Espejo Retrovisor: El encantador humor de Fiona y Dominique

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Perdidos en París (Paris pieds nus, 2016) es el cuarto largometraje de la pareja Fiona Gordon y Dominique Abel, y como los anteriores (a partir del 2005, La fee, Rumba, L’Iceberg) es actuado, producido y dirigido por ellos, y escrito junto con su colaborador Bruno Romy. Asociación multinacional intuitiva, Fiona nació en Australia y es canadiense, Abel es belga y Bruno, francés.

Comparte con su obra, incluidos cortometrajes, un humor del pasado mas no expirado, entre el de la época muda (Keaton y Chaplin), Jacques Tati y su discípulo Pierre Etaix, con adhesiones al teatro del absurdo de Beckett e Ionesco, surreal y encantador, minimalista y prestidigitado.

Apoyados en sus figuras, delgadas, altas, desgarbadas, en la fricción física de sus siluetas, la simetría de sus movimientos, los gestos faciales; pavimentan una ristra de inusuales incidencias a partir de un inaugural viaje a París de Fiona para encontrar a su tía “Martha” (una memorable Emmanuelle Riva en su última actuación en cine), una excéntrica anciana decidida a escapar de que la refundan en un asilo.

Cada secuencia va de lo hilarante a lo desternillado, sin necesidad de exabruptos, con escuetos decorados y simples efectos para con una imagen ubicarnos en un helado pueblo del extenso Canadá o ascender a lo alto de la Torre Eiffel; para acompañar una conversación subiendo en una escalera mecánica o pelotear en los diálogos bilingües; para unir cada segmento con lo que faltaba o adjuntar el flashback puntual que no colme.

Más compenetrada que sus tres ejercicios previos (sin que esto desmerezca los logros en ellos), sin faltar su número bailable (usual en sus filmes) en un restaurante Maxim’s, ella una combinación arrastrada de “Oliva”, la de “Popeye” y Charlotte Greenwood, guiada por un largirucho retoño de Stan Laurel, en un tango apremiante, con el coro de comensales sacudidos por la bocina.

Triángulo equilátero argumental, donde las apostillas visuales se cuadran para elucidar el pasado de bailarina de “Martha”, expuesto en el prólogo, y sus camaradas, que dan pie a una secuencia maravillosa, un pequeño musical donde sólo vemos los pies danzantes de la anciana y su viejo amor (Pierre Richards, en una breve conmovedora inserción), sentados en una banca del cementerio.

Comedia en desventuras de dos, o tres, personas despistadas y desprotegidas en París, a la vera del río Sena y del “Nueva York” de París, la Estatua de la Libertad, y sus simbolismos; tramas paralelas a punto de confluir, aguzadas por la colocación de la cámara y los objetos que les cubren y destapan, en gags de estirpe. Recolección de bromas pulcras (y alguna, o dos, un pico soez, con empaque) sobre mendigos callejeros en holganza y sus perros; una extranjera (del Canadá de habla inglesa) en la capital francesa, que extravía su mochila, documentos y dinero en un accidente improbable al día (por tomarse una foto); una mujer mayor en carrera por su libertad y goce.

La música y las canciones suman aditivos a los gags visuales, el tempo andante, las coreografías: sea las Gymnopédies de Satie, el tema de El último tango en París, la canción de las montañas canadienses.

El guión está regulado para las acciones y cuerpos de Fiona (Gordon) y Dominique (Abel), para sus compases, su desenvoltura, su interacción, en dúo o acompañados, como en la secuencia en el crematorio; o la división de pantalla para enchufar el sueño amatorio de los dos; y la relación sexual un tanto sublimada con “Martha”, a través de las tracciones de la tienda de campaña.

El ingenio de la pareja, o del trío al incorporar a Bruno Romy, se refresca y explaya con los personajes secundarios, en sus diálogos y reacciones: el vecino, la gente en el velorio, el policía de la Montada, el cónsul en la embajada, el portero del restaurante, el transeúnte que toma la foto.

Perdidos en París estampa la inventiva de Gordon y Abel, lo sutil y potencial de su humor, de su mímica, los alcances de sus tramas románticas por encima del absurdo cotidiano; las premisas de los encuentros, del cortejo de Dom, las torpezas de Fiona (la caída al agua y su fotografía); la sátira a los discursos laudatorios en los entierros, los placeres de un vagabundo, la filosofía de un par de calcetines en la lavadora.

La aúpan con los epílogos, la despedida a “Martha”, con su respectiva broma ecologista de sesenta segundos, y la repetición de la escena inicial, el viento, el frío, la nieve, entrando a la pequeña biblioteca en las lejanas montañas canadienses, donde casi todo, incluida una carta, permanece.

Por: Leopoldo Villarello Cervantes

Estudió en el Centro de Capacitación Cinematográfica la carrera de guión y realización cinematográfica. Ha colaborado en distintos medios impresos y electrónicos como el suplemento cultural Arena, del periódico Excélsior. También ha participado en Radio UNAM con textos y recomendaciones para cine y televisión. Imparte el curso de apreciación cinematográfica en el Museo Universitario del Chopo, y uno con el mismo nombre en la FES Acatlán.

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