“Do not disturb”, una disruptiva y estética propuesta escénica

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Jaime Rosales Domínguez.-

Do not disturb” es, al revés de lo que prescribe su título, una obra que sí perturba, que sí interfiere y subvierte el orden establecido en por lo menos dos sentidos: en cuanto al carácter contestatario de los personajes principales, y porque rompe con la estructura de la puesta en escena convencional.

Conformada a partir de Antígona y Medea, las dos heroínas trágicas del tablado griego, lo que presenciamos es un espectáculo multidisciplinario creado por Jessica Sandoval y dirigido por ella y por Sebastián Sánchez Amunátegui, que combina danza y representación.

Como se sabe, Medea y Antígona desafían los valores al uso en su sociedad: una, desobedeciendo la disposición real de no sepultar al hermano juzgado como traidor a la patria; la otra, cometiendo un crimen atroz en venganza ante la traición.

Ambas son presentadas al público en un pequeño escenario como dos cantantes maravillosas. Desiguales en voz, lo que destilan sobre ese foro improvisado iluminado apenas por una insinuante luz roja es sensualidad y seducción. Concluido el número, se invita al público a seguir a una de ellas. “Su decisión le dará forma a nuestra noche; su decisión determinará qué veremos hoy”, dice quien hace las veces de presentador del lugar.

Y entonces uno se siente como una de esas partículas subatómicas, un fotón de luz, por ejemplo, que al chocar con el objeto observado lo hace cambiar de trayectoria. Así aquí, pues al fijar la mirada y decidirse por una de las protagonistas, perderá a la otra; elegir una trayectoria es renunciar a la otra.

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En este momento es donde empieza también a romperse la experiencia teatral que conocemos porque tanto Antígona como Medea se bifurcarán ‒fantasmales‒ por aquellos pasillos, escalinatas, cuartos y foro que conforman el recinto, para contar su historia cada una por su lado.

Y usted estará allí, muy cerca del personaje que elija, siguiéndolo, sintiendo su respiración, rozándolo, a veces; oliendo su angustia, oteando sus expresiones faciales, corporales…y de cuando en cuando escuchando su grito de rebeldía.

“Do not disturb” nos entrega así, una muy bien concebida y trabajada plasticidad dancística mezclada con el drama de la representación para, a partir de ahí, generar una multiplicidad de significados y simbolismos dentro de un impresionante ‒por su capacidad de expresión‒ trazo de arquitecturas en movimiento visualmente desoladoras, pero de indudable valor estético.

Teatro y danza construyen aquí una poética del movimiento y de la representación sobre la que se edifica todo el planteamiento conceptual de la obra: la exploración acerca de lo justo y la justicia. Una búsqueda que, de entrada, se quiere alejada de los marcos valorativos de lo bueno y lo malo, como lo muestra esa frase de “Los Miserables” –utilizada en el cartel de la obra‒ donde Víctor Hugo traza la separación entre moral y ética: “es muy fácil ser bueno; lo difícil es ser justo”.

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Y como el concepto de justicia está en reparación o en decadencia, según se quiera ver, los espacios por donde transitamos con Medea o con Antígona son espacios ruinosos, derruidos, de pisos rotos, con el cascajo debajo de los pies; cubiertos los altos muros con metros y metros de plástico, como en esas casonas o templos abandonados donde esa precaria protección apenas si contiende con el polvo que todo lo invade.

Quien presencia “Do not disturb” asiste a una mutua paráfrasis poética entre los recursos de la danza con los del hecho teatral, una operación que se produce en una dimensión atemporal donde Antígona, abandonada por su hermana Ismene, sigue eternamente trasgrediendo al excavar con sus propias manos y uñas el sepulcro para Polinices, y donde Medea sigue asesinando mediante sus artes mágicas a la futura esposa con la que será traicionada, al padre de ésta y a su propia descendencia, haciendo ambas añicos la orden que siempre viene desde arriba: No perturbe, no interfiera. No subvierta…Do not disturb.

La idea original y la coreografía son de Jessica Sandoval Miranda, quien dirige junto con Sebastián Sánchez Amunátegui. La adaptación de textos la hizo Ro Banda y el incisivo y hasta diríase que intrusivo diseño sonoro que acompaña todo el recorrido, dándole al conjunto el toque de angustioso dramatismo, es obra del notable Rodrigo Castillo Filomarino.

El elenco lo integran Patricia Marín (Medea), Gabriela Guerra (Antígona), Itzhel Razo, a quien vimos el año pasado en “Lear o la senectud del poder”, ejecutando una soberbia “Danza de la tormenta”, y que aquí hace el papel de Ismene; Raúl Mendoza, Bernardo Benítez y Mauricio Rico. La productora es Realizando Ideas.

La obra está en temporada del 21 de enero al 26 de marzo, todos los sábados y domingos en Un Teatro. Alternativa escénica.

Fotografías: Jaime Rosales Domínguez