Espejo Retrovisor: “Café Society”, la historia de un amor irrealizable

noviembre 22, 2016

Leopoldo Villarello Cervantes.-

La 61 Muestra Internacional de la Cineteca Nacional abrió sus puertas con uno de sus clásicos: Woody Allen, el director de quien más ocasiones se han presentado películas en este evento imprescindible en la Ciudad de México; antes sólo en el otoño, ahora dos veces al año.

Desde 1977 con “Annie Hall”, hace casi cuarenta años, el cineasta oriundo de Nueva York ha sido programado junto varios de los realizadores más celebrados del siglo XX y ahora del XXI, ayer Truffaut, Bergman; hoy Alexander Sojurov y Xavier Dolan, entre otros.

Con “Café Society”, Allen retorna a una de sus épocas predilectas, la década de los 1930, en el universo alrededor de la industria cinematográfica, entre las veleidades de Hollywood y el cine de gánsteres; a la aspiración de su alter ego “Bobby Stern” (Jesse Eisenberg), de salir del entorno familiar en el Bronx e irse a laborar a California, con su tío “Phil” (Steve Carrell).

Historia de amor irrealizable, suspendida en el tiempo y en la distancia como se lee en los dos planos finales, en la cual el destino amaga con agraciarlo al conocer a la mujer de su vida, para imponer una barrera entre ellos.

Como narrador omnisciente, una de sus técnicas favoritas, Allen nos lleva a ese Hollywood idealizado de estrellas y fiestas, donde se reúne la créme de la créme, donde ya el agente y representante era quien controlaba hilos y podía sugerir actores y actrices para alguna producción, sus tratos con magnates, y donde por doquier se cruzaba con alguien relacionado con los estudios de cine y las películas en camino.

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Propone, una vez más, las diferencias entre ese mundillo de chismes y murmuraciones, con la esencia neoyorquina; los intelectuales del Este que acudían a trabajar y de inmediato corrían a su reducto en Central Park. Las fases del triunfo en ambos costados de la Unión Americana, como si fueran dos estilos de películas, las comedias finas y las insertadas entre las calles de Manhattan, los bailes y las balas, los ajetreos románticos y las pugnas de pandillas, tratadas infaliblemente con el humor alleniano.

La familia “Stern”, con sus dramas domésticos y religiosos, guarda sintonía con la de “Días de Radio”, la presentación de sus miembros es un abanico de idearios, la mamá hablando en yiddish y su ingenuidad acerca del hijo mayor, el papá en camiseta y su sempiterno periódico; el cuñado comunista filosofando, la hermana y el hermano en sus respectivas vetas cotidianas; las comidas y cenas de punto de encuentro, con la gama de diálogos pulcros del cineasta.

Allen concurre a esos tiempos añorados con gracejos y delectación en lo que ocurre en ambas Costas; se decanta, necesaria e inevitable, hacia el Nueva York en que un hábil hampón ascendía de rango, a lo que había detrás de esos clubes en que cenaban y bebían lo más selecto de la sociedad, por cuyas mesas y sillas fluían pitazos y confidencias, empresarios y funcionarios públicos, ricachones y sus extravagancias.

También fusiona el progreso del lugar con el cambio de vida de “Bobby”, con la entrada de la nueva belleza (Blake Lively) y sus galanterías a ella; lo que resta del joven inexperto y flechado.

La saga gangsteril del hermano sigue las reglas de los filmes de la Warner, incluido apresamiento y condena, más las disyuntivas religiosas aptas de los personajes de Allen.  Y las fechas especiales son más que alegóricas, aquí el Año Nuevo, el cambio de década, tramitan por igual el signo de lo que habrá de venir en los 1940 y lo que se deja.

Una más de las virtudes de Woody Allen, la elección y dirección de los actores, es fehaciente en “Café Society”, en Eisenberg y en Kristen Stewart sobrepasando su faceta básica; en Steve Carrell a punto en sus parlamentos y sentires; en la brevedad del papel de Parker Posey; y en especial los miembros de la familia.

La banda sonora es ideal, la hilación de melodías del álbum estadounidense esencial, el jazz y canciones que retratan la época, la ambientación, la tonada que modula la solista en el club, con su estela evanescente.

Qué mejor que un film de Woody Allen para la 61 Muestra Internacional de la Cineteca Nacional.

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