“En el nombre de mi hija”: Un padre obsesionado por tener justicia

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Leopoldo Villarello Cervantes.-

La obsesión porque el causante de la muerte de su hija sea llevado ante la justicia, es la odisea por la que pena “André Bamberski” (Daniel Auteuil) a lo largo de “En el nombre de mi hija” (Au nome de ma fille, 2015), uno de los interesantes filmes que actualmente se proyectan en el 20 Tour de Cine Francés.

Basado en un hecho real, traspasado a un libro por el mismo Bamberski, recala los grados de tesón desmedido de un padre para cumplir la promesa hecha a la hija fallecida. La maraña en que se enredó durante veintisiete años, sin desplomarse, a punto de la enajenación, perder todo su patrimonio, abandonar su empresa, arriesgar vida y familia.

Con “En el nombre de mi hija” prosigue la ruta del director Vincent Garenq en titulares periodísticos de sus dos previas películas: “La enquête”, 2014 y “Presumé coupable” (2011); exponiendo una larga investigación para sacar a relucir un escándalo financiero, quiénes lo fraguaron y encubren en la primera, y las acusaciones falsas  que han llevado a prisión un agente judicial por crímenes que no cometió y demostrar su inocencia.

Garenq, por intermedio de “Bamberski”, ambula en los tortuosos caminos judiciales para que las autoridades le hagan caso, acepten reabrir un expediente forense hecho al aventón y con errores fehacientes, y lleven a juicio al culpable (Sebastian Koch) manifiesto, quien se encubre bajo la facha de ciudadano y médico modelo.

Se embarca en una batalla en la cual es derrotado una y otra vez, y tras la caída arremete tomando respiro; se cruza con un abogado afín, ideal, antigregario, quien le es fiel y acompaña hasta la cruzada final, por donde se motea el peso de los medios, el que tomen una noticia y le den espacios, más cuando es para acometer contra ministros  y magistrados.

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“En el nombre de mi hija” acusa directamente a la justicia alemana que frena los esfuerzos de “Bamberski” y defiende a su compatriota aún con pruebas de sus infracciones, que trunca lo pongan ante un tribunal; y en algo menos a las autoridades francesas que apenas toman en cuenta a este padre de familia aferrado, que le gestionan lo básico pero se comprometen poco, por cuestiones diplomáticas, por considerar menor el incidente.

Este enfrentamiento de un solitario hombre contra el poder y el sistema, pone en entredicho cauces legales en esos países europeos; ejemplifica la facilidad con que una persona puede sortear ser juzgado fuera de su país, o cómo un médico puede amañar datos, escurrirse de denuncias de violación, y hasta conseguir nuevos empleos mintiendo o sin que su currículum y antecedentes sean comprobados.

Cuestión de mayor gravedad en el contorno es el desinterés de la ex esposa de “Bamberski” y por lo que este brega, a sabiendas de la clase de rufián del que se ha enamorado, tildando de loco al padre de su hija, restándole importancia al deceso de la niña y las afirmaciones.

En la contraportada se remueven las infracciones de un seductor y violador en serie, quien suele salir avante, y habrá de soportar el acoso de ese padre que se hace especialista en vericuetos de leyes, que va de tribunal en tribunal, de ciudad en ciudad, sin arredrarse, y en última instancia toma la justicia por sus manos para consignar los yerros de ésta.

Ese comienzo de la película trastea con la locura de “Bamberski”, para de ahí retomar lo que era su tranquila existencia familiar, su exceso de trabajo, la irrupción del extraño, el misterio de la asechanza que hace pensar la película irá por temas antagónicos.

El director Garenq se pone del lado de “Bamberski”, lo refuerza con la personificación a ratos extrema de Daniel Auteuil, y con la degradación física en Sebastian Koch.

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