Espejo Retrovisor: La escena musical de “El sonido de Bélgica”

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Leopoldo Villarello Cervantes.-

“El sonido de Bélgica”  (The Sound of Belgium, 2012, Jozef Devillé), es un documental en el que se suman fases históricas de ese país europeo, hasta centrarse en la importancia y descubrimientos por parte de DJ’s y conocedores de música locales en un ritmo, género o estilo musical: el new house, que saltó fronteras e hizo que medio mundo volteara los ojos a ellos y su región, hacia la década de 80 del siglo pasado.

Cual breviario cultural y prólogo de dónde brotó esa combinación de música electrónica  y resonancias, se instruye al espectador que el reino de Bélgica fue creado en 1830, y que en sus tierras se encuentra Waterloo, donde Napoleón cayó derrotado y fue al declive.

La invención de la baquelita y del disco de vinil se aúnan a la información para embonar al tema del documental; además en Bélgica se construyeron miles de kilómetros de carreteras, lo cual trajo un auge de bares y sitios edificados en ellas, donde la gente escuchaba música e iba a bailar.

Las escenas de archivo y la narración permiten observar gustos y cómo eran esos espacios en que la gente pasaba el tiempo, se relajaba y disfrutaba. Las hojas de cartón, semejantes a las de pianolas que se cargaban en las sinfonolas para una canción, dan cuenta de esos ayeres, medio siglo atrás.

En compases acordes a las tonadas y zumbidos de la banda sonora, el realizador Jozef Devillé adelanta y retorna en el tiempo para observar la influencia de la música estadounidense, el blues en particular, en Europa y en los belgas, con los discos de 45 r.p.m., y más adelante los L.P., con lo cual poco a poco se cimentarían lo que iban a ser sus especialidades.

También se hacen presentes las tiendas de discos que surgieron, las cantidades inmensas de éstos que traían los barcos en contenedores, a precios regalados, unos que con el tiempo serían clásicos y hoy se ofertan por altos montos.

Con entrevistas a coleccionistas de discos, expertos y antecesores de los DJ’s, según se conocen en la actualidad, se interna en cómo fueron hallando su nicho y apuntalándose; para dar paso a arreglistas o especialistas, ingenieros de sonido, quienes ubicaron la forma de unir esa música que les llegaba, dotándola de una visión y cadencias que les funcionaban, que lograban llenar los recintos y vender discos con esas mezclas y arreglos retumbantes, divergentes de la música disco, pero con similar sentido, de poner a bailar y saltar a los asistentes.

La celebridad de estos DJ’s y salas de baile creció al grado de atraer gente de regiones vecinas, turistas que iban a conocer esos lugares; devotos que peleaban por adquirir de inmediato los discos que armaban los ingenieros y entregaban a los DJ’s para probarlos; en una noche podían saber lo exitoso o meterse al estudio hasta atinarle y ajustar mezclas.

“El sonido de Bélgica” hace conocer lo que fue la escena musical de esa nación, los experimentos en que se enzarzaban, la fama a la que subieron; una invención valorizada más por zonas europeas o adyacentes a Bélgica, donde se conoce de las persistencias y empeños de estos esforzados investigadores, que sí vieron el éxito y les duró un rato largo; hasta que como tantas modas y efluvios, se les pasa sus épocas, se evaporan, pero las constancias sonoras, los discos, quienes lo atestiguaron, gozaron o se empaparon de ello, comparten alborozadas memorias.