Espejo Retrovisor: La crisis existencial de un detective en “Police”

enero 30, 2015

Por: Redacción

Leopoldo Villarello Cervantes.-

En “Police” (1985), dirigida por Maurice Pialat (1925-2003), tenemos una de las tempranas actuaciones de Sophie Marceau en la pantalla grande, en un papel de mayor grosor.

El protagonista es Gérard Depardieu, caracterizando a un policía/detective de la división de narcóticos, esforzado en desarticular una operación de trasiego de drogas, comandada por tres hermanos tunecinos, uno de ellos novio de Noria (nombre bajo el que se encubre el personaje de Marceau).

Maurice Pialat, en su séptimo largometraje después de una larga trayectoria en cortos y televisión, afina su narrativa seca, cruda, desde la apertura, en el acercamiento al letrero pegado en la puerta donde se lee “Police”, que sirve a su vez de título, para internarse en esos pasillos y espacios donde los detectives emplean métodos válidos, correctos o no, para extraer información  a los acusados que tienen a su cargo.

Pronto conocemos a “Mangin” (Depardieu), en su ambiente, rudo y eficaz, jalando las respuestas, empujando a que le digan lo que él ya sabe.

“Police” concita los conflictos internos y externos asociados a “Mangin”, su tesón para resolver el caso que tiene entre manos. A su lado anda una detective recién arribada a su delegación, a quien ilustra acerca de trámites, arrestos de sospechosos, la redada, la inculpación.

En el otro extremo está “Lambert”, el abogado (Richard Anconina) de los maleantes, presto a liberar y cuidar a sus defendidos.

En “Police” se plantea como algo natural, la relación entre el detective y el abogado fuera del recinto legal, sin implicaciones de corrupción o entendimiento bajo el agua, cada uno apegado a su papel y su función, a sus ambiciones, al lado de la ley del cual juegan.

La relación de “Mangin” y “Noria” crece al amparo de “Lambert”, sin que “Mangin” entre en principio en conflictos morales o éticos;  lo supera su necesidad de afecto ya vislumbrada en su aproximación a su compañera/pupila. A espaldas de él, “Noria” se aprovecha que el novio está en prisión y el hermano de éste hospitalizado, para apropiarse dinero y droga que reservaban

Pialat despeja a través del personaje de “Mangin” el hilo de la pasión que no le ciega para salvar a la mujer, pero sí para arreglar la situación. A ello lo empuja también “Lamber”, atemorizado  por los tunecinos, quienes le amenazan y acusan de complicidad.

El director francés enfatiza la posición de cada uno, compone su relato en clave film noir moderno años ochenta, con cuotas Melvillianas (de Jean-Pierre); le abruma en el color y en los ambientes, en la estación policial y en el bar al que acuden; la feeme fatale con pinta de lolita oriental (en fisonomía Gene Tierney), muy atrevida, aventada, plena de deseo y sinceridad, aún consciente de los cerrados pensamientos de los árabes respecto a la fidelidad femenina.

Pialat entronca hacia unas componendas para cada involucrado, a una declaración de no agresión, de mutuo respeto, en el control. Posiciona la situación de los inmigrantes de ascendencia árabe de las ex colonias francesas en el narcotráfico, con Marsella en el centro. Sella la crisis existencial del detective, sus disyuntivas, donde antepone su deber. Concibe un thriller hermético en los cuatro polos: el de “Noria”, “Mangin”, “Lambert”, los tunecinos; sin oleadas de balazos ni persecuciones.

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