Espejo Retrovisor: Personificando a Stanley Kubrick

Leopoldo Villarello Cervantes.-

En “Colour me Kubrick: A True…ish story” (2005), John Malkovich caracteriza sin ambigüedades ni tapujos a Alan Conway, impostor que durante un período se hizo pasar por Stanley Kubrick. Lo desternillante es que hubo numerosos incautos que realmente pensaron era el célebre director de cine.

Lo que suena a broma increíble fue un hecho verídico ocurrido en Inglaterra un tiempo antes del fallecimiento del prestigiado realizador de “2001: A Space Odyssey” y “Naranja Mecánica”, y fue factible por lo ermitaño y enigmático de Kubrick, por el encierro en que habitaba, y ante todo por ingenuidad e ignorancia de la gente, y porque infinidad en este mundo andan ávidos de conocer alguien renombrado, de hacerse millonarios, de cumplir deseos, y son presa de embaucadores.

Las secuencias iniciales embarcan por escenarios propios del swinging London, donde Malkovich/Conway bulle cual drag queen que pone a creer al espectador es un admirador más que un imitador  del cineasta, y los demás lo saben o al menos le siguen la corriente.

Sus amaneramientos, vestuarios, forma de hablar y presentarse llevan a cavilar en la imposibilidad que lo tomen en serio. Pero sí lo hicieron. Y se concibe en jóvenes incultos que confundían sus películas, su nombre o nunca habían visto fotografías de él, lo pasmoso fue que individuos de más edad, que sí conocían, veían o leían de su obra, cayeran sonrientes bajo su influjo.

El guión de Anthony Frewin, a partir de los reportajes que se generaron al descubrir el fraude y a Alan Conway, así como de un libro sobre él, escolta a éste en sus fechorías, en su sencillo convencimiento a muchachos y viejos, para otorgarles un papel en su próximo film, alardeando de los preparativos de éste y lo velado del proyecto; presentándose ante desconocidos en un bar de ligue, dando por hecho que lo reconocerían de inmediato. Frewin y Brian Cook, el director, transmutan en gracias las frivolidades y patetismos roídos por Conway.

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Unos de sus timos eran nimios y sin perjudicar, eran pueriles picardías, hasta que su atrevimiento le llevo a ostentarse ante un colaborador (al lado de éste, Marisa Berenson) de un periódico neoyorquino que se puso a investigar, revisar noticias, datos, fotografías recientes de Kubrick.

Mientras los desfalcados eran desconocidos y las cantidades sólo pizcas, el bamboleo de Conway es indiferente. Cuando sus jugarretas provocan pérdidas millonarias a un inversor y a un cercano a Conway (Richard E. Grant), su suerte va en descenso.

El descaro y la liviandad de Conway ascienden al comenzar su relación con un crooner, sector al que la película dedica casi un tercio del metraje con detenimiento.

De nuevo, la credulidad es desquiciante, las promesas del estafador son elevadas al cuadrado, sus mentiras y florituras con que enreda caen más allá de la cordura. La ambientación en los conciertos, las borracheras, la picaresca y tonterías plasman el declive, del que Conway sale casi indemne.

El vivaracho estafador se las juega hasta a la justicia y la medicina. La fase de la locura, brincotea entre un Caligari bonachón y un “Atrapado sin salida” despabilado, con remedo de Napoleón; al fin sobre este insigne héroe fue el proyecto alistado largos años por Kubrick.

“Colour me Kubrick” es la ópera prima y único esfuerzo como director de Brian Cook, quien trabajó de primer asistente de director y coproductor en “Ojos bien cerrados”, y de asistente de director en “El resplandor” y Barry Lyndon” –mas una larga trayectoria que se remonta a mediados de los 1960 en títulos importantes de la cinematografía británica-, en los cuales habría estado al lado de Kubrick

Conocería al director en rodajes y preparativos, aprendería y padecería sus singularidades. Se daría cuenta de inmediato de haberse topado con un Alan Conway de la farsa, le sacaría jugo a las inocentadas de éste truhán artificioso, que así como supo fingir ser Napoleón, en sus horas alborotadas su mente le aseguraba  que su nombre era Stanley, y no cualquier Stanley.

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