Espejo Retrovisor: Desempleo a los 50 en “La ley del mercado”

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Leopoldo Villarello Cervantes.-

En el Festival de Cine de Cannes 2015, Vincent Lindon obtuvo el merecido premio de Mejor Actor por “La ley del mercado” (La loi du marché). Repetiría en los premios César del cine francés, donde el director Stéphane Brizé también se alzó con el galardón, por esta dura reflexión sobre el universo laboral y el desempleo en Francia para quienes han cruzado la cincuentena.

Más vigente si se puede con la aprobación en el país galo de la nueva Ley de Trabajo, a la cual se opone un alto porcentaje de la gente. El filme se inmiscuye en los apuros que debe afrontar “Thierry” (el personaje que caracteriza Lindon), al ser despedido por los ajustes en una empresa, algo cada vez más frecuente.

Los largos planos secuencia, la cámara en mano y la posición donde la coloca el director, propician una interiorización de lo que ha de tolerar, en entrevistas, sean en persona o en la modernidad a través de skype; y hasta los conflictos con sus compañeros de sindicato por estar en desacuerdo con su postura.

La de por sí agobiante situación se ensancha debido a la discapacidad de su hijo, los costos que amerita su educación, al deseo de que prosiga sus estudios e ingrese a la universidad, más fehaciente cuando escuchamos lo voluntarioso del joven por llevarlo a cabo.

“La ley del mercado” sitúa al espectador de testigo directo de los rechazos a “Thierry”, sea por no saber utilizar la máquina más moderna, o excusas aleatorias. En particular es inclemente cuando en una sala de juntas ha de aguantar en persona los comentarios de un grupo, que le acribillan sin reposo, dan excesivo peso a lo negativo, en su personalidad, vestuario, expresiones, sin fijarse en algo positivo, como si les pagaran por demoler al sujeto, por amilanarlo, como si el puesto para el que se postula fuera capital.

Espejo retrovisor 2

Otra secuencia desapacible, áspera, de lo que han de lidiar, es la escaramuza con los probables compradores de su micro vivienda, en  que estos inspeccionan la casa metro a metro para hacer una oferta mezquina, una vez más queriendo lucrar con la necesidad de “Thierry” y familia.

El realizador Stéphane Brizé da respiro a “Thierry” y esposa, asisten a un curso de baile, al menos para relajarse un rato, sacudirse disgustos y congojas, muestra su sencilla cotidianeidad, que no se arredran.

Con el empleo que se agencia “Thierry”, Brizé enuncia una censura a los métodos de vigilancia a que a diario se nos somete; con cámaras de seguridad por doquier, que observan cada movimiento, velan las ganancias de los empresarios y sus negocios, sin mediar en las causas detrás de mínimos hurtos, los cuales dan fe de que a la gente apenas le alcanza su salario, que las pensiones jubilatorias en su mayoría son mermadas por costos e inflación.

Stéphane Brizé pone en entredicho a los jefes de esos establecimientos que condenan de inmediato a sus trabajadores, que a la menor tacha los corren, que les tiene sin cuidado que hayan sido ejemplares y honestos por quince, veinte años.

A través de “Thierry”, el director observa el papel que les compete a unos de señalar a sus congéneres, de la incapacidad de ayudar a los acusados; de que llega un momento en que es inaguantable esa posición, tal vez al pensar si estuvieras del otro lado.

La recriminación de Brizé, es la de tanta gente, hacia las políticas laborales menguantes del neoliberalismo económico; al capitalismo martillante; a que mientras los delincuentes de cuello blanco birlan millones, trampean al sistema, escatiman gastos y aumentos de salarios para sus trabajadores, estos apenas subsisten con lo que les pagan, y a veces les tocan los encargos sucios.

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