Dejar las armas y cesar los bombardeos en “Un viaje por la paz”

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El título original de Un viaje por la paz, The Journey (2016), carga dos significados elocuentes del argumento: el viaje efectuado por el par de protagonistas para llegar a un aeropuerto; y la jornada durante la cual transcurre este evento que será la cumbre y conciliación definitorias de las pláticas por la paz sostenidas en 2006 por los líderes de las dos alas combatientes por largo tiempo en Irlanda del Norte.

Con exquisitas personificaciones tanto de la dupla principal ‒Timothy Spall y Colm Meaney‒ como del reparto de apoyo ‒John Hurt (en uno de sus últimos papeles en cine), Freddie Highmore, Toby Stephens e Ian Beattie‒ se materializa lo acontecido en un hotel y en la carretera escocesa, donde el entonces Primer Ministro británico Tony Blair exhortó a Ian Paisley, dirigente de Partido Democrático; y a Martin McGuiniss, del Sein Feinn, a llegar a un acuerdo, abandonar las armas, los bombardeos, las represalias que tanta sangre y vidas lastró.

El necesario prólogo da cuenta de la refriega y los inacabables combates que perduraron entre protestantes y católicos, entre afectos a la corona británica y nacionalistas, en calles y barrios divididos; para posarse en lo que se tornaría un día histórico, principalmente para los británicos, con bifurcaciones para Europa y el resto del mundo.

Con ingenio y sentido, se dibujan las rivalidades entre ambas partes desde su vestimenta y preparativos, al silencio al ingresar a la sala donde se mantendrían las conversaciones; a los ardides y ajustes puestos en marcha por los ingleses para salir avante.

Si bien el núcleo son las horas que obligatoriamente comparten Paisley y MacGuiness dentro de un automóvil, junto con el chofer inocente y juvenil en apariencia; lo que transparenta el filme son los enjuagues de Tony Blair y asesores para convencerlos, más las casualidades y tropiezos en el camino que les conectan, y los riesgos tomados por el dirigente del MI5.

Los diálogos, reminiscencias, contrastes, de los dos líderes, refractan con elocuencia sus razones de lucha, sus pensamientos, con los flashbacks reforzados en los sonidos que esculpen lo que es y fue Paisley, y tanteos verbales para constar que tienen las mismas raíces, proceden de idénticos suelos (la muletilla al terminar cada frase, con un interrogante).

Aun sabiendo cuáles serían los resultados, se nutre la tensión con el viejo socarrón Paisley y el ansioso MacGuiness, con las disertaciones y moral cerrada del mayor y los conatos por arrimarse del menor; con las culpas no aceptadas, las muertes a espaldas de cada uno, los puntos de vista disímiles, o la anécdota de la última vez que el anciano fue al cine, en 1973.

El guión de Colin Bateman zanja el vaivén de permanecer dentro del automóvil, con un receso que concurre en las ideas religiosas de Paisley, en reducir jaloneos con su contrincante; y con los trasiegos a las angustias de Blair y consejeros de los dos bandos, a la creencia que vigilan y controlan a distancia.

El director irlandés Nick Hamm cae de pie en arenas políticas y de espionaje, aligera y recrea la fase sagaz, la risa sibilina, del anciano Paisley, el rostro sensato e impaciente de MacGuiness. Abrevia daños. Estira el suspense de la aceptación con la dureza y contención de Paisley, quien sabía tenía en sus manos la sentencia, y con las angustias del equipo de Blair.

Este viaje imperioso, sombreado por el pesimismo, sería el preludio de uno optimista, de los nuevos destinos por donde campea Irlanda del Norte.

Por: Leopoldo Villarello Cervantes

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