Espejo Retrovisor: Un Jodorowsky biográfico en Poesía sin fin

0 Flares 0 Flares ×

Poesía sin fin (2016) es la segunda parte de la trilogía pensada por Alejandro Jodorowsky (1929), su biografía cinematográfica iniciada con La danza de la realidad (2013), que planea completar con su viaje a París y su posterior llegada a México, donde terminaría de convertirse en cineasta y artista multifacético, y dejaría vastos legados e influencia aún persistentes.

Tan continuación exacta es que las imágenes iniciales se conectan y podrían pertenecer a la anterior, suceden en las mismas calles de Tocopilla, Chile, así estén repintadas, semi disfrazadas, acondicionadas, para replicar las memorias guardadas por Jodorowsky con detalles insólitos y paradigmáticos, más la recurrente madre operística, con sus frases cantadas a contrapunto del papá y las costuras.

Asistimos al crecimiento y mutación del Jodorowsky adolescente (caracterizado con alta similitud por su hijo Adán), las escenas que se le fueron impregnando, la atmósfera fascista, nazista, plenamente identificadas, el férreo control del padre (interpretado por su hijo Brontis), la galería de personas salidos de una quimera, de un sombrero mágico, de un Freaks (1932), de un cortometraje vanguardista de los 1920, con necesarios lazos con el surrealismo al que se adheriría, vestigios de la realidad en que cohabitaba.

El octavo largometraje escrito y dirigido por Jodorowsky, abraza su misticismo, su declaratoria personal y clarividente de su cinematografía; abona por sus fantasmas fugitivos en su vuelta a su pueblo y país natal, refracta lo que era/fue en esos años 1940 y hasta 1955 en que se despide porque le quedaba pequeño para sus aspiraciones, de estudiar con Marcel Marceau, de compenetrarse en persona con André Bretón.

Jodorowsky suma alargadas estampas, restauración de los espacios que fueron cultivando su mentalidad, alargaron su visión del mundo, de la cultura, sus intuiciones y percepciones; el cruce con figuras de relevancia para su detonación estética, en particular su relación afectiva, erótica, íntima, con su musa (preludio de féminas de su cine), la poetisa Estela Díaz, con su llameante cabello anaranjado, precursora feminista independiente salvaje, oportunamente caracterizada por Pamela Flores, quien también hace el papel de la madre, con las incuestionables alegorías y sinuosidades individuales en ello.

La rebeldía hacia el papá, con su carga de judío, quien boicoteaba sus impulsos de poeta y le exigía estudiara una carrera universitaria.

El título asume el primer amor del chileno por la poesía, sus noveles versos, antes de ampliar sus expectativas en el arte y a la cual ha retornado con brío, y desde entonces su aprecio mayor hacia Nicanor Parra por encima de Pablo Neruda, sin evadir el encuentro previo a su partida con Parra y el desconcierto ante las recomendaciones de éste y a lo que se dedicaba.

Jodorowsky conjura mediante imágenes la intrusión de un dictador, tan cercano a Pinochet hasta en los lentes y bigote; la escena cultural algo segregada en el país andino, los espacios ocultos para la cultura, con posmodernos interiores y ancianos concomitantes; el desfile de la muerte a caballo.

La crónica jodorowskiana es tan multifacética e imaginativa como lo sería él, mirando hacia atrás con aprecio a sus amigos, su encuentro y camaradería con Enrique Lihn (1929-1988), su contemporáneo, las lecturas de sus escritos. El destino que le pone en su camino con un mecenas que le hereda un lugar para residir, pensar, organizar festines (adelantados happenings), consumar su liberación familiar; su alejamiento de la ratonera paterna, así la mamá sea perdurable con su musicalidad, sus cariños, su vertebrada postura.

Vestuarios y comportamiento del futuro cineasta antecedían a los beats, le posicionaban en la estela del existencialismo. Alejandro mayor aconseja desde la película y el guion al Alejandro joven, se enderezan unidos, aprenden y se conjugan en lo vivido, en las instancias que forjaron su ulterior filosofía, su pensamiento.

El mismo Alejandro que congrega una trinidad con multiplicadas configuraciones al unirse en una imagen con sus hijos y su propio padre: un nieto (Brontis) personificando al abuelo (Jaime), y otro nieto (Adán), caracterizado del hijo (Alejandro), junto a él, a Jodorowsky, en retribución paterno filial, entendimiento justificado, penitencia saldada.

Su absorbente, relajada, concertada ceremonia es concretada en simbolismos, en impares secuencias, como ésa del epílogo con todo e imagen en reversa para ver el barco que se aleja, o las que le unifican con La danza de la realidad, como el padre agarrando a unos ladrones y la muchedumbre fuera de su tienda; más las del local/cantina, entre decenas de insólitas cuanto vastas ideas visualizadas con prodigio alquímico y emotividad.

Más que posiblemente es, entre la filmografía de Jodorowsky, la que pueda conectar más con los espectadores, aún quienes son poco asiduos a su universo, sin perder a sus adeptos, teatrales, literarios, cinematográficos, y necesariamente a su poesía y ensalmos. Lo testimonia vital, vibrante, ingenioso a sus casi noventa años,

Poesía sin fin es una de las películas de muy alto nivel escogidas para la 63 Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional, que en breve comenzará su recorrido por varias ciudades al interior de la República Mexicana.

Por: Leopoldo Villarelo Cervantes

Estudió en el Centro de Capacitación Cinematográfica la carrera de guión y realización cinematográfica. Ha colaborado en distintos medios impresos y electrónicos como el suplemento cultural Arena, del periódico Excélsior. También ha participado en Radio UNAM con textos y recomendaciones para cine y televisión. Imparte el curso de apreciación cinematográfica en el Museo Universitario del Chopo, y uno con el mismo nombre en la FES Acatlán.

Post relacionados