Espejo Retrovisor: “Cole”, literatura extraída de un pueblo

febrero 27, 2015

Leopoldo Villarello Cervantes.-

Retrato en pequeña escala de un pueblo y sus habitantes a través de la mirada y escritura de “Cole Chambers” (Richard De Klerk), el protagonista que da título al filme, “Cole” (fotografiada y dirigida por Carl Bessai, 2009), es una incursión en el Estados Unidos profundo, un pueblo cercano a la frontera canadiense, Lytton, nombre con que bautizará su novela.

Microhistoria de ese pueblo de 350 habitantes donde poco hay para ocuparse: reunirse con los amigos, pescar, tomar cerveza, pasar pelotas de golf encima del río. Drama alejado de los Peyton Place y cintas de pasiones en ciudades chicas, donde la gente desea permanecer a pesar de esas limitaciones, leales al lugar donde nacieron sus ancestros.

La vuelta de “Cole” para cuidar a su madre enferma y ayudar a su hermana “Maybelline” (Sonja Bennett) en la gasolinería que tienen, será un obstáculo para sus deseos de convertirse en escritor; a cambio le suministrará el material, tendrá sus modelos, en su amigo de la infancia y adolescencia —también de regreso a la patria chica para tomar posesión de su herencia y la casa legada por sus padres—, quien primero se enfurece al saber cómo lo ha descrito Cole (un pueblerino), y más adelante entiende el proceso de ficción y lo acepta.

El guión de Adam Zang con inapelables puntos biográficos, apunta lo voluntarioso de “Cole” para recorrer cientos de kilómetros para asistir a un taller de creación literaria a una reconocida universidad; en ese punto se suma el factor romántico en “Serafina” (Kandyse McClure), con la salvedad que es de raza afroamericana, ojos verdes y rica, que es utilizada por el director para exponer el clasismo y racismo en la familia de ella, en particular la mamá que lo menosprecia por su posición económica, su camioneta vieja.

Más excepciones a lo común se plantea en que no hacen el amor, ni al quedarse solos en casa de ella, que Serafina se rebela contra la mamá y se la pasará de maravilla con los amigos de “Cole”. Un apunte plausible referente al pueblo es el desfile conmemorativo de la Fiebre del oro, con sus bandas, disfraces y concursos exóticos, donde ella estará a la altura.

“Cole” es coloquial (los juegos de palabras con el nombre de Serafina, las charlas en el porche, el embarazo de la novia del amigo), reproduce con justicia los sueños nimios y perspectivas de esa gente; así el cuñado con su deseo único de poner un “lavado de autos”, de lo cual se predispone su desquite; o la actitud de Maybelline de arraigarse en el pueblo, primero aferrada a atender a su madre.

“Cole” protegerá a su sobrino, hijo de afroamericano también, y querrá hacerlo con su hermana, quien en otro detalle consistente, acepta a su novio son sus defectos y vicios.

Las vivencias de “Cole” serán trasladadas al papel y son las que le impulsan a abandonar su pueblo, a comprender a su hermana y amigos, a ir tras expectativas aleatorias. Ineludiblemente en un tema tocante a la literatura, vuelan las referencias, a Robert Penn Warren (su poema True love), o a Zora Neale Hurston (1891-1960), la escritora sureña de raza negra y activista de los derechos civiles, que de acuerdo a Serafina debería ser más conocida que Faulkner u otros literatos del Sur de Estados Unidos, y que “Cole” sí conoce y ha leído, igual que su profesor (por eso saben que Serafine ha tomado prestado un relato de ella.)

El corolario cierra el círculo, con el libro entregado al profesor del taller, él mismo escritor no exitoso (lo cual Serafina enojada se lo echó en cara), pero capaz de detectar las facultades literarias en Cole desde su primer cuento.

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