Columnista Invitado: Medio siglo de “Los Caifanes” y del Nuevo Cine Mexicano

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Sergio Raúl López.-

Para ingresar al restaurante “El discreto encanto”, –ubicado sobre la calle de Orizaba, en el corazón de la colonia Roma y a unos pasos de la Plaza Río de Janeiro–, era necesario atravesar la puerta de un closet de madera que resguardaba la entrada. Y una vez dentro, era posible asomarse al poderoso y siempre sorprendente imaginario del maestro Juan Ibáñez, quien no solamente era afecto a dirigir montajes escénicos, tanto teatrales como operísticos e incluso de cante jondo y de sones tradicionales mexicanos, de tangos, y boleros, de cabaret y de música antigua, sino a sostener profundas e interminables tertulias con sus numerosos colegas, artistas y amigos que solían departir con él en los muy diversos sitios, fantásticos sitios, que solía ayudar a abrir o de los que era socio, para sostener ese sibaritismo suyo tan contumaz.

Esa mezcla surrealista y de abundante imaginación con la que logró fundar el primer cabaret de crítica e incorrección política, “El perro andaluz” –al que, una vez cerrado, seguirían los bares “Guau” y “Miau”– o el escenario para el flamenco llamado La Edad de Oro, en el que alternaban con la gran estrella del cante Enrique Morente –a quien Ibáñez invitó al país donde permaneció una década– y el guitarrista Ardilla de Jerez, con dos de sus ‘Caifanes’, el actor Ernesto Gómez Cruz y el cantante Óscar Chávez, entre otras figuras. Lo mismo el minúsculo y colorido callejón de Cantaritos, al fondo de la Plaza de San Fernando, que conduce al bar “La clave azul”, íntegramente decorado por él, en el que unas pocas mesas privilegiadas atestiguan las paredes repletas de fotos del siglo xix junto a radios de bulbos, imágenes de cine mexicano, sombreros de copa, teléfonos de manivela con magneto y, claro, fundas de discos de larga duración –especial y muy destacadamente la banda sonora de “Los Caifanes(México, 1966), el primer largometraje que dirigió y que coescribió junto con el narrador Carlos Fuentes.

Ocurre que el mundo de este guanajuatense de cepa era uno tan fantástico como verista, tan afecto a los palacetes culturales donde se realizan montajes operísticos y las grandes orquestas sinfónicas tanto como a los sitios populares de diversión nocturna donde se baila danzón, mambo y otros bailes de salón, a lo múltiple y a lo diverso, amante irredento del cine de Luis Buñuel lo mismo que del de Federico Fellini –a quienes frecuentemente rendía homenaje–, lo que se refleja en ese otro lugar nocturno que decoró en Guanajuato, comenzando por el letrero mismo: Aquí es “La dama de las camelias”… es él (antes Rocinante). Donde se bebe y se baila”, sitio para bailar ritmos afrocaribeños y donde unos murales exponen bisontes de Altamira junto a señoritas de pechos desnudos, trozos de espejo, vestuario operístico y viejas partituras, junto a una frase muy recurrente en él, pintarrajeada en el muro y que incluso le permitió elaborar un espectáculo recitativo con música antigua e instrumentos medievales y renacentistas junto al ensamble guanajuatense “Los tiempos pasados”, de Armando López Valdivia, la de “Siempre es hoy”y que continuaba: “El tiempo es un invento/ una ilusión aritmética para medir lo que no vuelve/ La música hace del tiempo un puente entre el misterio y el gozoLa música, gozo que agoniza y renace/ Una nota y otra/ Quedan en la memoria, mueren y renacen/ La materia prima de la música/ es tiempo”.

Y todo ese bagaje, toda esa hambre de música y de representación, le permitieron lo mismo dirigir la escena de óperas tradicionales como “La Traviata”, de Giusseppe Verdi o “El Barbero de Sevilla”, de Gioachino Rossini, pero también de generar su propia selección de arias para lanzar cantantes debutantes en el espectáculo “Juego mágico” –incluso debutó a Ramón Vargas–, en el Palacio de Bellas Artes. Pero a escasos metros de ahí, en el Teatro Blanquita, producir junto con Margo Su revistas musicales como “Mambo” –con Dámaso Pérez Prado y su orquesta, Ofelia Medina, Ernesto Gómez Cruz, Óscar Chávez–, “Danzón” –con María Luisa Landín y Fernando Fernández– o Siglo xx –con María Conesa y Ofelia Medina– y “Azul”, en homenaje a Agustín Lara.

Cuando, a mediados de la década del sesenta, esa que inició con la internacionalización propuesta por Adolfo López Mateos y acabó con el rígido y sangriento autoritarismo de Gustavo Díaz Ordaz, se lanzaron las convocatorias del Concurso de Cine Experimental en dos ocasiones y del Concurso Nacional de Argumentos y Guiones Cinematográficos, en un intento de apertura del modelo sindical que prácticamente había cerrado la puerta a la natural renovación generacional. Al ganar el concurso de guión, junto con Carlos Fuentes, Ibáñez incidió también en la cinematografía nacional que requería de nuevas voces, frescas, adaptadas a la película de color, a la fortaleza de los actores de teatro provenientes del circuito estudiantil –junto con dos estrellas juveniles de la industria–, a experimentos visuales y a otras maneras de decir, de expresarse, de ser.

Al retrato de una ciudad generosa en sus posibilidades nocturnas de francachela, de calles y plazas y bulevares y rascacielos y antiguos edificios y cabarets y taquerías con cerveza al por mayor. Esa generación, cuya expresión culminante no fueron las medallas en el Estadio Olímpico sino las balas encontradas de los militares en la Plaza de las Tres Culturas –cuya metáfora en el filme es el soldado que atestigua la agresión de Jaime de Landa al Estilos, pero para proteger al agresor, es decir, al establishment–, encontró en “Los Caifanes” el tono exacto de sus pulsaciones y la convirtió en un éxito rotundo de taquilla combinado con el cine de aliento, es decir, de autor.

Eso, además de ser la primera película que se haya anunciado como del Nuevo Cine Mexicano –un epíteto que sentaría sus reales en la década siguiente, en pleno mandato de los Echeverría–, le convierten en un hito cuyo cincuentenario bien vale la pena un repaso sustancial que, pese a que su rodaje enfrentó diversas adversidades –desde tener que devolver el dinero del premio hasta ver detenida varias veces la filmación en diciembre de 1969 o no recibir la clasificación para estrenarla, lo que finalmente ocurrió el 17 de agosto de 1967 en los cines Roble, Mariscala y Estrella, permaneciendo siete semanas en cartelera–, fue impulsada además por una compañía productora, Cinematográfica Marte, de Mauricio Walerstein y Fernando Pérez Gavilán –que produciría “Patsy, mi amor” (México, 1969), de Manuel Michel sobre un guión de Gabriel García Márquez, así como filmes de Tito Novaro, José Estada, Guillermo Murray, Alberto Mariscal, Salomón Laiter o Jorge Fons–, que sería sinónimo, junto con algunas otras, de ese recambio de temas, directores y formas, del cine mexicano.

A medio siglo de su estreno, el número 50 de la revista impresa especializada en cine mexicano “Cine Toma” dedica sus páginas a esta película. También servirá, estoy seguro, para repensar la actualidad del cine mexicano, una industria que requiere no sólo producir en grandes cantidades sino repensar sus formas de distribuirse y llegar al público, una carencia que para subsanarse requerirá del concurso de todos sus integrantes y de arrojarse a las calles en busca de ese público perdido, tal y cual hicieron estos ‘ñeros’ “Caifanes” –¿los que te caen fine o cainfain para chicanos y pochos?– durante su vagancia por la que fuera la majestuosa y mucho menos problemática Ciudad de los Palacios.