Columnista invitado: Contar la prehistoria

agosto 20, 2018

Por: Redacción

Este mes (agosto), a poco más de una década del estreno de 10,000 A.C., del director alemán Roland Emmerich, se estrenará Alpha, dirigida por el estadounidense Albert Hughes, que de igual forma recrea una sociedad de la Prehistoria, es decir, de antes que se desarrollara la escritura.

Si 10,000 A.C. no obtuvo el éxito esperado debido, en gran parte, a sus muchas imprecisiones arqueológicas que derivaron en una película rica en efectos visuales, pero pobre en argumentos, Alpha se arriesga optando por un camino similar, lleno de paisajes espectaculares y efectos visuales loables, pero con un extra que apuesta por hacer la diferencia: promete contar la historia del primer cánido domesticado y del hombre que logró tal hazaña, encuentro que, afirma, cambió la historia de la humanidad.

Científicamente este primer encuentro sí es de fundamental importancia (aunque hoy aún no se sabe con precisión cómo ocurrió), no sólo porque arrojaría información valiosa sobre la evolución, biológica y cultural, de nuestra especie, sino porque permitiría comprender más sobre la naturaleza del actual perro doméstico, uno de los más notables animales “culturizados”, es decir, una especie que ha tenido un largo proceso de contacto y de interacción social con los humanos.

Cinematográficamente, la Prehistoria es, en comparación con temas universales, un tópico poco tratado y valorado, y por ello se aprecia que películas como Alpha o 10,000 A.C., no caricaturicen ese momento histórico, presentando grupos humanos con lenguaje simiesco o monosilábico, que se dan a entender casi por completo con señas y onomatopeyas. Y es que, de hecho, las sociedades prehistóricas eran sociedades altamente complejas a las que a penas se está empezando a redescubrir.

Los recientes hallazgos derivados del análisis forense de la Momia Otzi, el hombre del hielo, por ejemplo, revelan que éste murió emboscado, que su kit de herramientas ya estaba muy gastado y que había ingerido un helecho tóxico, muy probablemente con fines medicinales, así como carne de ciervo y cereales. Los cereales, por cierto, fueron parte importante en la domesticación del perro.

Una investigación reciente (The genomic signature of dog domestication reveals adaptation to a starch-rich diet) sugiere que la domesticación de esta especie está relacionada con el desarrollo de la agricultura en distintos lugares del mundo. A diferencia de los lobos, los perros pueden procesar mayores cantidades de almidón, lo que sugiere que, en algún momento de la historia, una variedad particular de lobos carroñeros eventualmente desarrolló esa capacidad, pudiéndose alimentar de los residuos de comida de los asentamientos humanos.

¿Cuál es el sentido de esta información derivada del quehacer científico dentro del mundo cinematográfico? No es precisamente librar a la cultura popular de las imágenes épicas, pero poco precisas, que algunos filmes ofrecen sobre hechos históricos y verdades científicas, sino mirar en ese basto terreno de la Historia que la genética y la biología molecular han ampliado y cultivado para que, con nueva información, los cineastas puedan impresionar a los públicos tanto o más que la Historia misma, y si es con creatividad y rigor científico a la vez, mejor.

Por: Fernando Morales Garcilazo | @FMGarcilazo

Relacionados

feratum