Espejo Retrovisor: Mazzacurati en “La silla de la felicidad”

0 Flares 0 Flares ×

Leopoldo Villarello Cervantes.-

“La sedia della felicità” (La silla de la felicidad, 2014), pasó a ser el testamento y última película del italiano Carlo Mazzacurati, quien falleció meses después del estreno. Había debutado como realizador para cine en 1988 con “Notte italiana” (Noche italiana), luego de trabajar un tiempo escribiendo y dirigiendo para televisión. Esta cinta obtuvo un premio en el Festival de Venecia, evento donde sería asiduo y en 1994 obtuvo el León de Plata y la Copa Volpi a actor secundario por “El Toro”.

Otras de sus películas representativas son “L’amore ritrovato” (El amor reencontrado), “A cavallo della tigre” (A caballo de un tigre, presentada en México en un fugaz Giro de Cine Italiano) y “La Pasión” (La passione, 2010).

Cercano a Nanni Moretti, quien le daría el espaldarazo y con quien trabajó como guionista y breve actor (en “El Caimán”), Mazzacurati es un cineasta en camino entre lo que hoy día se ubica como cine de autor y menos hacia lo comercial, con un estilo que se podría denominar de corte neorrealista moderno, con cuestiones extraídas de acontecimientos verídicos o enraizados en la sociedad contemporánea.

“La silla de la felicidad” es una adaptación/actualización de la novela y película rusa de 1971, “Las doce sillas” (12 stulev, dirigida por  Leonid Gayday, 1971), misma obra que había sido el segundo lanzamiento como director de Mel Brooks, “El misterio de las doce sillas” (The twelve chairs, 1970), y una década previa había sido llevada a la pantalla grande por el cubano Tomás Gutiérrez Alea, “Las doce sillas” (1962), de un paquete de joyas escondidas en el asiento de una pieza de su comedor.

Espejo retrovisor 2

Mazzacurati toma la anécdota para razonar en conflictos cotidianos, la falta de dinero para cubrir la renta, la crisis financiera de sacerdotes y sus parroquias, en un modoso sarcasmo hacia las videntes; y cómo ladrones y mafiosos han guardado algo de sus caudales, lo confiesan solamente en extremaunción o en debilidades extremas, han desconfiado de familiares, cómplices o amistades.

Los giros que el director italiano propone bullen en que haya sido una anciana la maleante o ex capo mafiosa, en las pistas descubiertas por casualidades, la facilidad con que una herencia se dispersa o los sucesores se desprenden de lo que consideran superfluo y se vende en un tris; e imperiosamente en lo que hallan en su derrotero, lo cual bosqueja un ágil road movie, con más de una moraleja al localizar el destino del tesoro, con hilos religiosos.

Los senderos tienen púas en el aprovechamiento de gente quienes en cuanto procesan el interés de “Bruna” (Isabella Ragonese) y “Dino” (Valerio Mastandrea), por ese mobiliario acrecientan el precio, huelen que hay algo enrevesado en las excusas que pone la pareja para recuperar las sillas, con la posición desmedida hasta de robar limosnas, todo sea en nombre del Señor y santiguándose.

El tercer personaje en discordia, acumula el carrete de la comedia plegada a la farsa, el sacerdote “Padre Weiner” (Giuseppe Battiston, un sosias del “Dom De Luise” de la versión de Mel Brooks), con sus adicciones al póker y las deudas que le han arruinado; enardecido, sin  rienda, cruzando con “Bruna” y “Dino”, aliándose con ellos, arremetiendo contra la vidente (un papel pequeño e inhabitual de Milena Vukotic), extraviado en lo mental y evaporado en su enajenación.

Espejo retrovisor 3

El álbum de raros en la pesquisa es apuntalado por Mazzacurati para su observación de un grupo de la sociedad ítala, del tipo de una funcionaria sadomasoquista, o el sagaz vendedor indio o pakistaní de flores afuera del cementerio, y el azar y rememoraciones entre las tumbas; o los cobradores de préstamos usureros.

En el furor por detectar la silla, en analogía de lo que algunas personas son capaces por dinero, el trío se arriesga a cometer delitos, trasponer casas, destruir mobiliario, detenerse a mitad de carretera para zarandear las sillas.

Mazzacurati aplaca a sus personajes y los limita a la derrota, y en su reposo reprende esos programas televisivos donde se comercia de todo, para dar con la señal luminosa en una pintura.

El epílogo tiene su luminosidad, en la devoción de unos desvalidos, en el pequeño paraíso recóndito, en el valor significativo que le conceden a las joyas, en la catarsis, incluido el borrico, la caminata, el altar. Esa misma luminosidad permea en esta última obra de Carlo Mazzacurati.

Lone

LEOPOLDO VILLARELLO CERVANTES. Estudió en el Centro de Capacitación Cinematográfica la carrera de guión y realización cinematográfica. Ha colaborado en distintos medios impresos y electrónicos como el suplemento cultural Arena, del periódico Excélsior. También ha participado en Radio UNAM con textos y recomendaciones para cine y televisión. Imparte el curso de apreciación cinematográfica en el Museo Universitario del Chopo, y uno con el mismo nombre en la FES Acatlán.