Espejo retrovisor: Cyrano de Bergerac

septiembre 1, 2019

Escrito por: Leopoldo Villarello Cervantes

A los costados de los créditos finales de Cyrano Mon amour (Alexis Michalik, 2019), el director coloca fotografías de quienes participaron en la primera representación teatral del Cyrano de Bergerac, así como del autor Edmond Rostand (1868-1918), los complementa con fotos y/o escenas de algunas de las adaptaciones para el cine de esta la obra francesa más representada en el mundo, sobre todo las realizadas en su país, además de una de las más conocidas, la de 1950 con José Ferrer. Se echan en falta entre otras la Roxanne (1987) con Steve Martin, dirigida por el australiano Fred Schepisi, mas una docena de cintas para televisión por medio mundo, Hungría, Holanda, Rusia, Japón; series, filmaciones de la obra y de la ópera, sobre 40 en total, hasta la fecha y desde cortometrajes en el 1900.

Sirva para observar la aceptación internacional de lo escrito por Rostand, avizorado cuando al concluir la celebrada representación de diciembre del 1897, varios de los actores presagiaban estar ante una obra maestra, sin pensar siquiera el éxito por venir y la inmortalidad para creador y texto.

Sin embargo, el Cyrano germinó de una serie de necesidades, caprichos, ensueños, tesones, envites, donde estuvo involucrado Edmond Rostand y quienes le acompañarían en esa noche exitosa, mientras semanas antes la diosa fortuna le negaba su dote.

Los precedentes al glorioso estreno, cuando muchos creían sería debut y despedida, es lo narrado en Cyrano Mon amour, con un preámbulo donde vemos el fracaso previo de Rostand, a pesar de contar con la gran Sarah Bernhardt a la cabeza, en la noche donde a la par nacía el cinematógrafo y el poeta escritor auguraba el fin del teatro, el advenimiento triunfal de esas fantasías visuales animadas.

La ópera prima del actor galo devenido director Alexis Michalik, es una fascinante y jubilosa interpretación de cómo se hilaron las condiciones y cómo dioses, diosas y estrellas, dieron su beneplácito para embonar cada bagatela, fundir todo a favor del Cyrano y su autor.

Michalik compone una comedia alborozada de los entretelones del teatro, el nacimiento de los diálogos iniciales, la esgrima verbal de donde surgió el inmenso monólogo de Cyrano; los imperativos para Rostand de extraer de su mente una obra inimaginable en tiempo record; ganarle al tiempo, agasajar egos de la protagonista femenina, inventar un acto en una noche, hallar su musa, posesionarse de sus palabras.

La recreación de la ambientación del cierre del siglo XIX, la Belle Époque, es consonante en lo visual, estimulante como los bailables del Can Can, la música de Ravel (así se tomen licencia con las fechas), la aparición de Chejov y Stravinsky en un prostíbulo, la competencia con George Feydau; de hecho, enredos y parlamentos se esculpen en su estilo, salpicados por la urgencia.

Las escenas hilarantes salen al paso, un ejemplo, cuando Émile viaja apurado para ganarle a su amigo Volny a ver a la adorada Jeanne, la simiente de Roxanne, con la imprevista entrada de Feydeau; los atolladeros son allanados con desparpajo (la caída de María a punto de subir el telón); reponer las piezas en el sitio donde mejor jueguen (el hijo de Coquelin), enmendar el caos.

Vamos del vacío al temor a la hoja en blanco, a cazar al aire frases seductoras; asistir a los instantes mágicos de la progresión de la creatividad; la imbricación de la realidad hacia la figuración teatral; la desesperación por sacar a flote la producción; un crujiente balance entre lo restallante fuera de bastidores, de dónde proviene el financiamiento, las penalidades y chispas antes y durante la función.

Los segmentos representados de la puesta en escena son idóneos, lo mismo los puntos de vista, los obligados asistentes y el resto sintiendo la exaltación, darse cuenta de estar en una noche señera. La secuencia en el convento se construye cinematográfica y concluye en concepto teatral proporcionado a la ristra imparable de aplausos.

El guionista director Michalik gestiona personajes sustantivos para el suceso, como Monsieur Honoré, hombre exitoso de raza negra, quien rebasa el racismo, azuzador del poeta, levantador de ánimos cuando las salidas son selladas; o la boyante diva Bernhardt.

La trama, la variedad de actores y sus personificaciones, apuntalan el ritmo, con Edmond Rostand tomando la batuta. “Cyrano…” nos lleva a recordar contratiempos y penalidades para llevar a buen término una obra teatral, una película; el papel de lo fortuito, los trastornos inherentes, el esfuerzo conjunto; el obtener lo mejor de los talentos.

Una bella adición es el engarce y homenaje a los inicios del cine, el apunte del porvenir de Jeanne, quién de ser el núcleo de la escritura de Rostand, se despide para ser parte fundamental (y algo más) al lado de otro genio (George Méliès).

Cyrano mon amour, es uno de los siete filmes programados en el 23 Tour de cine francés, a proyectarse los meses de septiembre y octubre por más de 73 ciudades en todos los estados del país, a partir del día 6 de septiembre.

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