Espejo Retrovisor: El adolescente fuera de control en “Con la frente en alto”

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Leopoldo Villarello Cervantes.-

En mayo del 2015, “Con la frente en alto” (La tête haute) fue noticia porque hacia tiempo que una producción francesa no era elegida para la inauguración del Festival de Cannes, y además dirigida por una mujer, Emmanuelle Berçot.

Más primeras planas consiguió este año al agenciarse los principales galardones en los premios César (Mejor Película, Mejor Actriz, Actor Secundario, Joven Promesa y Guión, además de otras nominaciones).

Catherine Deneuve (sobria y consistente a sus más de 70 años) carga uno de los papeles, el de una juez, “Florence Blaque”, en el área de cuidado a los niños, a quien uno de sus casos la entrelazará por poco más de una década con “Malony”, un niño de comportamiento problemático, desde que él recién cumple seis años y entra a su dependencia con su mamá, soltera, joven, y con otro bebé, quien a duras penas puede hacerse cargo de ambos.

La parte medular del filme son cerca de dos años, la entrada a la adolescencia de “Malony” (Rod Paradot, en uno de esos roles que marcan carreras), crecido de manera silvestre, fuera del control de su madre (Sara Forestier) que infructuosamente busca enderezar su propia existencia, conseguir pareja y trabajo.

El argumento va en el entrar y salir de “Malony” de la oficina de la juez, en sus delitos, los robo de autos; en el descontrol en que se extravía y de donde parece no saldrá; su renuencia a hacer lo que se le indica, sus arrebatos de ira, su rencor contra los adultos y las reglas que le imponen; la animadversión contra su tutor/cuidador anterior y la relación que se impondrá con el nuevo que le ponen, “Yann” (Benoît Maginel), cuyo pasado y contacto con el joven pone a pensar si él también fue salvado por la juez, si ve en Malony un consanguíneo  y un reto personal.

Al referirse a “Malony”, “Con la frente en alto” habla de numerosos infantes que desencarrilan desde pequeños, con odio hacia el padre ausente y por extensión a la sociedad, con un posible porvenir nocivo, y los intentos para evitar caiga en peores derroteros.

Con carices de temática social, de ejemplo de lo que a veces hacen funcionarios y el estado por los jóvenes, evitando encerrarlos en la cárcel, abandonarlos, “Malony” es enviado a un establecimiento para muchachos como él, donde les imparten instrucción elemental, les enseñan desde escribir y leer, les ocupan, intentan encausarlos.

A cada rato, los arrebatos de “Malony” le afectan, sus crisis le sacan de sí y contra compañeros y profesores, y en ocasiones sin medir la gravedad de su conducta y de lo que provoca (cuando ataca a una tutora embarazada). El encuentro con “Tess” (Diane Rouxel) la hija de una de sus maestras, modificará su situación y sellará su ruta, aunque antes recaerá, provoca un accidente que pudo ser de graves consecuencias, y empujará a que le impongan castigo severo y cárcel.

La trama enfoca conflictos reales, cotidianos, que pegan a gente de diversos estratos y razas, como se percibe en el establecimiento donde va “Malony”, donde hay muchachos de ascendencia árabe, raza negra, que igual se sienten marginados y que muestran su desacuerdo con el trato a “Malony”, los castigos que no le imponen a éste, si bien todos son medidos y cuidados parejo.

“Con la frente en alto” es positiva en varias instancias, en mostrar que los esfuerzos de la juez, el tutor, los empleados de los establecimientos correccionales, pagan fruto. Que, golpe tras golpe, “Malony” cruza la barrera adolescente, se fortifica, agarra cordura obligatoriamente, se emplaza en no repetir los yerros maternos, en no ser como su padre, y ya antes su cariño por su hermano y a lo que se arriesga por él lo constatan.

Las actuaciones, las cuatro o cinco principales (la Deneuve, Maginel, Paradot, Forestier, Rouxel), pero además las secundarias (la secretaria de la juez puntual en sus intervenciones, el abogado, el procurador)), y la ambientación y mirada al ras del entorno comportan la valía de “Con la frente en alto”.

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