Espejo Retrovisor: Los asfixiantes aprietos económicos de un industrial

marzo 28, 2015

Por: Redacción

Leopoldo Villarello Cervantes.-

El nombre del director italiano Giuliano Montaldo, quien inició su trayectoria cinematográfica en la década del 60, se asocia indefectiblemente a “Sacco y Vanzetti” (1971), el más conocido de sus filmes sobre dos inmigrantes en Estados Unidos acusados y sentenciados a muerte por un delito que no cometieron.

Aunque desde esos días Montaldo ha continuado activo, poco de su cine ha atravesado fronteras y repetido los reconocimientos y éxito.

Su siguiente película fue “Giordano Bruno” (1973). Abrió la década del 80 con una mini serie sobre Marco Polo para la televisión italiana; más adelante adaptó la novela de Giorgio Bassani, “El hombre de las gafas de oro” (1987), y en seguida “Tiempo de matar” (1989), estelarizada por Nicolas Cage, entre lo más conocido de su trabajo.

El más reciente filme de Montaldo es “El industrial” (L’industriale, 2011), con una fotografía en tonos sepia para sentir lo que abruma al protagonista, “Nicola” (Pierfrancesco Favino).

“L’industriale” se adentra en problemáticas de actualidad mundial, específicamente en la crisis económica que tunde a Europa; en las pequeñas empresas que se ven obligadas a cerrar, que caen en bancarrota, y que no pueden seguir sosteniéndose ni pagar salarios a sus trabajadores, ni saldar cuentas con sus proveedores.

“Nicola” está empeñado en sacar a flote la empresa que su padre fundara y la cual dejó a su cargo, pero se enfrenta a los bancos que se niegan a solventarlo. También se niega a caer en las redes de entidades financieras usureras; e ilusoriamente espera que unos inversores alemanes adquieran parte de sus acciones y eso le dé respiro.

Esta crítica situación le ha pegado con fuerza y se suma a conflictos matrimoniales; y las complicaciones de su esposa “Laura” (Carolina Crescentini), quien  por un lado lo aleja del lecho y por otro intenta ayudarlo sin que él lo sepa; aparte de andar en pugna con su madre, rica empresaria vitivinícola que trata de inducirla a un negocio de bienes raíces y a ganar más dinero.

A estas disyuntivas se agrega un enamorado de ella, “Gabriel” (Eduard Gabia), un rumano que trabaja en un garaje, y lo que vendrá cuando “Nicola” accidentalmente hile las cosas, encuentre un objeto de alambre —que será clave para el desenlace— hecho y regalado por “Gabriel”, dando por hecho que además ella le es infiel.

Montaldo muestra cómo le afecta esta situación a “Nicola”, su desvío de lo sustancial de su negocio, las protestas de los trabajadores, el temor a quedar desempleados, la amenaza de no contar con dinero para la quincena.

En paralelo, vemos cómo ella se mantiene al tanto de lo que pesa sobre su esposo, los intentos de acercarse a él; las sospechas acrecentadas de su infidelidad.

Los aprietos de “Nicola” tienen un remanso en las noches en que va a nadar y se encuentra a un amigo, con quien cruzan frases enigmáticas, se platican cosas sin expresarlas abiertamente; le confía su situación, le pedirá un préstamo que creemos será para el pago de los salarios.

“El Industrial” parece ir por camino providencial, con una simpática mentira para hacer creer a los alemanes que unos japoneses les pueden ganar la adquisición de la compañía, y que él cree ha funcionado

Montaldo añade misterio cuando “Nicola” va con “Gabriel” y después éste desaparece. La elipsis funciona, arrecia la suposición de por qué se fue, y la reconquista de su esposa.

Pero el director tiene un as bajo la manga, un amargo clímax para oscurecer el festejo y desquite irreal de “Nicola” contra banqueros, la suegra y los que se negaron a apuntalarlo.

Se enterará quién estaba detrás de los alemanes, y en una más dura realidad, una noticia del periódico traerá a cuenta al rumano y ensombrece la noche. Montaldo hace un flashback, donde se quedó la conversación con “Gabriel” y sabremos qué sucedió posteriormente.

Lo que iba a ser celebración el director lo transforma en pesadilla, en catástrofe. La esposa lo deja a que su conciencia lo abata. Los coros dentro de la casa canturrean su nombre y son cruel sentencia.

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