Del canibalismo al Juay de Rito: Los 80 años de Anthony Hopkins

enero 10, 2018

Por: Redacción

Sir Anthony Hopkins pertenece al exclusivo club de predestinados que festejan sus cumpleaños mientras el resto del mundo celebra el Año Nuevo. El icónico actor ha llegado a los 80 años de edad.

Nacido en Margam, Gales, el 31 de diciembre de 1937, el británico, ahora naturalizado estadounidense pero celoso de sus raíces y del título nobiliario que le concedió Isabel II en 1993, es hijo de panaderos y vivió las penurias de la Segunda Guerra Mundial y la crisis minera.

Es hijo único y fue un niño malhumorado, disléxico y solitario, marcado por la figura imponente de su abuelo, y también por esto tímido y rebelde contra todo tipo de autoridad.

De niño fuí un verdadero desastre, obtuso y testarudo, negado para los estudios. Mi salvación fue hallarme sobre un escenario escolar y desde allí terminar en el Welsh College of Music and Drama donde me hice notar por mi pasión por el piano.

Entendí entonces que mostrarme en público me daba la seguridad que no tenía dentro mío”, recordó en primera persona.

Enrolado en el Ejército por dos años, una vez que dejó el uniforme, el “fusilero Hopkins” insistió con su veta teatral hasta realizar audiciones para la Royal Academy y el National Theatre, donde en 1965, el mítico Laurence Olivier personalmente aprobó su ingreso.

Muchos años después, cuando se intentaba completar el Espartaco (1960) de Stanley Kubrick en una nueva versión sin cortes de censura, reintegrando la voz del ya fallecido Olivier, sería Hopkins el que haría el doblaje de su maestro, de modo tan perfecto que resulta imposible distinguir estas escenas.

Para Hopkins el gran teatro londinense se transformaría en su segundo hogar, con un vasto repertorio desde William Shakespeare hasta John Osborne, en el cual sobresalió gracias a su formidable memoria, que todavía hoy entrena a diario.

Por fin en 1967 debutó en la pantalla grande gracias al maestro Lindsay Anderson, alto exponente del Free Cinema británico que lo convocó para El autobús blanco, cinta producida y transmitida por la BBC.

Al año siguiente encarnó al Rey Ricardo en León de Invierno, de Laurence Harvey y participó del éxito mundial de la película, al punto de ser abrumado por propuestas para filmar tanto en su país como en Estados Unidos.

Entre los muchos directores que lo requirieron figuró Richard Attenborough, con el que trabajó cinco veces y que sería uno de sus mejores amigos luego de mudarse a Broadway en 1974.

Comenzó en aquel período la pasión, casi mimética, de Hopkins por los grandes roles históricos que ya había comenzado en Reino Unido con Ricardo “Corazón de León”, Winston Churchill, Danton y Lloyd George.

Pero entonces llegaron también el Hauptman de El Caso Lindbergh y el Rabin de La larga noche de Entebbe, películas producidas por la televisión estadounidense.

En 1980 la fortuna se materializó en su encuentro con David Lynch y el Doctor Treves de El Hombre Elefante. Esta obra maestra de su carrera marcó un hito que lo naturalizó como ciudadano de Hollywood sin renunciar a la notoriedad en su patria. Fueron los años de flmes como Bounty (1984), El irlandés (1988) y Horas desesperadas (1990).

Pero también por entonces se cruzó con el personaje de Hannibal Lecter en El silencio de los inocentes, de Jonathan Demme, papel que le dió el Oscar en 1991 y con el que se construyó una máscara que no abandonaría más, hecha de amenaza y seducción, violencia y racionalidad, hielo exterior e interior tumultuoso.

Su segunda esposa, Jennifer Lynton, de la que se divorció en 2002, le ofreció estabilidad personal, transformó su casa playera de Los Angeles en su refugio, para retornar cada tanto a su país junto con grandes triunfos actorales.

Trabajó con Francis Ford Coppola (Drácula) y con su amigo Attenborough (Chaplin), elaboró personajes memorables en El Inocente, de John Schlesinger y Lo que queda del día (1993) de James Ivory.

Otras dos veces acarició lograr otro Oscar: con un memorable Richard Nixon en el filme homónimo de Oliver Stone de 1995 y luego con Amistad (1997) de Steven Spielberg.

Pero su popularidad quedó ratificada también con producciones menos refinadas como la fantasiosa La máscara del Zorro (1998) de Martin Campbell o sus dos secuelas de Hannibal, dirigidas por Ridley Scott y Brett Ratner.

Con el paso de los años se sintió cada vez menos atraído por el éxito personal y consintió en participaciones económicamente tan beneficiosas como de menor valor actoral, como la reciente Thor de este año.

La antigua llama sagrada la mantuvo a salvo de todos modos con celebradas actuaciones en la ambiciosa Titus (1999) de Julie Taymor, en la aplaudida Bobby (2006) de Emilio Estévez o en la mimética Hitchcock de 2012.

Cada vez más se sintió atraído por sus pasiones juveniles, desde la música, llegó a componer un vals, la pintura, con varias exposiciones, y la dirección, con En la mente oscura de H, de 2007.

La nostalgia por los clásicos lo llevó en 2017 a filmar la aún no estrenada King Lear, de Shakespeare, dirigido por Richard Eyre para la televisión junto a su antigua amiga y colega Emma Thompson.

Casi como un contraste, Hopkins disimuló en su carrera su origen proletario con gestos, acento y modos de un gentilhombre inglés que siempre parece “prestado” a la fantasía del cine estadounidense.

Fuente: ANSA

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