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Espejo Retrovisor: Jóvenes encerradas conservan su pureza en “La manzana”

mayo 23, 2016

Por: Redacción

Leopoldo Villarello Cervantes.-

Dentro del ciclo denominado La tácita realidad, en Ambulante Gira de Documentales 2016, se proyectó el filme iraní “La manzana” (Sib), producido en 1998, premiado y ampliamente reconocido desde entonces, tanto porque la directora Samira Makhmalbaf (hija de Mohsen Makhmalbaf, director de “Kandahar”) la hizo a los 17 años, como por la temática que aún a casi dos décadas sigue vigente: los padres que encierran a sus hijas con la justificación de cuidarlas, de preservar su pureza, salvarlas de pecados, de que las vean hombres o niños, o se “contaminen”.

“La manzana” reúne características de lo que en Europa rebautizaron como “cinema povero” para referirse a las películas iraníes; cine realizado con escasos recursos, sin actores profesionales, con la misma gente del pueblo o los lugares donde acontecen estos hechos verídicos, dramas cotidianos y complejos en su simplicidad.

En su totalidad sucede en una extensión corta, alrededor del vecindario donde habitan y fuera de la casa. El punto de partida es la visita de una trabajadora social a la casa, propiciada por denuncias y comentarios de los vecinos acerca de lo que pasa, del enclaustramiento a que tienen sometido a las dos niñas, Zahra y Massoumef, de que no les permiten ni asomarse al patio, y atrancan la puerta con cadenas y candados.

Esta observación crítica a un sector de la sociedad iraní, conlleva el adentrarse en las actividades del papá, fundamentalista, quien hace favores a la gente para ganarse dinero; en la cerrazón de la mamá con la excusa de su ceguera y que necesita tenerlas a su lado, en que se les acercarían los niños vecinos que juegan afuera quienes con frecuencia avientan la pelota a su patio y se saltan la barda.

La película se cierne en la obstinación de los papás y las razones de la trabajadora social por salvaguardar a las pequeñas; en cuestiones anquilosadas en algunos países contra la modernidad, las tradiciones vetustas que algunos practican y la transición en el siglo XX donde las mujeres tienen derecho a estudiar, a andar por cualquier lugar, así sea con velo o rostro y cabeza cubiertos.

En más de un aspecto es la lucha entre pasado y presente, u oscuridad e ignorancia versus claridad y discernimiento, visibles en lo sombrío del interior del hogar y la alegría y serenidad con que las niñas caminan por las aceras, su inocencia cuando les ofrecen un helado sin saber que tiene un precio, no saben nada del exterior, todo lo miran con azoro e ingenuidad, no entienden de peligros o miedos ni hacia los infantes que se encuentran.

El comportamiento de la trabajadora social es bien intencionado, ecuánime y a la vez que fustigador frente a ambos padres, a la necedad de estos. Las puniciones que les impone resultan gratificantes para el espectador; el punto de vista de la directora toca a las vecinas, sólo vemos mujeres, unas medio escondidas, otra que da la cara y proporciona unas monedas para las niñas, y las que apoyan a la trabajadora.

Hay una dimensión poética en la metáfora de “La manzana”, del título y colofón a la liberación de las niñas, a lo que tienen a su alcance. Con este repaso a unas cuantas horas, trascendentes para ese par de niñas que nunca habían salido al exterior, la joven Samira Makhmalbaf (con una pequeña ayuda de su padre, según se cuenta) es didáctica y reconviene cuestiones que no debieran suceder en estos días, retrata una situación que uno creería inexistente, de crueldad hacia las hijas.

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