En el cine el 2 de octubre sí se olvida

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El pasado dos de octubre se cumplieron 49 años de lo que en tiempos recientes se ha llamado abiertamente “la masacre de Tlatelolco”, con la cual tuvo culminación sangrienta un movimiento en el que estaban involucrados los estudiantes y varias capas de la sociedad mexicana de una forma que no se ha vuelto a repetir. Eso es historia y el cine todavía espera a aquel o aquellos cineastas que se muestran dispuestos a hablar de todo el trasfondo del hecho, de una manera en que por medio del documental o la docuficción se pueda llegar a tener un panorama muy claro de cuanto aconteció para que las futuras generaciones puedan entender los cambios que posteriormente se han dado en nuestro país a partir del “movimiento del 68”, que es otra etiqueta con la cual se ha archivado un pasaje que todavía nos inquieta y de alguna manera del que todavía quedan remordimientos y resentimientos en la mente de todos nosotros.

El cine en toda su historia ha dejado reseña de lo que fue por ejemplo la revolución en Rusia, y gracias al genio de cineastas como Sergei M. Einsenstein con sus películas Octubre o El acorazado Potiomkin se produjo ese género en el que se alterna la recreación documental con la ficción cuya lección han aprendido hasta cineastas inesperadamente liberales como el actor Warren Beatty, que con su película Reds, nos dio en la década del 80, un ejemplo de lo que podían ser este tipo de películas sobre hechos históricos. Pero volviendo al tema de México y el año 1968, hubo por supuesto algunos cineastas que intentaron analizar con serenidad todo lo que ocurrió aquella tarde en la Plaza de las Tres Culturas en la Unidad Nonalco-Tlatelolco de nuestra capital y como siempre se toparon en la censura, auto censura y censura por omisión que son los tres defectos que impiden la expresión total y libre en nuestro cine, como lo señala el crítico Jorge Ayala Blanco en el segundo de sus libros, La búsqueda del cine mexicano, que en forma totalizadora han venido recorriendo nuestra historia fílmica a partir de finales de la década del 60.

La primera película de ficción, en este caso basada en hechos reales, que se ha acercado en forma valiente al tema es Rojo amanecer, que dirigió Jorge Fons en 1989, cuando habían pasado veintiún años de los trágicos sucesos, y la verdad es que tiene una bien ganada fama porque ofrece el punto de vista de los miembros de una familia que al igual que cientos de otras familias, habitaban uno de los edificios frente a la Plaza de las Tres Culturas, y que eran destruidos en forma total por la violencia de paramilitares destacados en el lugar para reprimir la manifestación multitudinaria que se realizaba a los diez días en que habrían de comenzar los Juegos Olímpicos en México, y que al parecer eran la principal obsesión de los integrantes del gobierno del presidente en turno, Gustavo Díaz Ordaz, para contener el estallido social que sería la derivación de un movimiento que comenzó en los primeros meses de 1968, con una pugna entre estudiantes de dos preparatorias universitarias.

La creación de la película Rojo amanecer fue también un producto espontáneo de una inquietud de índole política de los guionistas Xavier Robles y Guadalupe Ortega, quienes con el director Jorge Fons integraron un sistema de cooperativa con actores y técnicos quienes con su trabajo hicieron realidad la producción. Entre ellos podemos mencionar al fotógrafo Miguel Garzón, a los escenógrafos José Luis Garduño y Helmut Greisser y al ambientador Mario Sánchez, entre muchos otros. El rodaje de la película se realizó en una réplica de uno de los departamentos de la misma unidad habitacional que había sobrevivido al terremoto de 1985, y también el elenco actoral estaba inscrito en la cooperativa que hizo posible el rodaje de esta historia de Robles y Ortega, y cabe mencionar a Héctor Bonilla y María Rojo, como los padres de la familia que se convierte en víctima inocente en la matanza; Jorge Fegan como el abuelo, y en los roles de los hijos estaban Demián Bichir, Bruno Bichir y Ademar Arau. También destacan con su trabajo Eduardo Palomo, Marta Aura, Carlos Cardán, Roberto Sosa.

Sin embargo no todo era muy fácil para esta película que “se atrevió a romper el silencio que mantuvo el cine respecto a un tema que aún divide a muchos mexicanos”, como afirma el crítico Francisco Sánchez en el prólogo de la edición del guión de Rojo amanecer, que también habría de ser adaptada al teatro por los propios autores Robles y Ortega y donde la mayoría de los actores de la versión cinematográfica repitieron sus roles. Aunque a las tres semanas de filmación estuvo a punto de ocurrir una catástrofe pues a los miembros de la cooperativa se les acabó el dinero y había que terminar el guión tal como sus autores lo habían concebido. El problema de la conclusión del rodaje así como la posproducción y plan de lanzamiento comercial de esta cinta fue solucionado con el ingreso de un productor asociado, Valentín Trujillo, que con su empresa Cinematográfica Sol, les dio a los cooperativistas esa solvencia económica que necesitaban.

Claro que después el también actor y director que se asoció con ellos fue tomado como el principal gestor de la idea de hacer una película sobre el movimiento del 68, algo muy lejano a la verdad, además fue el primero en sugerir que al guión original, titulado Bengalas en el cielo se le cambiara por otro más comercial, Tlatelolco sangriento, pero los creadores no aceptaron y buscaron el título a su gusto sin traicionar su ideal que fue Rojo amanecer. El productor estaba aprovechando una película que le habría de dejar y parece que le dejó muy buenas ganancias, aunque habría que preguntar si todos los que colaboraron con su trabajo recibieron una remuneración justa y completa a la hora en que se hicieron las cuentas de la recaudación de Rojo amanecer en las taquillas y las ventas para su explotación en el extranjero. La asociación de director, guionistas, actores, técnicos con Trujillo le dio notoriedad a la película y aun cuando sufrió la censura durante varios años, luego se le dio luz verde y no hubo impedimento para exhibirla libremente en las salas cinematográficas de todo el país.

Un historiador riguroso podrá decir que le sobran dedos de las manos cuando se trata de contar las películas que se han hecho sobre el movimiento estudiantil de 1968, y aparte de Rojo amanecer, sólo podríamos citar El grito, de Leobardo López Aretche, y en el terreno del docuficción dos películas de Felipe Cazals, Canoa y Bajo la metralla, filmadas antes de Rojo amanecer, que se refieren en forma indirecta al tema. En la primera los personajes principales de su historia son estudiantes víctimas de la histeria provocada por la masacre en Tlatelolco, cuando ellos únicamente querían realizar una excursión al volcán situado en el Estado de Puebla. En Bajo la metralla, también con un guión de Xavier Robles, Cazals aludía a aquellos estudiantes que pudieron derivar con su postura política en la integración de un movimiento radical que es eliminado por la policía.

El grito fue el único trabajo de largometraje que dirigió Leobardo López Aretche, utilizando el material que un grupo de cineastas realizó durante el movimiento estudiantil, y con el patrocinio del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos. Hay muchas imágenes dramáticas de todo lo acontecido aquel año y fue hasta 1971 cuando se pudo exhibir para espectadores que se mostraban enardecidos e indignados por todo lo que veían en la pantalla. López Aretche solamente produjo otra película, Crates, de Alfred Joscowicz antes de perder la vida ese mismo año y por voluntad propia.

En la ficción, la segunda película que abordó este tema para presentarlo a las nuevas generaciones fue Tlatelolco, verano del 68, realizada en 2013 por Carlos Bolado y protagonizada por Cassandra Ciangherotti y Christian Vázquez, mostrando este acontecimiento teniendo como pretexto una historia de amor entre dos jóvenes, pertenecientes a distintas clases sociales, dejando por desgracia este acto de represión como parte de un melodrama digno de un serial televisivo.

Cabe mencionar que años atrás, Carlos Bolado intentó crear leyenda en el cine nacional llevando su versión del asesinato del candidato del entonces llamado Partido Oficial, Luis Donaldo Colosio, en Colosio, realizada en 2012, presentando también este acontecimiento dentro de un formato también muy telenovelero, con lo cual no se dudó en ningún momento que sucediera lo mismo con la cinta arriba mencionada, considerada por la crítica como una de las peores películas mexicanas de ese 2013.

Por: Fabián de la Cruz Polanco | @fabiancpolanco