Espejo Retrovisor: La pasión culpable de una actriz francesa

septiembre 19, 2015

Por: Redacción

Leopoldo Villarello Cervantes.-

“Arletty, una pasión culpable” (Arletty, une passion coupable, 2014) cuenta con veracidad y las necesarias licencias dramáticas añadidas a la realidad, la época en que la bella actriz Arletty (1898-1992) se enamoró y mantuvo una relación con un militar alemán durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Francia estaba ocupada por los nazis.

Laetitia Casta hace el esfuerzo de caracterizarla en su esplendor, con el vestuario distinguido y a veces extravagante que utilizaba, su elegancia. El guión parte del día, la fiesta, en que conoció al germano con quien se ligaría y que le haría ser considerada traidora a su patria y castigada, encarcelada, al concluir el conflicto bélico, desprestigiada y afectada en su vida y carrera.

El director Arnaud Sélignac combina esa fase de la existencia de Arletty con la filmación de “Les enfants du paradise”, la película por la cual más se le recuerda, trazando paralelismos entre ambas situaciones, entrando al set y reproduciendo la celebrada escena en que ella se baña en una tina, se mira en un espejo, y la cámara se mueve alrededor.

La trama conjunta expone la bisexualidad de Arletty, el romance que sostenía con la Duquesa de Harcourt (Marie-José Croze), quien pertenecía a la Resistencia, las exigencias y sentimientos de ésta, las complicaciones del enamoramiento con el enemigo, a la vez que los miembros de la Resistencia pensaban sería útil tener ese contacto.

Se plantea que Arletty no creía que hacía mal, separaba el amor a su país y el que sentía por un hombre, paseaba sin esa problemática, y ciertamente utilizaba la cercanía con los invasores, por ejemplo, para pedir que liberaran a un amigo judío, o para que no se metieran con Antoinette, la Duquesa, lo cual ésta aprovechará.

Por “… una pasión culpable” atraviesan la pantalla Jacques Prévert, amigo de la actriz, poeta y guionista de “Les enfants…”, quien es su consejero; Marcel Carné, el director; el actor Jean-Louis Barrault, a quien Arletty intimidaba y le sugería cómo actuar, cómo besar. Y del lado de los colaboracionistas, Sacha Guitry.

La ambientación es adecuada, la reproducción de la época, del espionaje germano. Se turna algo de thriller, de trabajos de la Resistencia, de torturas de los militares nazis a quienes apresaban; retornando al punto medular, el creciente amor de Arletty y su Hans, los líos en que esto la ponía, con sus amigos, con Antoinette, con el rodaje en que estaba.

Se ilustra lo que vino al final de la guerra, con un par de conclusiones: lo que le pasó a ella, lo que arrastró, y una visita inesperada casi veinte años después, donde se aporta que ese romance prohibido fue el mayor de su vida, y lo que significó ella para Hans.

Se sugiere la soledad en que transcurrieron los últimos años de su existencia, semiolvidada, lejanos sus días de gloria, que tal vez sus compatriotas no le perdonaron ese desvío.

El filme es en alguna medida un recordatorio de su belleza, de su relevancia para la cinematografía de su nación y mundial, de su yerro y su personalidad, de su destino y las deudas morales que no le saldaron.

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