Dionne y Ornellas se quedan cortos en “Un tranvía llamado deseo

0 Flares 0 Flares ×

Jaime Rosales Domínguez.-

Dice la página de Espectador Helénico donde se anuncia “Un tranvía llamado deseo” –pues no hay programa de mano‒ que su autor, Tennessee Williams, tuvo la “enorme sensibilidad para recrear en la psique de sus personajes su propio miedo a la locura, el deseo sexual por encima de las buenas costumbres, y la fragilidad humana”.

Esa sensibilidad del dramaturgo estadounidense es la que precisamente se echa en falta en el trabajo de dirección de esta obra que al alimón emprendieron Iona Weissberg y Aline de la Cruz. Aquellas intensiones del autor permanecen inéditas en esta mise-en-scéne que de ese modo queda reducida a una historia sin profundidad, un drama a la manera de las historietas sensacionalistas.

Lo que marca el carácter de esta pieza: el conflicto pasional, las pulsiones inconfesables que debieran gravitar sobre el escenario y amenazar como espada de Damocles con desencadenar la tragedia, lo mismo que la desazón ante la desesperanza, el vacío y la soledad, no parecen tener parte en esta representación.

La oculta atracción o, si se quiere, el binomio desprecio-atracción que se produce entre “Blanche Dubois” (Mónica Dionne) y “Stanley Kowalski” (Marcus Ornellas) nunca queda ni aun insinuado, no obstante que se trata de un conflicto enraizado en el corazón de la obra.

Aquí ambos personajes son sólo protagonista y antagonista: “Blanche” desprecia a “Stanley”, por considerarlo un hombre de baja estofa indigno de su hermana “Stella” (María Aura), y éste la detesta porque no le redituará ningún beneficio económico, tras enterarse de la pérdida de las propiedades heredadas por los padres, y porque descubre las imposturas que sostienen la pretendida superioridad moral de la atractiva y desequilibrada “Blanche”.

En semejantes condiciones el deseo, esa metáfora inspirada en la ruta del tranvía que pasaba cerca de la habitación que rentaba Tennessee Williams en Nueva Orleáns y que también conducía al cementerio, no tiene boleto aquí.

En ese marco, la telúrica escena de la violación se produce casi en el vacío porque no es precedida por la requerida atmósfera tejida como resultado de un deseo largamente reprimido.

Tranvia deseo 2

El montaje está construido en un tono realista: vemos un cuarto donde comparten el espacio la cocina con la recámara; afuera, una escalera de fierro indica el vecindario en el que vive el matrimonio conformado por “Stella” y “Stanley”.

Se trata de una estética que se quiere expresionista, pero cuyos colores demasiado vivos, lo mismo que el vestuario floreado de los personajes, no alcanzan a dibujar el ambiente sórdido, miserable y deprimente en el que se incuba toda la acción dramática de la obra.

Respecto de los tipos, tenemos que con ser una muy solvente actriz, en esta ocasión Mónica Dionne se queda corta en el papel de la “Dubois”. Se antoja demasiado refinada, pero sin el toque que permita identificar la psicología de un personaje con pasado sórdido. Además, quizá en un intento por acercarse al tono de alguien extraviado que confunde la realidad con la fantasía, adopta un innecesario sonsonete casi lastimero al final de cada una de sus frases.

Marcus Ornellas tiene la prestancia física que pide el personaje, pero sin la emotividad que exige el tono realista del montaje. María Aura (“Stella Kowalski”) y Rodrigo Murray (“Harold Mitchell”) son acaso quienes mejor están en sus papeles: ella, bien como el personaje mediador entre su hermana “Blanche” y “Stanley”, con sus ya muy afinados medios de expresión y con trazos tan precisos y bien ejecutados que recuerdan a una bailarina de ballet; y él, construyendo a un apocado señor “Mitchell”, que reacciona más que por él mismo por los dictados sociales al uso, que le indican cómo actuar en cada circunstancia: ya como enamorado cortés y caballeroso, ya como hombre engañado o burlado.

En suma, una obra que no atiende la sustancia del conflicto planteado por el autor y en la que no dejamos de ver a los actores, cuando lo que deberíamos de ver es a los personajes.

Extraña este resultado, pues se trata de un equipo que ya ha trabajado antes, que se conoce: Mónica Dionne hizo “Fantasía subterránea para mujer y violín”, escrita por la propia Iona Weisberg, una obra que también tiene que ver con trenes pues se desarrolla en un andén del Metro; a Murray lo dirigió en “Madre coraje y sus hijos”; con Aline condujo “La obra de Bottom” y con Sergio Villegas, que en este Tranvía tiene a cargo la escenografía y la iluminación junto con Emilio Martínez Zurita, hizo antes “Los amantes”, de Harold Pinter.

El equipo “Un tranvía llamado deseo” lo completan Daniela Rodríguez (“Eunice Hubbel”), Héctor Sandoval (“Steve Hubbel”), Luis Montalvo (“Pablo González”), Omar Saavedra (joven/doctor), Angélica May (vendedora de flores) y Rebeca Roa (enfermera). El vestuario es de Emilio Rebollar y la música original, de Mario Santos.

El público que desee embarcarse en este “Tranvía llamado deseo”, puede hacerlo de viernes a domingo en el Teatro Helénico, desde el 3 de marzo al 30 de abril.

Fotografías: Jaime Rosales Domínguez

Post relacionados