Espejo Retrovisor: “El Perro Molina”, western urbano y thriller de venganza

Leopoldo Villarello Cervantes.-

En el Festival Distrital 2016 programaron un excelente ciclo con películas del cineasta argentino José Celestino Campusano: desde su primer largometraje, “Legión tribus urbanas motorizadas” (2006), a la reciente “Placer y martirio” (2015).

Ya conocíamos algunas de sus previas obras, como “Fango” (2012) y la extensa, con más de tres horas de duración, “Fantasmas de la ruta” (2013), por lo cual fue sorpresivo ver otras tinturas, temáticas y estilos en lo actual o en su segundo trabajo, “Vil Romance” (2008).

Si en ésta, acerca de un joven homosexual que cree descubrir el amor de su vida en un hombre mayor, se entiende la dificultad para exhibirse comercialmente, la última, “Placer y martirio”, contiene elementos de melodrama, cuestiones sexuales, una protagonista femenina atractiva, y un entorno sugerente, que hacen  viable su proyección fuera de circuitos de arte y de festivales especiales.

Por su lado, “El Perro Molina” (2014), suena de sólido ejemplo de cine negro actualizado, de thriller de venganza, de camaradería, recuperación de amistades, lealtad sin reparo y hasta el final, principios morales íntegros y a prueba, que igual se perciben por ejemplo en “Vikingo” (2009).

“El Perro Molina” bien cabe de western urbano, con antihéroe esencial, en las raigambres de Clint Eastwood, o antes en el film noir clásico. Aunque el “Perro” (en una proba caracterización de Daniel Quaranta)  sea solitario, acepta cargar con un novato y queda claro que ha hecho amistades ‒y enemistades‒ en su pasado y las conserva, y se le tiene en estimable concepto.

Al asunto que trae al “Perro” a ese villorrio, se entrevera bien medido la decisión de Natalia (Florencia Bobadilla), la guapa esposa de “Ibáñez”, el corrupto y rudo comisario del pueblo,  de abandonarlo, salirse de su casa, y la decisión de ésta de prostituirse, como venganza y liberación  por los engaños, por tenerla arrumbada, hacerla menos, a pesar de los propósitos positivos de ella.

El llamado de una anciana para vengar la muerte de su hijo y acabar con una familia de rufianes ha traído al Perro a ese villorrio, y si en principio lo que desea es cumplir, aprovechar con otro excompañero para un “trabajo”, retirarse y alejarse, la situación lo propulsa al reencuentro con el “Calavera”, a no estar en condiciones de cumplir el encargo de “Ibáñez”, y tratar de convencer a éste de la inutilidad de su petición.

Un personaje sui géneris, un adolescente matón, un sicario esquizofrénico que goza matando a quien le dicen, y emisario de “Ibáñez”, es la arista con la cual se retuerce la tragedia, el desquite, la salida ordenada tras las refriegas y enlaces.

Lo que redirige y agranda el drama, es el enamoramiento del “Calavera” por “Natalia”, lo que le perturba casi desde que la recibe en su tugurio. La mutación de él es visible a cada paso, su sufrimiento cada que ella recibe a un cliente, incluyendo al Perro y en extremo al matón. Los consejos del “Perro” a su amigo son insuficientes, las tribulaciones del “Calavera” lo llevan a desatinos para alguien de su estirpe, ante los ojos sulfurados de su hermana.

Campusano ensambla con estrictez las acciones del “Perro”, la asechanza del comisario y su trato con el loco sicario, la posición de “Natalia” como estrella en el burdel, el desánimo y luego alza de “Calavera”. Da un violento escrutinio de ese submundo, de un pueblo como espejo de la sociedad. Y por encima, del aprecio inmenso del “Perro” por su amigo en un golpe intempestivo de remache, en un cierre digno a lo que le trajo ahí, a las tres o cuatro corrientes que irrigan la fatalidad.

La presentación del ciclo de José Celestino Campusano fue un logro de altura en la programación del Distrital 2016.

(El mayor logro, por supuesto, es haber conseguido la retrospectiva con diez filmes del maestro italiano Roberto Rossellini).

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Ray Zubiri