“El juez de Tenochtitlán”, surrealista exploración sobre la mexicanidad

Jaime Rosales Domínguez.-

La puesta en escena “El juez de Tenochtitlán” hay que verla con notas de pie de página. Pero como eso en teatro es imposible, entonces el espectador corre el riesgo de quedar sin saber de qué va la cosa realmente.

Y es que esta obra escrita y dirigida por David Hevia es un hervidero de alusiones, metáforas, imágenes y referencias históricas, políticas y sociales acerca de la identidad clasista, racista  y excluyente sobre la que parece estar fundado el ser de la nación mexicana.

Acaso el único punto asible del que se puede aferrar el espectador es el muy sonado caso ocurrido en 2007 de una anciana indígena muerta presumiblemente tras ser violada por una partida de soldados en la sierra de Zongolica, Veracruz, pero cuya versión oficial (muerte por gastritis aguda), fue postulada y defendida en su momento por el propio presidente Felipe Calderón.

Sobre ese caso, trasladado en esta ficción teatral a un contexto citadino, es sobre el que tendrá que dictaminar el “Juez Alonso”, interpretado por Mauricio Jiménez.

Pero esto es solo el pre-texto, pues a partir de ahí tenemos una serie de lo que el autor llama “Impresiones escénicas”, ensambladas a manera de un collage del que va resultando la imagen de una nación mexicana deformada por la injusticia, la impunidad, la violencia y los privilegios, todo a cuenta del inexistente Estado de derecho.

Todo ello metido en un texto críptico y con situaciones que no son fáciles de seguir, porque ahí están sobrepuestas varias realidades: las imposturas de la sociedad colonial con la iglesia a la cabeza, la cosmovisión indígena extraviada en medio de la lógica de la dominación, el papel de la mujer en la conspiración de Independencia, y la actualidad de nuestros corruptos ministerios públicos afanados en la fabricación de culpables a modo.

Juez tenochtitlan 2

Surrealismo en escena

La apuesta de Hevia por momentos parece difuminarse en medio de un abigarrado torrente de metáforas y alusiones que resulta difícil de seguir, porque, como dice el actor y director Mauricio Jiménez, se trata, en realidad, de un trampantojo (ilusión óptica con que se engaña a una persona haciéndole creer que ve algo distinto a lo que en realidad ve).

Lo que el espectador cree seguir es el juicio por la muerte de una anciana, pero lo que se muestra y sobre lo que la obra indaga es otra cosa: el proceso histórico de la nación o, mejor, una exploración sobre la propia esencia de la mexicanidad, como propone el actor Miguel Cooper, que en el montaje hace el papel de “Hernández”, el ministerio público.

El mecanismo escénico de estructurar la pieza mediante escenas que se sobreponen unas a otras haría las veces de lo que Jiménez compara con lo que hacían los fotógrafos antes de la era digital: ir pasando el papel fotográfico por diferentes emulsiones hasta que la imagen quede revelada.

El desempeño actoral resulta bastante solvente, pero dada la veta surrealista de la obra resulta preciso que el espectador cuente con un bien provisto arsenal de referencias que le den las claves para salir avante de la experiencia o quedar sumido en la confusión y en el no saber que fue realmente lo que vio.

A diferencia del texto, la escenografía resulta muy explícita: una alfombra verde y roja en cuyo centro en vez del águila y la serpiente se ha colocado un agave como el referente de la nación.

Además de los citados Mauricio Jiménez y Miguel Cooper, completan el cuadro actoral Carolina Politi, Alaciel Molas, Diana Cedano, Abraham Jurado y Eduardo Segura.

“El juez de Tenochtitlán” se presenta todos los miércoles a las 20:30 horas en el Teatro El Milagro, hasta el 14 de octubre.

Fotografías: Yubila Cruz

Post relacionados