encauza la idea de recobrar la niñez perdida cuando se avizora la última etapa, completar recuerdos para despedirse. En parte contrastado con la necesidad de jóvenes por encontrar a las mujeres de su vida y la improbabilidad de hallar su oráculo a mitad de la carretera.

El guión empieza y cierra en un mismo lugar y ceremonia, en encuentros y reencuentros donde menos se puede imaginar, con similar desorientación acerca del lugar, punto a la vez de un final y nuevos comienzos y perspectivas.

Dirigida por Jean- Paul Rouve a partir de la novela de David Foenkinos, es una comedia romántica y nostálgica, con apreciables actuaciones de quien viene a ser el personaje central, “Romain” (Matthieu Spinosi), su padre (Michel Blanc), su mamá (Chantal Lauby), y necesariamente la abuela, la venerable Annie Cordy.

Recuerdos 2

Con revires sentimentales, pasa por las experiencias de “Romain” a la espera de la musa, para escribir su novela y para sentir la atracción única; y en equivalente disposición, su amigo “Karim”, quien a través de una ventana, en la noche, por las calles, prueba y escarmienta; su personaje aporta algo del humor entre las crisis.

El viaje a un pueblo de Normandía aporta imágenes plausibles y ocasiones para la ironía: el lugar escogido por numerosos suicidas por lo cual en la oficina de información turística lo tienen contemplado y la dependiente ve en la cara de “Romain” a uno de ellos; o cuando la profesora le dice que le confundió con un pederasta; más las preguntas de los niños a la anciana, con su inocencia y desconocimiento del mundo.

Rouve retoma de Foenkinos levedades sentimentales propias del novelista: la posibilidad del romance con la muchacha vista en la iglesia, la carta que se llevan el viento la lluvia; la treta de la mamá para despertar al papá, los celos de éste. Se ríe afable de las aptitudes de un pintor, a quien a cambio le retribuye en la secuencia final.

El detalle cinéfilo viene cuando reciben a la abuela en el asilo, la encargada le recomienda una de las actividades, el cineclub, “para ver los clásicos franceses que tanto nos gustan, Gabin, Jouvet”.

De paso, Rouve se asigna un papel, el del dueño del hotel que contrata a Romain, a quien supone escritor, le facilita el espacio para  crear su novela, e igual que los demás entiende a dónde ha de ir.

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