Espejo retrovisor: Juan José Campanella y su cuento de comadrejas

agosto 4, 2019

Escrito por: Leopoldo Villarello Cervantes

Adaptación de Los muchachos de antes no usaban arsénico (1975, escrita por Augusto Giustozzi, dirigida por José A. Martínez Suárez), El cuento de las comadrejas (2018, guión y dirección por Juan José Campanella) moderniza el argumento, modifica las profesiones para conformarlos a todos en gente de cine: en el original dos personajes habían sido actores, ‘Mara Ordaz’, la anciana exestrella (caracterizada por Mecha Ortiz), y el esposo (Arturo García Buhr); aquí el otro par también estuvieron ligados a las películas, fueron director y guionista.

El argentino Campanella (El hijo de la novia, El secreto de sus ojos), se vale de eso para incidir en pullas y notaciones al quehacer cinematográfico, al trabajo del realizador, el papel del escritor; referirse a quienes debieron abandonar la profesión cuando los militares dieron el golpe de estado, aludir a viejos actores, a quienes nunca pasaron de extras y comparsas o a los galanes sin dotes interpretativas.

En ese contexto, ajusta las motivaciones de ‘Mara’ (aquí Graciela Borges, reconocida mayormente entre las décadas del 60 y 70), la antaño famosa actriz, para desear vender, al aparecer un joven falso admirador quien la obnubila; juega con su egocentrismo. También le variará su implicación en la secuencia final, de víctima a partícipe gozoso.

Campanella establece la irrupción de un dúo ambicioso, ‘Bárbara’ y ‘Francisco’ (Clara Lago y Nicolás Francella) al paraíso donde habita el cuarteto de longevos, rompen su pacífica inercia, sus hábitos, amenaza derruir su enclave. Lo convertirá en un duelo entre dos temperamentos disímiles, dos maneras de mirar y sentir, el presente, el futuro. Incorpora un asunto en boga, el de inmobiliarias ávidas por usufructuar terrenos para construir numerosas viviendas, timar a los dueños con fatuas ilusiones.

La amistad y el compañerismo del clan de mayores es lo sustantivo y primordial. Paulatinamente salen los esqueletos guardados, los móviles de ‘Mara’ para continuar al lado de su paralítico marido, la evaporación de las esposas, los nexos privados y los artísticos de tiempos lejanos.

El director Campanella consuma las conjeturas, románticas y criminales mediante flashbacks iluminadores de la adhesión del clan por la actriz, hasta dónde fueron capaces de atreverse por ella, por protegerla, en ensanchamiento del amor del mayordomo ‘Eric Von Stroheim’ por su señora ‘Gloria Swanson’ en Sunset Boulevard (El ocaso de una estrella, 1950), con la cual obligadamente subyacen correspondencias: la actriz encerrada viendo sus antiguas películas, el vestuario, el cigarrillo; la estatuilla de premio, los recortes periodísticos.

Con talles de cine negro y plena de humor oscuro, maquinaciones de ambas partes, amenazas en zig zag y rectas, un tablero de ajedrez de campo de lid, el cine como representación dará la culminación: cada uno escenificando en alto nivel, pariendo su película nunca filmada, la anciana demostrando saber morir, el actor secundario ejecutando un papel digno, el director y el guionista observando el devenir de su fruto.

Salvo las escenas donde ‘Mara’ sale a pasear, a cenar, la visita de ‘Norberto’ a las oficinas inmobiliarias (donde se presenta como ‘Mario Sofficci’, nombre de un popular actor argentino, quien aparece en Los muchachos de antes…), y la secuencia de ‘Bárbara’ y ‘Francisco’ en este espacio, el resto del filme se desenvuelve en la mansión vetusta y sus inmediaciones, con las estatuas, las de antes y las nuevas al lado, velando por sus autores.

La actuación del grupo de ancianos es pródiga, la malevolencia de ‘Norberto’ (Óscar Martínez), amenazador con su escopeta, las metáforas de las comadrejas; el ángel de Marcos Mundstock (miembro de Les Luthiers) como ‘Martín’; el aguante de Luis Brandoni (‘Pedro’) en la silla de ruedas y su fase de escultor-pintor; los desplantes de Graciela Borges.

Relacionados